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– En Texas esto no pasa. La gente está acostumbrada a medir las palabras.

Veo por dónde van los tiros (nunca mejor dicho). Prefiero callar y escuchar lo que tenga que decir.

-Ahí te sacan una escopeta y a correr.

Está nervioso. Normal. Un señor bien arreglado con pinta de ir a jugar a pádel después de la jornada laboral le ha pitado compulsivamente mientras zarandeaba el dedo corazón y le dedicaba exabruptos desde el interior de su coche.

-No pasa nada -intento calmar-, la gente se altera al conducir. Salen de trabajar con el estrés del día acumulado. Ya llevas años al volante para saber cómo se comporta el conductor español.

-Yo también salgo de trabajar y no me meto con nadie. En Texas nadie te levanta la voz porque todo el mundo va armado.

-Bueno, ya está, cuatro gritos y a casa. Además, creo que has puesto tarde el intermitente.

-¡Pero si el… el… el hombre éste iba a doscientos dentro de ciudad, es un psicópata! ¿Cómo iba a poner el intermitente a tiempo?

-No digo que no tengas razón y que sea un chalado, pero déjalo ir, tú estás aquí, charlando conmigo, con música y aire acondicionado; estás en tú pequeño reino de cuatro ruedas, ¿qué te importa que exista gente amargada?

-Ahora estoy nervioso y por su culpa podría tener un accidente. Esta clase de estupideces no pasan en Texas. Van armados y se tiene que ir con cuidado. Civismo sostenido por miedo a que estalle una guerra en medio de la calle.

-Tampoco exageres, la gente no se pasea con metralletas mientras saluda a los vecinos.

-En el coche llevan escopetas con mira telescópica, pistolas automáticas, semi automáticas, revólveres, rifles, fusiles de asalto, ballestas, carabinas, y hasta pueden llevar bazucas.

Me sorprende su cultura armamentística casi más que la pasión con la que enumera las distintas armas que presuntamente los texanos guardan en sus rancheras.

-¡Imagínate! Le pitas a alguien, le insultas y el tío te saca un bazuca!

Me imagino a Bruce Willis derrapando en una carretera infinita, flanqueada de polvo y sol. Consigue un buen ángulo, fija al pobre diablo que se ha excedido en el objetivo de su bazuca. Aprieta el gatillo. Explosión y lluvia de metal.

-Ahí te hablan con respeto porque a la que alguien se pasa de listo se puede armar un buen follón –continúa empecinado en glorificar la cultura de las armas norteamericana.

-Cómprate una escopeta de balines y, la próxima vez que te piten conduciendo, la enseñas–bromeo.

-No me des ideas. Lo de las armas es un decir. También yo debería medir las palabras. Entiéndeme: las personas están demasiado acostumbradas a comportarse sólo cuando tienen miedo o algún agravio les puede suceder. Aquí, en este país y con esta educación, dentro de un coche, alienados, atomizados, enajenados por sus penas y sus fracasos, creen tener el poder de ser irrespetuosos porque hay una distancia  que los protege.  No soporto a esta gente que vive con ganas perpetuas de arrancarle la cabeza a alguien y que en determinados contextos se agrandan, abusan y se muestran miserables. Me transmiten su odio y su rabia, me frustran, me hacen volverme como ellos. Me han fastidiado la tarde.

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Medir las palabras es una consideración. Medir las palabras es un acto de civismo elemental. Medir las palabras es uno de los pilares en los que se sostiene la armonía social. Medir las palabras es empatía, comprensión y humildad.

Existen ámbitos y situaciones en los que esta ley básica de concordia queda en entredicho: campos de fútbol, malentendidos de tráfico, relaciones verticales en el trabajo o familia, redes sociales.

En estos casos se establece una distancia entre el emisor y el receptor del mensaje que parece ayudar a que el contenido de éste pueda ser más hiriente. El anonimato, la desigualdad entre ciudadanos, la protección del coche, el cobijo del grupo… espacios que separan y que abren una brecha en la comunicación positiva.

La mayoría conoceremos a más de una persona responsable y apacible que, en un partido de su hijo, ha perdido los nervios contra la afición del equipo rival, alguien educado y taciturno que se desmelena al volante e insulta a todo aquél que se cruza en su trayectoria, un amigo sereno y tolerante que resulta que trata a patadas a “sus trabajadores”.

La gente es valiente en la distancia o, mejor dicho, la gente es maleducada en la distancia. Esta distancia la puede conferir un espacio físico o la desigualdad en la relación. Por ejemplo, del mismo modo que resulta más fácil faltar al respeto en Twitter, acomodado en el sofá, con un alias y un mundo entre emisor y receptor, es más probable faltarle al respeto a un trabajador del que eres responsable que a un igual o superior.

La distancia física, aleja. La falta de horizontalidad también aleja y, por lo tanto, aumenta el riesgo de no medir las palabras, de ser burdo y grosero, de perder la empatía, de perder la humanidad.

El mundo global ha favorecido que existan espacios alejados en los que escudarse, más desigualdad y falta de entendimiento. A la distancia física de las acciones virtuales (comprar, conversar con amigos, ligar), a la falta de igualdad en muchas relaciones que establecemos diariamente (jefe-empleado, cliente-sirviente) se suma la irremediable fragmentación del ser humano en diferentes ámbitos. Pocos viven de forma orgánica en una comunidad determinada, la mayoría divide su vida en diferentes espacios, en muchas ocasiones, separados entre sí, en lugares distintos, con gente distinta, con actividades distintas: de ser un yo genérico pasamos a ser un “yo en casa”, “yo en familia”, “yo en el trabajo”, “yo en el gimnasio”, “yo de fiesta”, “yo haciendo running”. De un lugar, pasamos a otro. Compartimentamos, separamos.

La fragmentación nos aleja de los demás. La desigualdad nos aleja de los demás. La distancia física nos aleja de los demás.

En la sociedad actual cada vez hay más distancia y, por lo tanto, más riesgo de no considerar a los demás, así que cada vez debemos medir más nuestras palabras. Debemos ser conscientes de los códigos de conducta, debemos entender y atender al otro.

La solución ante el exceso de mala educación, el antídoto a la comunicación negativa pasaría por crear una mayor proximidad: tener relaciones estrechas con aquellos con los que nos relacionamos a lo largo del día, fomentar relaciones horizontales de igualdad,  esto es, entender a quién y cómo afectamos con los mensajes que emitimos, entender cuál es el peso de nuestras palabras.

Tal proximidad, a no ser que se dé en pequeñas comunidades, aldeas o pueblos de escasos habitantes, es complicada de constituir, e incluso inviable en entornos urbanitas (el conductor que toca el claxon repetidas veces porque el semáforo se ha puesto en verde hace un segundo, no te pita a ti ni te insulta a ti, lo hace a entidades indeterminadas, a él mismo, al vacío. No sabe quién eres, ni cómo te afecta que te pite ni qué harás después. Probablemente por eso, no le importa desfogarse contigo como excusa).

Si la proximidad es una quimera en el mundo global, nos queda la educación. Enseñar a respetar al otro, a tenerlo en cuenta, ser conscientes de nuestros actos y palabras, y de cómo influyen en los demás: tener conciencia cívica.

Si ni por esas somos capaces, si no logramos ponernos en la piel de los demás,  si nos parece imposible establecer una mínima conexión con el otro, al menos, deberíamos aprender a  respetar su espacio. Y respetar el espacio del otro pasa por controlar el lenguaje, medir las palabras con las que nos comunicamos.

Escrito por: GERARD

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.

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