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Finalizada la carrera universitaria y cursados un par de másteres, consideré que debía, que me merecía, largarme un año a dar vueltas por América del Sur por si, en selvas y desiertos, encontraba inspiración, me iluminaba entre trayecto interminable y trayecto infinito de autobús, me hablaba el destino a través de una anaconda o, simplemente, me aburría o divertía tanto que encontraba una vocación. Cosas que hacen los jóvenes cuando pecan de romanticismo, ingenuidad y han cursado estudios que no ofrecen demasiadas (ninguna) salidas laborales. Lo cierto es que volví del viaje tal cual, de vacío, si acaso un poco más delgado y con historias para amenizar un par de cenas y fardar de aventuras, sin luz ni horizonte, idea de futuro o claridad, pero al menos me sirvió para ponerme las pilas, ser más pragmático y dejarme de cuentos.

Sea como fuere, el caso es que en una de éstas me planté en noviembre en la Isla del Sol, en el lago Titicaca, a 3000 metros de altura y con el cerebro asfixiado por la falta de oxígeno y de costumbre. Llegué ahí de chiripa, dejándome llevar por la dinámica del viaje y sus designios inextricables, y desembarqué hambriento y exhausto en una isla minúscula en medio de un lago exagerado.

Sin elección, un grupo de niños alborotados me acompañó del embarcadero de madera hasta un albergue del que sería el único inquilino. Tuve que darles unos bolivianos (¿o eran soles?) para que se disolvieran y me liberaran, después de que me hubiesen perseguido/guiado durante el breve trayecto que me agotó como si hubiera subido el Huascarán de rodillas.

Una vez dejada la mochila de veinte kilos y rellenados los formularios de rigor en el albergue, me fui directo a cenar, a encontrar un lugar donde me diesen lo que fuese, no importaba, comida o algo que llevarme a la boca.

Me adentré en la negrura de la isla, avancé por caminos terrosos hasta que una luz azulada, que se filtraba por el marco de una oxidada puerta de metal, me sugirió importunar a quienquiera que estuviese ahí detrás para pedir amablemente algo de cena.

Empujé el portón y accedí a una sala con cuatro mesas. Un espacio que parecía hacer la función de posada cuando llegaba un cliente casual y de sala de estar de la familia cuando no acudía nadie.

Salió a mi encuentro una señora de edad indeterminada, la persona que regentaba el lugar, la madre de familia, ataviada con la tradicional pollera aymara y un mantón al hombro. Me advirtió de que no estaba abierto y yo, tirando de capitalismo occidental, desvergüenza y patetismo, que si pagaba el doble, que por favor, que tenía mucha hambre, que me diese lo que tuviese, cualquier cosa, que por favor, que había viajado dos días sin apenas probar un bocado, que cenaría rápido y no molestaría y que por favor.

Accedió.

Tomé asiento y en pocos minutos me acercó una carta con un menú escrito de una sola opción: media trucha con arroz. Con el hambre acumulada que me estrujaba las tripas como a un paño húmedo al que extraer la última gota, consideré pedir más comida de la que se ofrecía en la carta.

Le digo si puede ser una trucha entera. Me contesta que no, que sólo tienen media trucha. Entiendo que sólo le queda media trucha y que la comida restante es para su familia, pero pruebo a preguntar si tienen más de media trucha. Confirma: sí, tienen más de media trucha. Le digo que entonces quiero una entera. Me dice que no puede ser. Le digo que aunque el menú sólo sea de media trucha estoy dispuesto a pagar el doble por una trucha entera. No puede ser. ¿Pero has dicho que tienes más de media trucha, verdad? Sí. ¿Muchas medias truchas? Sí, pescamos muchas en el lago. Entonces quiero una entera. No puede ser, señor. ¿No pescáis truchas enteras? No, sólo media trucha. Entonces ponme dos medias truchas, por favor. No puede ser, señor. Pero si tienes muchas medias truchas ¿podrías ponerme dos? Tengo mucha hambre. No. El menú es de media trucha. Ya, ya, pero tengo tanta hambre que quiero dos menús. Piensa: no. Pago el otro menú también. No, señor. Me aguanto la risa, no por burla, es algo que me sucede en situaciones absurdas que me asaltan de improviso. Controlo. Intento rebobinar. Adopto un tono pedagógico. Más bien, cretino: vamos a ver, si tienes muchas medias truchas, quiere decir que habréis pescado bastantes truchas enteras antes de partirlas en dos (hago la señal del dos con los dedos), por lo que, o bien, podrías traerme dos mitades de trucha o bien, una trucha entera. No puede ser, sólo tenemos media trucha.  ¿En el lago sólo pescáis medias truchas? Así es. ¿Es un lago donde sólo viven medias truchas? Silencio. Me enfado. Así es, señor. Desisto. Callo. ¿Señor? Media trucha, por favor. Me trae media trucha. Me la como. Me sabe de maravilla pero me quedo con hambre.

Después pienso en la falta de comprensión durante el diálogo y en que, si bien, ambos hablábamos castellano, utilizábamos referentes distintos y tal vez, media trucha era una trucha pequeña y por algún motivo desconocido no podía servirme más que eso. Qué sé yo. Me siento mal por haber insistido y por haber creído que mi uso del lenguaje era superior al suyo y a su entendimiento. El caso es que las palabras eran las mismas pero el significado de éstas era otro. Filosofía del lenguaje. Gottlob Frege. Sobre el sentido y la referencia. Wittgenstein. Russell. Apenas recuerdo. Estudio una carrera inútil para el mundo moderno y no hago ni caso a lo poco que he aprendido. Ya me vale.

Y así fue la anécdota de la aymara y la frustración del lenguaje. Y hoy, que se habla de diálogo y de palabras que parecen estar huecas o que cada uno las llena con lo que da la gana, a veces con contenido razonado, la mayoría con humo, polvo, esquirlas o paparruchas; palabras self service que coges y las lanzas y te las tragas sin digerir, comodines, tópicos y lugares yermos como mi estómago con media trucha flotando, en esta situación donde se habla sin entenderse, es importante tener en cuenta que una palabra puede tener muchos sentidos dependiendo de quién o quiénes la manejan.

Para entenderse, para empezar un diálogo, no sirve con emitir palabras. De hecho, no sirve ni con tener buena voluntad, ánimo conciliador, empatía o necesidad de comprender. Aunque por obvio y elemental parezca una nimiedad, el entendimiento se inicia con un acuerdo lingüístico en el que se define el significado de las palabras y conceptos que se utilizarán. Es lo que ha intentado el ser humano durante siglos: estandarizar significados mediante la palabra, aunque la complejidad, el uso y el abuso del lenguaje, en ocasiones lleve a la desintegración del sentido.

¿Cuántas veces hemos exclamado: “pero si eso es lo que yo decía” o “si al fin y al cabo, los dos queremos decir los mismo”? Ahí, manejamos vocabulario distinto para referirnos a realidades idénticas. En cambio, en otras ocasiones, utilizamos las mismas palabras para referirnos a realidades opuestas. Especialmente sucede con conceptos abstractos: libertad, paz, amor, democracia, pueblo, justicia, media trucha… Hablas y hablas, lo intentas, por aquí y por allá, de este modo y del otro, tajante, apaciguador, largos monólogos, preguntando, frases cortas y piensas, el tío éste ¿entiende lo que le digo? ¿Qué pasa, que tiene problemas de comprensión o qué?  Diálogo de besugos, que se dice.

Observar y ser críticos con el lenguaje, con el sentido del lenguaje y con la intención con la que se usa el lenguaje. Hay palabras y expresiones que no ofrecen lugar a duda; refieren a conceptos empíricos irrefutables (principios matemáticos, lógicos…) y a objetos concretos (casa, coche…),  pero hay otros muchos vocablos que refieren a ideas imprecisas que transitan por el terreno de la indefinición, controversia y debate. No dar por sentado el significado de los conceptos que utilizan los demás y tratar de entender el fondo de las palabras, qué quieren decir, si es que quieren decir algo y no se han usado como adorno o cliché, es una tarea a la que deberíamos encomendarnos si no queremos que nos tomen el pelo, es una necesidad si deseamos entender y hacernos entender, es un imperativo si pretendemos dialogar.

¿Qué quiere decir “democracia”? ¿Qué quiere decir “justicia”? ¿Qué quiere decir “el pueblo de”? ¿Qué quiere decir “te quiero”? ¿Qué quiere decir “media trucha”?

Escrito por: GERARD

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.

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