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El gato, un gran maestro

escrito el 9 de febrero de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Tener gato hace bien. Es bueno. Mejora a las personas. Lo he comprobado. Desconozco si tener perro, loro, periquitos o camaleones es similar, pero vivir con uno, dos o muchos gatos sólo puede traer cosas buenas.

Es terapéutico, dicen, mejora la salud del corazón, acompaña a gente solitaria y dan amor a quien lo necesita. A menudo se publican estudios científicos que aseguran que su ronroneo cura enfermedades, que sus maullidos te hacen más inteligente y otros milagros que aún no he podido comprobar, aunque sí sé que acariciarlos reduce el estrés. En los periódicos digitales, a pie de página, junto a las publicaciones que anuncian remedios para la calvicie y oportunidades de ligar, siempre se encuentran artículos sobre los gatos y sus curiosidades. En las redes sociales se comparten vídeos de gatetes haciendo monerías como si fueran peluches para adultos. Además, todo el mundo tiene algún amigo o familiar que habla de su gato como si fuese su hijo.

Puede resultar ridículo, y con toda probabilidad lo es. El exceso de ternura y cursilería empalaga y, si se abusa, molesta, pero existen motivos de peso para que un alto porcentaje de la población sienta atracción irreflexiva hacia este animal.

A mí, personalmente, no me interesan demasiado sus propiedades curativas, beneficios médicos, vídeos tiernos de carantoñas gatunas, fotos de gatos disfrazados y demás fenómenos virales de internet. Me interesa poder observar sus movimientos cuidadosos y amortiguados, la exhibición de sus instintos salvajes cuando cazan moscas o juegan a cazarte la mano, la discreta forma de llamar la atención cuando solicitan comida y la hilarante insistencia cuando no les haces caso, la fidelidad que muestran al recibirte, el cariño que ofrecen cuando te acompañan y los desaires orgullosos que practican cuando los molestas demasiado.

La estética felina es poderosa, y en ocasiones contemplar a un gato se asemeja a ver en directo un documental de leones en el Serengueti. Pero al margen de la fascinación natural que provocan sus saltos, posturas y muecas, me resulta todavía más interesante su papel educativo como animal de convivencia. Me interesa poder compartir mi espacio vital con ellos –en mi caso, con un gato gris- , observar sus costumbres felinas, intentar entenderlas y adecuar mis manías a las suyas. Es educativo, enriquecedor.

No sólo es educativo por generar responsabilidades: servirle comida, llevarlo al veterinario, limpiarle la arena y otras rutinas diarias (como con cualquier otro animal); es educativo porque exige empatía, pues es el ser humano quien se adapta a las condiciones del gato, no a la inversa. De ahí los numerosos chistes que dibujan al gato como un tirano que se cree el amo del hogar. Pero lejos de tópicos y prejuicios, un gato es posiblemente el único animal de alma salvaje con el que el hombre puede vivir y establecer amistad, un compañero que se deja querer pero no dominar.

Es en la construcción de una relación horizontal, no despótica ni posesiva (con matices, por supuesto), donde radica el poder educativo. Un gato no te dará la pata ni acudirá a ti cuando le silbes, hará lo que le dé la gana cuando le dé la gana. Por ello, vivir con un gato potencia el desarrollo de la empatía, la necesidad de entender  otra forma de vida con unos códigos diferentes a los de uno mismo.

Para un niño, joven o adolescente, es una oportunidad para aprender a respetar, entender y aceptar. Una excusa con pelo y andares elegantes cuyo amor motiva a adaptarse a su comportamiento. Su simple presencia parece exclamar a quienes conviven con él: ¡que viva en este hogar no quiere decir que sea doméstico! Y, claro está, al cabo de pocos días te das cuenta que a un gato no se le subyuga ni se le ordena, no se le amansa con premios o castigos, no se le enseña a complacer al amo, no se le obliga a actuar de tal o cual modo, no se le fuerza a dejar de ser lo que es, un gato.

Con un gato se negocia. Mejor dicho, se llegan a acuerdos de común interés, a un “win-win”, como se dice en la indigesta jerga comercial. Estas negociaciones se dan mediante la experiencia de la convivencia y exigen modestia para reconocer al otro como legítimo otro y establecer un pacto que permita vivir en simbiosis.

Un gato educa porque despierta tolerancia, atención, comprensión, ayuda a percibir una realidad ajena a uno mismo y motiva la voluntad de amoldarse a sus prerrogativas. El gato se acercará cuanto más empático seas y se alejará cuanto más egoísta y dominante te muestres.

Tener gato ayuda a ser humilde y a querer incondicionalmente. Después, claro está, lo que ofrece tiene que compensar lo que estás dispuesto a renunciar. Por mi parte, agradezco profundamente a mi gato haber sido tan buen profesor, y a mi mujer por haber insistido durante tantos años para que acogiéramos uno en casa.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.