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Un árbol (parte II)

escrito el 26 de mayo de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

El invierno se tropezaba con la primavera, ansiosa por reanimar la tierra yerma, adormilada en una vigilia gris que aletargaba  el ánimo de quienes deambulaban mecánicamente por ella. El esqueleto de los árboles comenzaba a ornamentarse con los primeros brotes y los balcones dejaban atrás la tristeza del frío coloreándose de rojo y violeta. Los vecinos más entusiastas colocaban macetas con margaritas, narcisos, lavanda y azucenas.

En el pequeño jardín comenzaba a brotar el césped.

El esqueje de naranjo ganó consistencia, se ensanchó el tallo, las raíces se clavaron y pareció asentarse en la tierra.

Padre e hijo –contagiado del entusiasmo del padre- devoraban manuales de botánica, como si creyesen que por más saber antes crecería el árbol. Manteniéndose ocupados en el estudio dendrológico, saciaban su impaciencia y pensaban, por una suerte de creencia mística, que de este modo acompañaban al naranjo en su crecimiento, ayudándolo a vigorizarse.

Consideraron que debían ponerle un nombre, pues al nombrar se da vida, se proporciona una existencia en la que poder ser.

Como el árbol no tenía prisa por crecer y se pasaba el día tumbado a la bartola tomando el sol, sin ganas de estirarse ni un poquito -¿Para qué? Si ya tenía todo lo que le hacía falta- decidieron llamarlo Plácido, por ese aspecto de bon vivant con pachorra.

A Plácido pareció no importarle mucho el estudio de sus dueños, los ánimos que le brindaban al pasar delante de él, los mimos que le ofrecían, el agua con la que le regaban; ni siquiera parecía importarle que le hubieran regalado un nombre. Ni el mejor abono, ni las técnicas más avanzadas en fitología, ni las carantoñas que le lanzaban, ni las conversas que mantenían a su lado, ni los ruegos ni las súplicas ni las amenazas surtían efecto.

El padre comenzó a perder la paciencia y rápidamente cambiaba de “venga Plácido, no seas tímido, seguro que esta semana pegas el estirón” a un “como no crezcas un poco te arranco y te tiro por el retrete”. Lanzaba los reproches a escondidas, para no transmitir su frustración a su hijo, para no desanimarlo y mantenerlo con esperanzas pues, al fin y al cabo, era su legado, su único legado y motivo por el que seguir trabajando, por el que se había comprado aquella casucha ruinosa y por el que se sentía feliz al llegar a casa.

Al cabo de unos meses, exasperados, padre e hijo se sentaron a hablar para, ya que no podían acelerar el crecimiento de Plácido, al menos acabar con la pujante ansiedad que anegaba su día a día.

“No podemos estar cada día midiendo a Plácido, preocupándonos tanto por él, nos volveremos locos, ¿lo entiendes?”, “Sí papá, no hace ni caso”, “es un naranjo, sabes que tardan en crecer, cualquier día pega el estirón”, “Tienes razón, dejémosle un poco tranquilo y dediquémonos a otras cosas”.

Las palabras sirven para pensar, el pensamiento para reflexionar y la reflexión para posicionarse en el mundo y saber cómo actuar. Las palabras a veces tienen peso y son corpóreas, se pueden tocar; en otras ocasiones son ligeras y se diluyen con rapidez, por mucha gravedad que se pretenda darles. La consistencia depende de la sinceridad con la que se profieran. Padre e hijo no fueron sinceros al decidir acabar con la obsesión que sentían por su árbol. Sobre papel, racionalmente, era evidente que la extrema dedicación convertida por el árbol no les hacía ningún bien, pero en sus adentros sabían que no podrían dejar de estar pendientes de él. Y continuaron, primero cada uno a escondidas y, una vez descubiertos, juntos, midiendo a Plácido, estudiando manuales, aplicando técnicas cada vez más estrambóticas, regando y abonando con un control exacto, dedicando cumplidos y reproches y depositando todas las esperanzas en aquel árbol que simbolizaba el futuro.

Los años se sucedieron, el padre envejeció y el niño pasó a ser un joven que superaba en altura a su progenitor.

Plácido había sacado alguna rama, el tronco había incrementado levemente su grosor, pero a simple vista parecía un bonsái con el diámetro de dos palmos que  apenas se levantaba uno del suelo.

El joven finalmente perdió el poco interés que le quedaba por su árbol. Se marchó a estudiar fuera, dio tumbos por el mundo, tuvo éxitos y fracasos, decepciones e ilusiones cíclicas, vivió con intensidad la novedad y se acabó aburriendo de la aventura.

El padre, abatido con su marcha, creyéndose culpable de no haberle proporcionado una vida emocionante en el pueblo, se volcó incluso más en el cuidado de Plácido. Quería que creciese de una vez por todas para que, cuando su hijo regresase a casa, lo viese por fin grande y frondoso, y que aquello por lo que había luchado lo convenciese de quedarse.

El hijo encontró pareja en uno de sus viajes y se instaló con ella en la ciudad, en un pequeño apartamento de un séptimo piso de una gran avenida. Visitaba a sus padres de vez en cuando. No pisaba el jardín.

Cuando el padre murió, la pareja decidió instalarse en la casucha familiar para cuidar de la madre, mujer abnegada de costumbres tradicionales que había dedicado su vida a cuidar de su marido mientras éste trabajaba sin cuartel y dedicaba su tiempo libre a Plácido.

Resultó que la vida en el pueblo les pareció más amena de lo esperado. La rutina apacible y la pausa de una vida sencilla vencieron a los recuerdos que él mantenía de su infancia y a los prejuicios que ella, educada en la urbe, nunca había abandonado.

Tuvieron dos mellizos, niña y niño, que no se parecían ni a madre ni a padre o que, simplemente, nadie cayó en intentar buscar parecidos.

Con un nuevo proyecto de vida familiar, acordaron reformar la casa y hacer de ella un hogar luminoso y feliz.

El jardín estaba cubierto a clapas de maleza, un recinto depauperado que conservaba en su centro aquel proyecto de árbol magnífico que nunca llegó a ser. Cuando se disponían a arrancar de raíz a Plácido –una amalgama informe de ramas que nunca había dado fruta-, él se frenó y, en una decisión generosa y sentimental que contradecía sus principios racionales, dejó el árbol en recuerdo a su padre.

Un día, mientras los chavales correteaban jugando al pilla-pilla por el jardín, la niña preguntó: “¿Papá, cómo se llama este arbusto de en medio?”, “¿Por qué lo preguntas?”, “Porque si está en medio quiere decir que es importante”,  “Bueno… se llama Plácido, pero no es un arbusto, es un naranjo que no ha crecido nunca. Tu abuelo lo quería mucho, pero sólo le llevó dolores de cabeza”, “¿Y a ti por qué no te gusta?”, “No es que no me guste, pero no es lo que tendría que haber sido”, “Pues a mí Plácido me parece un arbusto genial”.

En aquel momento entendió que desde el principio habían estado equivocados, habían intentado convertir a Placido en aquello que no era. Ofuscados en la tarea de hacerlo crecer, pese a los libros leídos y el conocimiento adquirido, no se habían dado cuenta de que Plácido no podía crecer más, pues no era un naranjo, no era un árbol frutal, ni siquiera era un árbol; Plácido era un arbusto, un hermoso arbusto torturado por el afán de querer hacer de él algo que no estaba en su esencia.  Lo habían maltratado con sus cuidados, lo habían avasallado, habían depositado sus esperanzas egoístas en un imposible, obcecados por la mejora, por la grandeza, por la apariencia de una ilusión.

Plácido era un arbusto, y visto así, era magnífico.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.