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Un árbol (parte I)

escrito el 14 de mayo de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

No es que le pesasen los años de tanto trabajar, lo hacía como cualquier otro, pero tenía demasiadas arrugas para lo joven que era.  Paseaba uno de esos rostros tan comunes en los pueblos castizos de interior, una fisonomía hoy en desuso, de parroquiano de tasca, de vino rancio y ademanes lánguidos. Una corona de pelo oscuro acentuaba su tersa y pálida calva, como si le hubiesen implantado la tapa del cráneo a una cara donde los rasgos se precipitaban derretidos por la tristeza. “Qué viejo estás”, le recordaba su mujer reprochándole la falta de vitalidad, no sólo de él y su decadencia, sino de la apocada vida conjunta que compartían hacía diez años. “No deberías trabajar tanto”, pero no era el trabajo lo que le hundía, si no la gratificación que éste no le proporcionaba.

Dedicar tantas horas para apenas cubrir las necesidades básicas no justificaba el esfuerzo que hacía a diario. Ahorrar para que su hijo tuviese un futuro mejor parecía ser el único motivo que lo mantenía en pie y daba cierto sentido al hecho de trabajar.

Él, sin embargo, a menudo cuestionaba el sistema que permitía que una persona sacrificase su vida únicamente para seguir viviendo. Tenía que haber algo más. En ocasiones fantaseaba con islas tropicales donde los árboles frutales se expandían abundantemente, sin propietarios, sin quedar parcelados en límites absurdos; un lugar donde extender el brazo era gesto suficiente para alimentarse, un lugar de clima suave donde las inclemencias del tiempo no forzaban a gastar dinero en abrigo.

No es de extrañar que, cuando le ofrecieron una promoción con el pertinente aumento de sueldo, lo primero que hiciese fuese buscar una casa con un jardín en el que poder plantar su edén particular.

Buscó largo y tendido.

La miseria lo había convertido en desconocedor del funcionamiento de los niveles de vida superiores, de los  precios del lujo, del valor de las cosas superfluas; acostumbrado a gastar en pan y arroz, todo lo demás le parecía caro. Resultó que, con su nuevo sueldo, no pudo permitirse el boato idealizado en sueños y conversaciones de taberna, no llegó a esa idea de vida que creía iba a obtener cuando ascendiese en la escala social.

Se tuvo que conformar con una casucha destartalada de bigas agrietadas y humedad en las paredes, eso sí, con un minúsculo jardín árido donde hasta las piedras parecían querer huir. Ese iba a ser su legado, el ejemplo de progreso y la demostración que daría a su hijo de que, con voluntad, se mejora y se alcanza lo que uno desea.

Al llegar de las largas jornadas laborales se lanzaba directo al jardín: removía la tierra, arrancaba malas hierbas, cepillaba el suelo obsesivamente como si quisiese cavar un foso y escudriñaba cada rincón de ese cuadrado lastimoso en busca de imperfecciones. El resto de la casa, nada le importaba.

Antes de comprar el televisor, por aquel entonces en blanco y negro, que reclamaban madre e hijo, adquirió una montaña de sacos de tierra fértil y estiércol. Con un esmero que bordeaba la obsesión, los esparció en el jardín una vez éste quedó arreglado convenientemente según su criterio, que, dicho sea de paso, se había formado en charlas con compañeros y amigos que se las daban de expertos rivalizando entre ellos por ver quién tenía razón.

Sólo faltaba plantar y regar. No tenía mayor misterio.

Estaba a un paso de yacer en un frondoso boscaje colmado de manjares exóticos de vivos colores. Llamó al hermano de su mujer, que tenía experiencia en el campo y era temporero habitual en la recolecta de la almendra, y, aunque no supiese demasiado de árboles frutales, algo más que él entendía del asunto.

Éste, al ver el ridículo patio reconvertido a jardín, no pudo más que negar enérgicamente con la cabeza y exclamar: ”¡pero si esto es como una maceta grande!”. Decepcionado, mezclándose la cólera por el tiempo perdido, la incredulidad ante la estulticia de su cuñado y la condescendencia inherente a los lazos familiares que los unían, prosiguió: “como mucho, ahí, namás pues plantar un árbol ”.

Esta información, por dura que pareciese, no le afectó como puede suponerse que le afectaría. Asintió, meneó la cabeza de lado a lado mientras apretaba los labios, acentuando más los surcos en las comisuras, se encogió de hombros y despidió cortésmente al hermano de su esposa. Se quedó sentado en el peldaño desconchado que unía el nivel de la casa con el jardín, jugueteando con un trozo suelto de baldosa. Se irguió, llamó a su hijo, que se encontraba absorto estudiando los ríos de América, lo asió fuerte de la mano y enfilaron decididos hacia un destino impreciso. “Vamos a comprar un naranjo que será la envidia del pueblo”.

Nuevamente se dio de bruces con la realidad que, creía, había dejado atrás: no podía permitirse aquel magnífico naranjo cuya sombra se esparcía colmada hasta el camino arenoso de la finca.  El jardinero, que tenía su negocio de “venta de plantas, flores árboles, semillas, macetas y rastrillos” a las afueras del pueblo, más por aburrimiento que por necesidad, y modificaba los precios aleatoriamente según le venía en gana, no tuvo la menor intención de ceder y adaptarse a las condiciones económicas de su cliente. Sin embargo, sí estuvo dispuesto a venderle un esqueje proveniente de aquel fastuoso naranjo. Unas pocas pesetas y todo arreglado, tardaría más en crecer, unos años, pero su hijo podría disfrutarlo en todo su esplendor y él, paciente, gozaría del proceso, coloreando su gris transcurrir por la vida al contemplar la evolución del árbol.

Llegaron a casa.

Sin soltar a su hijo, lo arrastró hasta el patio y le colocó el esqueje en la palma de la mano. La apretó firmemente. “Vas a plantarlo tú”. “Pero yo no sé”. “Ahora te enseño”. “Pero yo no quiero”. “No tengas miedo”. “Me gusta el jardín tal y como está”. “Tendrás un árbol enorme, colgaremos un columpio, podrás hacer una cabaña…”. “Ya no podré jugar a fútbol”. “¡Pero tendrás un naranjo!”.

El niño cedió, el padre se sacudió las manos agitado, y juntos plantaron el árbol en un ritual repetido desde tiempos ancestrales.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.