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Tratar a los jóvenes como adultos

escrito el 29 de abril de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Bajo el título Educación siberiana se recogen las memorias de Nikolai Lilin, recuerdos y vivencias que transitan desde su niñez hasta la adolescencia, aunque estas categorías, usadas en nuestra sociedad como indicador de la edad y madurez de las personas, carecen de sentido en el entorno en el que creció el autor, donde se trataban a los jóvenes como adultos. El libro, publicado por la editorial Salamandra, tosco formalmente, de una prosa seca y simple, pero extraordinario al mostrar visceralmente una forma de vivir y entender el mundo inusual, narra las peripecias de un chaval criado en la cultura delincuente de los urkas en la región de Transnistria, perteneciente a la República de Moldavia, declarada independiente en 1990 y estado no reconocido que a duras penas sobrevive, una de las múltiples zonas conflictivas en busca de identidad desde la disolución de la URSS.

Nikolai creció, o nació crecido, en un lugar frío y huraño, lejos de la tierra de sus antepasados, desterrado de un lugar al que se enviaba a los desterrados,  la Siberia a la que los soviéticos mandaban a los criminales a campos de trabajo, la Siberia de la que expulsaron a los urkas al no poderlos controlar. Nació en una comunidad de “criminales honrados”, alejado de las comodidades y los cuidados que reciben la mayoría de niños occidentales.  El único modo de sobrevivir era ser un adulto desde pequeño y obedecer las férreas normas establecidas para la supervivencia del pueblo.

Los recuerdos de juventud se despliegan en unas doscientas páginas en las que se narran peleas de niños a navajazos, una veneración mística a las armas y hondo desprecio a los cuerpos de seguridad, a la riqueza y las drogas; doscientas páginas de inmersión en una cultura criminal atípica, concebida como modo de autogestión y supervivencia, no de enriquecimiento. Si no fuese por la violencia de las experiencias relatadas, violencia que, por otra parte, parece querer justificarse por una necesidad de protección, la comunidad de los urka podría pasar por una cultura tradicional y jerárquica donde valores como la humildad, el respeto, la responsabilidad y la honradez rigen el día a día de hombres y mujeres sencillos.

Educación siberiana es una lectura interesante que puede llamar la atención por la parafernalia folclórica que se describe (de hecho, se publicó posteriormente un libro sobre la cultura de los tatuajes urkas y sus significados), por el morbo de los tabúes, de la violencia real y extrema o lo exótico de trasladarse a una sociedad atípica en plena Europa.

Sea como fuere, las memorias, trasladadas al celuloide en 2013 por Gabriele Salvatores en una película protagonizada por John Malkovich, plantean, entre otras, una pregunta de difícil respuesta: ¿Cuándo un niño deja de ser niño? ¿Debemos tratar a los niños como tal?

La respuesta puede abordarse desde diferentes perspectivas: un niño deja de serlo cuando pierde la inocencia, cuando es autosuficiente, cuando es capaz de asumir responsabilidad sobre su futuro, cuando logra pensar racionalmente, al dejar de ser dependiente físicamente, cuando puede procurarse bienes materiales para sobrevivir, cuando produce, cuando abandona a los padres, etcétera.

Una pregunta aparentemente simple que, sin embargo, plantea explicaciones que no se ajustan a la realidad de nuestra organización socio-generacional. Muchos adultos no son autosuficientes, de hecho, el funcionamiento del mundo económico y laboral se basa en la dependencia (de jefes, clientes, compañeros…). Desde un punto de vista materialista, cuando alguien produce podría considerarse adulto, aunque es una postura reduccionista pues los niños explotados serían adultos y los adultos trabajadores irracionales e irreflexivos, también. Del mismo modo, desde una postura naturalista y estrictamente biologicista, un niño deja de serlo cuando físicamente puede valerse por sí mismo; una postura del mundo natural no extrapolable al ser humano, pues éste ha tejido una dependencia social tan potente que hace que las crías deban permanecer durante años al lado de sus padres, porque ¿un treintañero en paro que vive con sus padres y depende económicamente de ellos, es un niño?

La edad que marca el paso a la madurez, el punto en el que converge la plenitud física, la posible independencia material y la capacidad racional, se estipuló, al menos en este país y la mayoría de Europa y occidente, en los 18 años, siendo esta una edad aproximativa que, sin embargo, traza una frontera inflexible en base a la cual se ha articulado el modo de crecer y desarrollarse. Es evidente que hay niños de 12 años más adultos que personas de 40, y personas que nunca llegan a ser adultos por mucho que hayan cruzado la caprichosa frontera de los 18, o personas adultas que acarrean carencias propias de la niñez.

La educación, por ejemplo, cumple a rajatabla el criterio de la edad para estructurar y organizar a la población. Seguramente se deba a motivos económicos y a que la gestión sería más complicada, pero nunca entendí por qué un alumno que sobresale en matemáticas tiene que ir con todos los de su edad, aunque su nivel esté cuatro cursos por encima, y lo mismo con la mayoría de asignaturas (entes cerrados e inamovibles que, por suerte, algunas escuelas están tratando de dinamizar). El grado de madurez de un niño no suele corresponder con su edad, es decir, con lo que se presupone que debe ser a su edad y es un castigo obligar a que hagan lo que se presupone que deben hacer a su edad.  La organización por edad es tan antojadiza y absurda como la organización por color de pelo o altura. No obstante, con el paso del tiempo y años y años respondiendo a estas estructuras, acabamos por interpretar nuestros roles y nos acomodamos a lo que se entiende que debemos ser a cierta edad.

Los urkas, en cambio, dan responsabilidades a los pequeños, libertad para tomar decisiones y a la mesa son tratados por igual. No se distingue entre adultos y niños: las personas se ganan el respeto a lo largo de la vida según su actitud, escalan en la jerarquía en una organización meritocrática. Así pues, los niños respetan a sus mayores no por edad, sino por lo que representan dentro de la comunidad, por lo que han hecho y logrado.  No es la condición per se de ser niño la que lo relega al último escalafón de la escala social, sino la falta de experiencia que subsanarán con el paso del tiempo.

En nuestra sociedad no siempre les damos voz y con demasiada frecuencia hablamos (este también es el caso) por ellos, llegando a extremos de proteccionismo que no benefician su crecimiento.

Al respecto, el filósofo francés Gilles Deleuze dijo que “no sólo tratamos a los prisioneros como niños, sino a los niños como prisioneros”. Prisioneros de su edad, prisioneros de una estricta organización que los clasifica, separa, segmenta y atribuye unas características en función a su año de nacimiento.

¿Podemos, debemos o queremos tratar a los jóvenes como adultos, no por su edad sino por sus capacidades y actitud? El debate debería abrirse, hoy, que tan perdidos nos encontramos con reformas del sistema educativo, con la educación en familia y con el futuro de los jóvenes.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.