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Trabajar poco, ganar mucho

escrito el 10 de marzo de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

 “El dinero no solo compra una mejor vida, mejor comida, coches…
También te vuelve una persona mejor.”

La cita con la que se inicia este artículo pertenece al personaje, interpretado por Leonardo DiCaprio en la película El Lobo de Wall Street, Jordan Belfort, un estafador bursátil convertido en conferenciante que en los últimos años ha cobrado protagonismo a raíz de la película que Scorsese dirigió sobre su vida.

La cita es una declaración de principios, un modo de vivir, de entender el mundo y de posicionarse en la sociedad. Muestra las ambiciones, sueños y metas de quien la exclama. Scorsese no juzga, se limita a exponer de forma trepidante el ascenso, la caída y los excesos de un mangante que hizo fortuna embaucando a gente corriente. DiCaprio realiza una actuación magnética que dota al personaje de fuerza y atracción, convirtiéndolo en una persona interesante que invita a indagar en sus motivaciones. Pero, como en muchas obras artísticas que versan sobre antihéroes ignominiosos, la fascinación por el protagonista finaliza al acabar la película o, al menos, creo que así debería ser.

Cada uno valorará a Jordan Belfort a su manera: a unos les parecerá un buen hombre que se dejó llevar por el exceso, a otros, alguien ambicioso como los hay a patadas, un espabilado, alguien completamente inmoral y de actitud repugnante o una persona corriente guiada por la corriente de una época frívola y deshumanizada. La opinión que suscita un personaje controvertido indica los valores éticos de cada uno y, cuando un número significativo de personas de una edad y contexto determinados opinan de forma similar, se muestran los valores éticos de un colectivo.

Jordan Belfort es un broker de ambición extrema que utilizó artimañas ilegales y engaños a personas vulnerables para sostener  una vida basada en el dinero, el exceso y la frivolidad más superflua. Un delincuente que acabó en prisión, consumido por la droga, solo y con deudas de por vida. Aun así, me he encontrado con un número demasiado elevado de adolescentes que, no sé hasta qué punto por postureo o envidia real, anhelan llevar una vida desenfrenada parecida a la suya, cegados por la idea de trabajar poco y ganar mucho.

Entiendo que pueda resultar llamativo para un joven fantasear con la idea de llegar a la madurez llevando una vida hedonista, prolongar los aspectos más triviales de la adolescencia, vivir eternamente en el patio. El rechazo a las imposiciones, el agobio de ser suficientemente válido para labrarse un futuro acomodado, la necesidad de rendir académicamente, el esfuerzo por sobresalir, la frustración por no llegar a ser lo buenos que pretenden que seamos, la ansiedad del joven que se está construyendo, en definitiva, lleva a que el ocio despreocupado y la diversión pueril sea la vía de escape más fácil.

Es lógico que un chaval de dieciséis años quiera evadirse  soñando con modelos de vida basados en la opulencia y el despiporre. Pero si la ensoñación continúa, si el leit motiv vital del joven es prolongar indefinidamente la bobería característica de estas edades complejas, hay un problema.

La superficialidad, entendida como ausencia de responsabilidad, sueños elevados y humildad; la superficialidad percibida como narcisismo, egolatría, indiferencia y  voluptuosidad, no es un objetivo deseable, aunque resulte tentador desde una postura infantil. Vida fácil.

Demasiados jóvenes tienen como referencia a modelos de Instagram que ocupan el tiempo deliberando qué modelitos ponerse o qué veggies preparar, millonarios vacuos que exhiben su fortuna en fajos verdes sobre la cama de lujosas suites, farándula que parece vivir “muy bien” de no hacer nada. Aún más preocupante resulta cuando el joven chulea de no tener reparos éticos para llegar a ese anhelado estilo de vida “Si consigo vivir así, me da igual qué hacer para lograrlo”. El fin justifica los medios de toda la vida, pero con un fin soez y bajo y unos medios inmaduros.

La mayoría de veces es bravuconería, desafío hacia el mundo adulto que parece demasiado estricto y coarta la libertad. No dejan de ser pensamientos que se diluirán si el joven ha desarrollado inquietudes, aficiones y logra pensar más allá de sí mismo. Pero debemos estar alerta cuando detrás de estos pensamientos, más allá de la provocación y fantasía inocente, hay un peligro real de querer seguir esa vía.

Y el peligro se da cuando no hay nada detrás que estimule. Cuando faltan sueños e ilusiones, el dinero y la nadería parecen la solución:

  • ¿Para qué quieres tener tanto dinero?
  • Para no hacer nada
  • ¿Y para qué quieres no hacer nada?
  • Para vivir bien
  • ¿Qué es para ti “vivir bien”?
  • No hacer nada.

Nos debemos plantear por qué hay jóvenes cuyo anhelo es no hacer nada y qué podemos hacer nosotros para que no vean el futuro como una losa. Si no queremos que ellos sean superficiales, tampoco lo debe ser nuestro análisis ni solución. Debemos ir más allá de la respuesta fácil de achacar la frivolidad a la vagancia y la pereza endémicas de la juventud.

La sociedad, el mercado, la publicidad… la vida occidental genera modelos que fomentan el consumo y la futilidad, con el peligro de acarrear pérdida de sentido y el materialismo más penoso. Especialmente cuando no hay una base que sostiene la integridad de uno mismo, cuando no hay una educación moral que erige los pilares del joven, es más fácil caer en los cantos de sirena y dejarse embaucar por la vida fácil que se vende en realities y anuncios de colonia.

Como padres, madres y educadores, podemos ayudar a que construyan esta base, a que reflexionen sobre ellos mismos, sobre la vida y su entorno; a que generen un sistema de valores positivo basado en la empatía y el respeto, sean críticos, tengan inquietudes, ilusiones, dudas, y ganas de mejorar sus aptitudes y actitudes frente a la vida.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.