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Tomar el pelo

escrito el 23 de septiembre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

En la vida, en general, nos toman el pelo, mejor dicho, nos mienten. Lo hacen muchos; algunos con mala fe, otros porque están acostumbrados a hacerlo, porque creen que no lo hacen, porque les importa tres pimientos o porque consiguen un beneficio al hacerlo. Los motivos son variados y, a menudo, incomprensibles.

Nos mienten políticos, banqueros, grandes gerifaltes, tenderos, quien elabora las facturas de agua y luz, amigos, parientes, mujeres y esposos y novias y novios, nosotros mismos nos mentimos. Estamos habituados a ello. A veces nos fastidia y a veces no nos damos ni cuenta. Pero, sobre todo, por encima de todo, reduciendo todo lo demás a anécdota, lo más molesto y, a su vez, preocupante y sostenido en el tiempo, es que un hijo mienta a sus padres.

“Es una gran pena, una pena enorme”, se lamentan, “nosotros, que lo hemos educado, le hemos dado todo, hemos ayudado a que sea quien es, le hemos querido con locura y cuidado en todo momento; nosotros, que lo hemos tenido en brazos hasta dormirnos de pie, que hemos pasado noches en vela preocupados por si le dolía la barriga, tenía hambre o le pasaba cualquier cosa; nosotros, que hemos dado la vida por él, que hemos ido a trabajar ojerosos de tantas preocupaciones, que hemos ahorrado para darle siempre lo mejor… y ahora va y se mofa de nosotros ¡nos toma el pelo!”.

Pero debemos establecer una línea que separe la mentira de la mentirijilla, la falta de respeto de la tomadura de pelo.

Tomar el pelo, hasta cierto punto, es necesario para mantener una relación sana dentro de la familia. Los jóvenes, al crecer, buscan los límites, definen lo que es bueno y malo, lo que más les conviene, lo que más beneficios les concede y, en este camino, se equivocan, toman decisiones desacertadas, escogen vías que no les hacen ningún bien. En la mayoría de casos, empiezan perdidos. Están aprendiendo, se están equivocando para crecer y madurar. Los padres y formadores educan, es decir, están atentos para dar las herramientas necesarias para que esta búsqueda sea lo más provechosa posible y no se pierdan. Pero la educación no sólo consiste en ofrecer recursos para que el joven sea autosuficiente y funcione autónomamente; la educación también implica poner normas, establecer límites y decir “no”, especialmente cuando la búsqueda a la que nos referimos se desarrolla en el seno de una comunidad (familia, escuela…) y repercute en los demás integrantes.

Por supuesto, educar no es imponer, es sugerir y orientar y, especialmente, formar, pero también es establecer un marco de actuación regulado, más o menos amplio, con una serie de pautas, responsabilidades y obligaciones.

Estos límites, imprescindibles y necesariamente sujetos a revisión y cambio, también son cuestionados por los jóvenes, pues forman parte del sistema coercitivo que les restringe su libertad. ¿Por qué tengo que hacer esto o lo otro? ¿Para qué debo respetar estas reglas? ¿Qué obtengo yo a cambio?

Irremediablemente, los jóvenes querrán saltarse las normas para probar qué sucede y demostrar su libertad, su fuerza, su personalidad; reafirmar su ego y su indivisible forma de presentarse en el mundo. “Soy libre para explorar, soy libre de equivocarme, nadie tiene que decir qué debo hacer, soy mayor y me atendré a las consecuencias”, aunque con frecuencia no están preparados ni son lo suficiente maduros para atenerse a éstas.

Este ímpetu es difícil de frenar y, en mi opinión, desaconsejable, a no ser que queramos formar a jóvenes dóciles y sumisos, pero sí se debe canalizar para que la rebeldía no se convierta en estupidez y el ansia de libertad en un reclamo vacío que sirva de excusa para justificar  los errores fruto de caprichos irreflexivos. Los jóvenes deben tener un margen de libertad, asumir las consecuencias de su búsqueda y respetar unas normas básicas.

Por ello, hay límites de primera y de segunda. Hay límites que de ningún modo pueden sobrepasar y otros que sabemos que pueden jugar a saltarse. Cada categoría se establecerá según el sentido común y principios de cada uno.

Mentir pertenece a la primera categoría. Tomar el pelo entra dentro de la segunda categoría: no decir toda la verdad, poner excusas, justificarse, buscar escapatorias, evadir el interrogatorio para no enfrentarse ante la autoridad, para no vivir una situación embarazosa, para no decepcionar, para no ser castigado por algo que no estiman tan importante. Y aquí es cuando pensamos: “nos toman el pelo”. “Me ha dicho que iba a fútbol y Fulanito lo ha visto en una plaza”, “ha dicho que estaba estudiando y se ha pasado la tarde encerrado en su habitación con el whatsapp”, “tenía que llegar a las 12 y nos ha llamado que se encontraba mal y se quedaba a dormir en casa de Menganito”

Es importante que exista un ámbito flexible donde el joven pueda experimentar y saltarse los límites. Así empieza a constituirse su privacidad, de la que los adolescentes son tan celosos. Para los padres, es una forma de canalizar el ansia de rebeldía estableciendo unas normas que, en el fondo, no son capitales, son una orientación, unas pautas recomendables, no ineludibles.

Cuando uno se salta estas normas de segunda y hace todo lo posible para que sus mayores no se enteren, está tomando el pelo, está creciendo y, en cierto modo, está evitando preocupaciones innecesarias a los padres, claro está, siempre que no sea de una forma sistemática y reiterada. La tolerancia de unos y la negligencia de los otros construyen una tácita regulación de la convivencia en la que, ante situaciones incómodas, todos saben lo que pasa pero hacen ver que no se enteran. Como me ha comentado más de un padre/madre: “sé que no va hacer ni caso, pero al menos que lo haga discretamente sin que yo me entere, por respeto”. Y aunque parece hipócrita, cínico y contradictorio, tomar el pelo puede ser muy respetuoso, pues se tiene en consideración al otro. En vez de ir a la biblioteca has quedado con tu novio/a y llegas a casa con los libros en la mano y respondes que la tarde ha sido muy productiva, los padres miran de reojo y sonríen de medio lado; saben que no es verdad, pero la mentira, al fin y al cabo, no es significativa.

Eso sí, cuando un joven se salta normas inamovibles y esenciales, no debe tolerarse. Que exista un margen de error y se acepte una desobediencia controlada no implica que se falte gravemente. Tomar el pelo debe permanecer en el ámbito de la inocencia, del respeto y de la consideración hacia los mayores.

Tengo un amigo que, sin el permiso de sus padres, se puso un pendiente cuando tenía 15 años. Estuvo hasta los 20 ocultándolo. Cuando llegaba a casa se lo quitaba. Los padres se dieron cuenta al segundo día, pero les pareció una muestra de respeto y consideración que su hijo, al llegar a casa, lo escondiese.

Un topicazo que tarde o temprano todo padre y madre exclama, para justificar a su hijo o para quitarse presión, es el rutilante “todos hemos sido jóvenes y sabemos lo que hay”. Ese “sabemos lo que hay” los más atrevidos completan con: “hemos sido jóvenes y sabemos que a los padres no se les tiene que contar toda la verdad”. Y los más lanzados: “pero tenemos que poner normas, aunque se las salten”.

Este tópico resume el significado de tomar el pelo: ni los hijos deben explicarlo todo y obedecer a pies juntillas, ni los padres tienen que explicar todas sus gamberradas de juventud creyendo que se empatizará más con el hijo. Aunque el hijo llegue tarde por algún motivo por el cual, como padre o madre, esbozarías una sonrisa condescendiente y nostálgica (“Ay, cuando me escapaba de clase para estar con quienfuese”), el juego implica que uno se sienta ofendido. Porque los límites tienen que existir, algunos para respetar sin condición, otros para saltárselos y aprender a establecer uno mismo sus propias leyes.

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Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.