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Tomar conciencia

escrito el 12 de septiembre de 2017 en Artículos con 0 Comentarios

De ancianas, olivos y reflexiones

La conciencia es la presencia de Dios en el hombre
Víctor Hugo

 

A finales de la década de los ochenta, ésa que mi generación se empeña en dulcificar embelleciéndola con recuerdos bucólicos un tanto tergiversados -como la alabanza al desastrado chándal con rodilleras-, vivía cerca de la montaña, en la falda de la Serra de Tramuntana, que al cruzarla caía en vetustas terrazas de olivos hasta besar el mar. Vivía cerca de árboles nudosos e higueras, algarrobos y naranjos; me movía entre caminos flanqueados por márgenes de piedra, rodeado del sonido de la cigarra y el peculiar balido de las ovejas mallorquinas.

Ahí vivía y ahí permanecen mis primeros recuerdos. Ahí pasé mis primeros años y ahí me gustaría pasar los últimos. A los pies de esas montañas tomé conciencia de mí mismo, de mi cuerpo y de mi mente, y tomé conciencia del extraordinario entorno que me rodeaba. Un entorno que me mostró las características, condiciones y límites de la belleza; un entorno que me ha acompañado como modelo para medir lo bueno del mundo y lo que habita en él; un entorno que me ayudó a pensar, a formar mis gustos e iniciar una personalidad que más adelante desarrollaría.

Este despertar de la conciencia vino precedido de la pregunta, de la insistencia por cuestionar mi alrededor y mis capacidades: ¿Sería capaz de llegar a lo alto de la montaña de un salto?, ¿Qué hay más allá de las cimas que observo desde mi habitación?¿El mar puede cruzar el valle y llegar hasta nuestro pueblo? ¿Dónde han ido las cabras que campeaban esta mañana en el prado de enfrente de casa? Al cuestionar, aprendí a separarme del mundo y a dar entidad a lo demás, a entender las leyes básicas que lo rigen y a comprender por qué hacía lo que hacía y estaba donde estaba (y cuando no lo comprendía o no me gustaban los motivos, fantaseaba y moldeaba la realidad a mi antojo). Cada día pensaba en mí y mi mundo, y en los demás y sus mundos.

Supongo que esta inquietud reflexiva hizo de mí un niño curioso y posteriormente un joven meditabundo, un estudiante de filosofía con la necesidad de entenderse y entender. Pero cuando creces y adquieres responsabilidad, preocupación y quehaceres de más, la vida puede engullir el espacio dedicado a la contemplación e introspección, la rutina puede consumir esos espacios que años atrás te dieron sentido, te formaron y te dotaron de esencia.

Una vez somos quienes somos, pasamos a la acción y a la rutina de gestos, operaciones y mímicas más o menos mecánicas que gestionan el día a día. Y si no paramos, si no frenamos el proceso de actividad frenética, podemos perdernos en la inercia de la acción.

En los pueblos mallorquines –como probablemente en los pueblos de toda España – abundaban las abuelas piadosas que apenas salían de casa y se cobijaban en la penumbra de su hogar, con las cortinas corridas para frenar el calor del verano y el frío del invierno, meciéndose en un rincón mientras la radio murmura, cocinando pucheros para la familia, desplazándose con lentitud para buscar una sombra reconfortante en el patio trasero. Yo las veía como temibles guardianas de un mundo que todavía no entendía, cobijadas en esas vastas casas de piedra regia cuyos cimientos parecían hendirse más profundamente en la tierra que las raíces de los pinos y hayas que las circundaban.

Mis abuelas vivían en la ciudad, lejos de la isla, eran urbanitas y todavía jóvenes; esa figura matriarcal en bata de edad indeterminada, con pies inflados comprimidos por alpargatas de tela, de tacto frío y mirada severa, era un misterio que me infundía un respetuoso y atrayente temor. Cuando por el motivo que fuese entraba en sus dominios, quedaba atrapado por el magnetismo de ese extraño ser que parecía habitar a caballo entre dos mundos. Era como visitar otra época, otra dimensión, un tiempo y un espacio que no lograba descifrar.

Una tarde visitamos a la madre de una amiga de mis padres, una anciana, el custodio de un tiempo pasado, un ser semimitológico hecho de piedra lóbrega. Se encontraba en el patio trasero, donde abundan las sombras y corre el aire. Sentada en un banco rezaba el rosario. Estuvimos esperando lo que a mí me pareció una eternidad para acercarnos a saludar. Mis padres cruzaron pocas frases con ella y luego estuvieron un tiempo breve hablando con su hija. La anciana me acarició el pelo con un movimiento breve e impreciso antes de quedar absorta en un punto indeterminado del patio. Yo había contemplado la ceremonia con la distancia, inquietud, fascinación e incomprensión de un niño de cinco años. No entendía para qué habíamos ido hasta allí, ni qué papel tenía esa anciana en nuestras vidas, ni porqué mis padres se habían mostrado tan cuidadosos.

Al llegar a casa pregunté a mis padres que por qué habíamos esperado tanto en esa casa, en ese patio, para luego hablar apenas unos minutos. No recuerdo qué contestaron, probablemente que era una obligación, un compromiso, que se tiene que saludar, que estaba enferma, que su hija lo agradecía, que es una muestra de respeto. “¿Pero, por qué ella no nos saludó cuando llegamos?”, proseguí ante mi incomprensión. Había aprendido a aceptar lo que dicen los mayores, pero sentía demasiada curiosidad para dejarlo ahí. “Estaba rezando”. Vi que no llegaría a ninguna parte y decidí investigar por mi cuenta.

Más adelante, en una semana, un mes o medio año, regresamos a aquel patio en cuyo banco seguía la anciana rezando como si no hubiese pasado el tiempo. Al acercarme, tuve el coraje de preguntar que qué rezaba, y me contestó con voz trémula que rezaba el rosario. Como me quedé igual, me explicó en qué consistía. Me pareció lo más aburrido y absurdo que había oído nunca, así que le pregunté que para qué le servía. Me dijo que para hablar con Dios. “¿Y para qué habla usted con Dios?”, proseguí tozudo hasta llegar a comprender. Ella tensó los labios esbozando una mueca que bien podría haber sido una sonrisa, y tradujo para que lo comprendiera: “Para entenderme mejor”.

Supongo que me quedé igual de confundido, pero pasados los años comprendí que aquella anciana estaba viviendo un momento de introspección, estaba recitando un mantra que le servía para apaciguar la mente y ver con mayor claridad. Y del mismo modo que la anciana, como han hecho los cristianos durante siglos en iglesias, en confesorios o en los patios traseros de sus casas sentados a la sombra, lo han hecho los orientales con la meditación, los existencialistas en la soledad de la noche, los románticos al contemplar un mar de niebla o los bohemios con una copa de vino: tomar consciencia de uno mismo para entenderse mejor y entender el mundo que lo rodea.

A lo largo del día almacenamos sensaciones, imágenes, palabras, emociones, lecturas, percepciones que deben descansar; recibimos información que necesita ser procesada e integrada en nuestra mente; adquirimos un cúmulo de datos que deben ordenarse para llegar a su comprensión: vivimos experiencias que requieren ser examinadas para comprender qué estamos haciendo, quiénes estamos siendo. Por ello, en la mayoría de sociedades o comunidades, ya sea vehiculado por la ideología, religión o arte, los seres humanos hemos tenido a nuestra disposición pequeños rituales de soledad e introspección  en los que mirarnos al espejo. Momentos íntimos que servían para vernos y ubicarnos en el mundo; espacios donde adquiríamos significado y entidad.

Y tal vez continúen siendo frecuentes estos momentos en los que uno entabla un diálogo reposado consigo mismo, pero me da la sensación de que el ritmo de la vida actual dificulta tener tiempo para rumiar, para detenerse y examinar pensamientos, sentimientos y emociones.

Me he encontrado un número significativo de jóvenes y adultos que reconocen no pensar en sí mismos ni reflexionar con asiduidad, alegando que no disponen de tiempo o que, cuando tienen un momento, prefieren dedicarlo a otras actividades lúdicas que los relajen y distraigan de los problemas cotidianos.

Sin embargo, un rito tan humilde en recursos y frugal en recompensas no puede eliminarse justo cuando el ruido exterior es intenso, cuando los días transcurren sin pausa, cuando nos movemos sin saberlo y el agotamiento nos impide ver con claridad.

Cuando no podemos perder el tiempo en mirarnos a nosotros mismos, es cuando se hace más evidente la necesidad de ser introspectivos. Cuando no disponemos de un momento para reflexionar, es cuando más urge reflexionar. Y reflexionamos al meditar, rezar o cavilar; reflexionamos al posicionarnos y al dar voz a nuestras emociones, al perfilar ideas y defender valores, al cuestionar todo lo que creemos y al preguntar que quiénes somos y qué hacemos; podemos reflexionar ante un libro, un paisaje hermoso o ante el silencio de la oscuridad, ante nuestros miedos y sueños, ante nuestras dudas y certezas, ante nuestras ideas y emociones. Pero debemos reflexionar, un poco, tal vez no hace falta cada día, cinco minutos, entre quehaceres, por la noche, antes de ir a dormir, al despertar, cuando se pueda, cuando sea, pero debemos reflexionar si queremos aprender a entendernos.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.