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Tener la razón

escrito el 11 de diciembre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

“El que cree tener razón entre todas las cosas, la razón de las cosas desconoce.”
Blaise Pascal

En mis sesiones hay situaciones recurrentes, momentos que se repiten, comentarios que se reproducen exactamente igual en diferentes alumnos, reacciones idénticas ante problemas parecidos, formas de pensar que resultan tópicas por frecuentes. Un lugar común entre los jóvenes, especialmente en la franja de 14 a 18 años, es el de la indignación ante una situación injusta en la que ellos creen que tienen razón.  Indignación que en muchas ocasiones resulta ser un obstáculo que perjudica y que empuja a tomar decisiones desacertadas.

¿Qué tal te ha ido la semana?
Bueno…
¿Qué quiere decir “bueno…”?
Nada, normal, como siempre.
Otros días ese “bueno” no suena como el de hoy.
Es que estoy cansado.
¿Y eso? ¿Has estado muy ocupado?
Sí… bastante.
¿Y cómo te han salido las cosas?
Bueno…
¿Y este “bueno…” qué significa?
Hoy he tenido un problema en clase.

El profe de siempre.
¿Quién es el profe de siempre y qué ha pasado?
Un profe que me tiene cruzado. Siempre me llama la atención aunque no haga nada.
¿Y esta vez por qué te ha llamado la atención?
Por nada.
¿Y luego de eso?
Le he contestado que yo no estaba hablando y me ha dicho que me callara y que no respondiera siempre.
¿Siempre le respondes?
Sí, porque no tiene razón, estaba callado.
¿Y que has conseguido al responder?
Ha acabado echándome de clase.
¿Te ha pasado más de una vez?
Unas cuantas.
¿Y para qué sigues contestando?
Porque tengo la razón.

La siguiente pregunta de este diálogo, probablemente, cuestionaría al estudiante si prefiere pelear para demostrar que tiene razón o prefiere cambiar de táctica para que no lo echen de clase  y, por lo tanto, no le bajen la nota. La respuesta que se repite con más frecuencia es “prefiero mostrar que tengo razón”.

A partir de esta declaración, el coach puede fundamentar juicios, buscar puntos de vista contrarios, ayudar a que el estudiante empatice con el profesor, que, aunque éste tenga claro la validez de sus argumentos, busque otras vías para no salir perjudicado, empujarle para que salga de su zona de confort y vea los hechos con perspectiva, entienda el contexto y decida si su forma de actuar le beneficia o debe cambiarla. Debe ser el alumno quien se dé cuenta de si las cosas le van bien o, por el contrario, quiere cambiar ciertos puntos de vista y reacciones. Desde el coaching se acelera este proceso, se acompaña al coachee para que salga afuera y abandone su ego para provecho de su persona. No obstante, la razón es un obstáculo peliagudo, difícil; una losa que bloquea el juicio de las personas y que se instala en lo más hondo del orgullo.

En coaching, al toparnos con un prejuicio arraigado y visceral que impide que mejoremos, hablamos de compromisos ocultos, es decir, obstáculos en forma de creencias que dificultan la consecución de retos. Por ejemplo, si este alumno ficticio quisiese aprobar una asignatura y, para ello, tuviese que lograr una buena nota de actitud en clase, tendría un compromiso oculto cuando prioriza otros objetivos, como defender su orgullo. Si alguien está decidido a dejar de fumar, lo intenta y recae en repetidas ocasiones, y después de reflexionar se da cuenta de que le da miedo dejarlo porque entonces come más y engorda, tiene un compromiso oculto con su imagen. Los compromisos ocultos a veces son más poderosos que el compromiso del que se parte y resultan un impedimento para lograr objetivos y obtener mejores resultados.

Tener la razón, querer demostrar que se tiene la razón, es uno de los compromisos ocultos más poderosos de las personas, especialmente en la etapa de la adolescencia, cuando los jóvenes se definen en oposición a los demás.

¿Cuántas veces hemos actuado en nuestra contra sólo por mantener el orgullo, sólo por demostrar que tenemos razón?

“Tener la razón”: creencia de poseer clara y rotundamente la verdad en una situación donde se contraponen diversas opiniones; estar dispuesto a no ceder en una discusión; priorizar el orgullo ante todo.

Entendido de este modo, este concepto no suele traer buenos resultados. ¿Y para qué? ¿Para qué nos aferramos a la ingenua idea de que estamos en lo cierto, incluso cuando nos encontramos en una situación donde no importa nada la verdad? ¿Por qué asumimos el rol de justicieros, nos ponemos la capa de defensores de la verdad y luchamos contra la injusticia con desproporcionado ahínco?

Por supuesto, si nos detienen por un delito que no hemos cometido, es razonable insistir hasta demostrar la inocencia. Si alguien querido nos acusa gravemente de haber cometido algún acto que no hemos realizado, es lógico defenderse y luchar por la verdad, pues de ella depende tu credibilidad y las consecuencias que se deriven.  Pero cuando se trata de situaciones anecdóticas donde tener razón es indiferente, ¿Por qué nos aferramos a esa idea de justicia, a esa necesidad de demostrar la realidad tal y como uno la entiende?

Cuando tenía 18 años paseaba en coche con un amigo que recién estrenaba el carnet de conducir. Nos paró un policía municipal y le advirtió de que había hecho una maniobra irregular. No le iba a multar, porque había visto que llevaba la “L”, pero le aconsejaba no volver a hacerlo. Yo me relajé y pensé “continuemos y vayamos a donde tengamos que ir, una anécdota”. Pero a mi amigo no le bastó con escaparse de ser multado y le replicó al policía que no había hecho ninguna maniobra ilegal. El policía, bastante paciente, se lo explicó con pedagogía. Mi amigo dijo que era mentira, que él no había hecho tal cosa. La discusión se aceleró, la insistencia se convirtió en mala educación y acabó multado, con el día fastidiado y un malhumor que le duró una semana. Más tarde me confesó que no sabía a ciencia cierta si tenía toda la razón (como si ésta pudiese fraccionarse), pero en aquel momento debía defender su orgullo, porque “no debes dejar que te pisen”. Yo pensé que el tío, o bien tenía un problema de autoestima y seguridad acuciante o bien se le había ido de las manos el narcisismo.

Es en las situaciones anodinas cuando “tener la razón” se entiende en toda su absurda dimensión: cuando se batalla por mostrar la verdad en momentos insignificantes aun sabiendo que acarreará consecuencias negativas, haciendo de una bobería un conflicto.

Tener la razón  no sirve de nada, sólo te hace mediocre, vulgar, egocéntrico e inmovilista. Tener la razón es la zona de confort más inerte que pueda haber, la excusa más fácil para continuar como siempre. Si se tiene la razón, poco se puede mejorar. Y, aunque trillado, el “sólo sé que no sé nada” de Sócrates muestra la opción contrapuesta, la humildad con la que enfrentar la vida, la apertura de mente y la disposición al cambio, a la búsqueda de nuevos caminos y vías de mejora.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.