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Superación: retirarse es de valientes

escrito el 17 de marzo de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Perdía 6-2/4-0. El partido estaba complicado. Para mí, imposible. Lloviznaba. Me dirigía lentamente a la red, arrastrando los pies en la arcilla húmeda. Resbalaba patosamente con la inercia del perezoso. Una pelota había quedado muerta después de una dejada, paralizada en medio de la pista.  Me tocaba sacar. Alcé la vista para fingir interés por el estado del tiempo. No tenía ganas. No quería sacar, jugar los juegos que quedaban. Ojalá hubiese diluviado y se hubiese cancelado aquella farsa. Tenía exámenes. Tenía que estudiar por la tarde. Hacía frío. Llevaba jugando al tenis desde los seis años. Llevaba diez. No me gustaba. Agassi dice que el tenis es el deporte más solitario que existe: no tocas la pelota, no tocas a tu rival, hay silencio mientras se juega, apenas se tiene contacto con el entrenador. Es fácil justificar la desidia. Es lógico no querer acabar los partidos. Si finiquitaba rápido la pantomima podría estudiar y quedar con mi novia. Cualquier cosa antes que continuar dando raquetazos sin sentido. Ya estoy derrotado hace rato. ¿Quién me manda a mí perder un sábado para esto? Entonces el entrenador me anima y con cara de cabreo me grita que puedo, que le eche narices. Miro a mi padre esperando compasión, que con un gesto me indique que lo deje pasar. Me observa alterado y se contagia del entusiasmo del entrenador: ¡tú puedes! No sé si puedo, pero no me apetece demasiado. Poder implicaría remontar ese set y jugar un tercero. Poder implicaría llegar a las diez de la noche a casa y ponerme a estudiar después de cenar. Eso no me lo esperaba, papá. Ya me vengaré. Por ahí andan un par de compañeros que han acabado sendos partidos y con el puño apretado y el brazo angulado a noventa grados copian la arenga. Qué pesados. Se creen que lo hacen por mi bien. Me dejo convencer. Yo puedo. Me doy palmadas en el muslo. Aprieto también el puño. Vamos, vamos. Tics de todos los deportistas a los que no les salen las cosas. Tics de toda la gente que se anima a sí misma como si fuesen entrenadores de crossfit. Soy mejor que él. Concéntrate. Todo está en tu cabeza. Pim, pam, pum. Las bolas entran y yo he vuelto a entrar en el partido. Remonto el segundo set. Va a resultar que tenían razón. Si quiero, puedo. Descanso dos minutos en el cambio de pista. Ya que estamos, lo intentaré. Gano 7-5 el segundo set. Vuelta a empezar, estamos empatados. Al inicio del tercero, mi rival sube una marcha. Resulta que es bastante mejor de lo que estaba mostrando. Me está pegando una paliza. Yo corro y me esfuerzo. No quiero más miradas. No quiero reproches. No quiero que juzguen que soy un blando. Tiene unos brazos como mis piernas. O tiene suerte o le entra todo. Pues a zambombazos. El entrenador me indica, con el índice señalando la sien, que juegue con cabeza. Con cabeza me hubiese largado de ahí un buen rato antes. Mejor me dejo llevar por el miedo al fracaso y la apariencia. Emoción al servicio del tenis. Sentimientos frustrantes para conseguir la remontada. Logro rascar algunos juegos. Me pega una paliza. Acaba el partido. Nos damos la mano. Miro ceñudo a mi entrenador: lo has trabajado, así me gusta, casi lo consigues. Me daba igual perder. Son las nueve de la noche.

A veces quieres y no puedes, otras no quieres y puedes, quieres y puedes o no quieres ni puedes, pero, lo más importante, a veces no sabes por qué narices haces algo y te de igual si quieres o puedes.

No todo lo que queremos es deseable, ni todo lo que podemos, evidentemente. Para entenderlo, debemos prestar atención a los motivos que nos mueven, al sentido de las cosas.

Hoy en día los lemas motivacionales, los anuncios de televisión, libros de deportistas que han visto la luz en el esfuerzo y la disciplina, sugieren con demasiado ahínco que la superación es deseable per se, es el camino vital hacia la felicidad, hacia la construcción de un yo harmónico mental y físicamente. No obstante, la superación por la superación no deja de ser un juego deportivo, frívolo y ambicioso, que puede producir un aumento de confianza de quien se supera, pero también puede estar vacía de razones. Mejorar siempre es deseable, pero a veces invertimos demasiado tiempo en superarnos porque sí, para demostrarnos y demostrar que valemos, para reivindicarnos. Es una exhibición de fuerza que no siempre debe priorizarse.

La superación frívola que se proclama estos días no es más que chapa y pintura, cartón piedra. Superarse por el mero hecho de superarse es competición vacía, un juego que puede ayudar a ganar seguridad, pero desvirtúa el objetivo de querer ser mejor. Debemos superarnos por algo o alguien, por una razón que vaya más allá de la mera ambición, que se aleje de la ostentación.

El hecho de que se haya entronizado la superación hace que muchos intenten a toda costa conseguir cualquier reto por miedo a no ser suficientemente buenos a los ojos de los demás, por terror a parecer unos fracasados y, por lo tanto, a creerse fracasados. La ética del triunfador del “si quiero, puedo”, lleva a continuar proyectos nefastos por el simple hecho de no atreverse a renunciar. El abandono se ve como una pérdida, un chasco, ante la idea de que los ganadores se superan, siempre tiran pa’lante y pueden con todo y con todos. Pero cuando el “quiero” deja de tener motivos, cuando lo que se realiza deja de tener sentido, lo único que subsiste es la voluntad de concluir satisfactoriamente el proyecto, por vencer, por la satisfacción infantil de haber conseguido un premio.

Por ello, si un objetivo pierde el sentido, es mejor volver a pensar qué se está haciendo y tener el suficiente valor para reformularlo o abandonarlo. Nos están bombardeando con que podemos conseguir lo que queramos, pero también es importante que aprendamos a que no siempre lo conseguiremos y que en ocasiones nos apearemos del camino. Es crucial tener la actitud necesaria para poder superarse y lograr objetivos, y para ello es necesario tener el valor necesario para abandonar cuando lo creamos oportuno, sin que por ello nos sintamos débiles.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.