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Sentido Común

escrito el 12 de diciembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

La separación entre razón y pasión, que adoptó el símbolo dicotómico cabeza-corazón, ha viajado polarizada a lo largo de la historia de Occidente, como un opuesto beligerante dentro del ser humano. Han existido movimientos, como el Romanticismo, que reivindicaban la primacía de las pulsiones en detrimento de la reflexión, encumbrada ésta durante la Ilustración; existen instituciones que favorecen el pensamiento (escuelas) y otras que priorizan la impulsividad del sentimiento (familia);  a menudo se escuchan consejos en los que se sugiere seguir los dictámenes del corazón o, por el contrario, enfriar las emociones y ser objetivo mediante el análisis sopesado e imparcial de la situación. Ambos adversarios hacen méritos para captar diferentes esferas de acción: para el trabajo utiliza la cabeza, el corazón para el amor; cuando tengas un problema cuenta hasta diez y recapacita, si algo te gusta lánzate a por ello sin pensarlo dos veces. Pensar demasiado o ser impulsivo, comportamientos regidos por ciertas normas no escritas que indican cuándo podemos dejarnos llevar y cuándo es conveniente parar y controlar el ímpetu.

Sin embargo, en esta batalla antitética librada en la cultura occidental, legado de la filosofía clásica, hemos aceptado que la cabeza prima sobre el corazón o, al menos, lo dirige. Así, cuando el ardor se propasa, oímos en nuestra conciencia reproches que nos invitan a pensarlo mejor en la siguiente ocasión. La mente es lo propiamente humano, nuestro rasgo distintivo, lo que nos hace la especie dominante y, según la mayoría de religiones y corrientes del pensamiento, superior. El instinto, la pasión, las pulsiones, los arrebatos, son remanentes de nuestro pasado como animales, de nuestro frágil vínculo con el resto de especies, un recordatorio de nuestra imperfección, de que no somos completos, un recuerdo de dónde venimos, de nuestra debilidad, de lo que éramos antes de pensar. Con estas creencias, es fácil suponer que “el corazón” se relegue a ámbitos inofensivos, siempre tutelado bajo el férreo control de la razón.

En la Grecia de las polis y ágoras, cuando sabios de barba blanca paseaban disertando entre olivos y el Mediterráneo era el centro del universo, se produjo lo que Nietzsche llamó la separación entre lo apolíneo y lo dionisíaco, o lo que otros apodaron como la mistificación de la teoría. El ver el pensamiento abstracto como el don supremo del ser humano, según interpretaciones de la filosofía de la ciencia, se produjo porque las clases dominantes tenían tiempo y poder para pensar, mientras las clases populares se dedicaban al trabajo manual. Este hecho propicio que filósofos como Platón establecieran una jerarquía en la que el saber teórico, la reflexión, se situaba por encima del saber práctico y las pasiones se veían como una forma imperfecta de inteligencia, un impedimento para llegar al fin último del ser humano: el conocimiento puro.

En torno a la inteligencia se ha construido el porvenir del hombre, el contrato social y las normas que legislan nuestro comportamiento. En el último siglo han aparecido reivindicaciones de lo irracional, como las vanguardias artísticas de principios del XX, y desde la psicología se ha hecho hincapié en la importancia del subconsciente y de la inteligencia emocional, aunque siguen manteniéndose en un segundo plano, como muestra el funcionamiento de empresas, escuelas o política.

Con todo, las emociones y los sentimientos se toman cada vez más en serio y se han dejado de ver como frivolidades sensibleras. Hoy en día la mayoría de decisiones y de relaciones que mantenemos se construyen en base al sentido común, esa bisagra que articula las dos partes que conforman nuestra esencia, un sexto sentido que emana de la razón y que atiende a las necesidades viscerales de nuestra personalidad para poner orden y marcarnos el camino justo.

Tener sentido común es una de las mayores virtudes hoy en día. Tal vez, en épocas de guerra y saqueo, cuando las hordas bárbaras imponían su voluntad a base de mandobles, la imprudencia y osadía eran valores con más peso, atributos que servían para medrar en la sociedad; en cambio, en otras épocas no tan lejanas, el sentimiento y el impulso eran atributos de débiles y debían mantenerse alejados. En nuestra sociedad el sentido común, la “facultad que posee la generalidad de las personas, para juzgar razonablemente las cosas” (Trout y Rivkin), “el don provisto para saber distinguir todo lo que nos rodea: el bien, el mal, la razón y la ignorancia” (Hipat Roses), es la virtud mediante la cual conseguiremos hallar la mejor vía para nuestros propósitos. La reflexión serena, la valoración de condicionantes, la evaluación de diferentes puntos de vista, el estudio de alternativas, es decir, conocer qué es lo que rige el mundo (lo común) y amoldarnos a sus exigencias según nos convenga, es sentido común.

Al respecto, Aristóteles, en Ética Nicómaco, reflexionaba sobre los valores y el papel que estos juegan en nuestro camino hacia la eudaimonía o felicidad, diferenciándolos entre dos tipos: los que son buenos cuanto más aumentan, como por ejemplo la bondad o la sabiduría, y los que son buenos en tanto se posicionan en el término medio. Así, alguien valiente no será quien se lanza irracionalmente a conseguir cualquier reto, sino alguien prudente que sopesa pros y contras y actúa en consecuencia. Por defecto, la valentía se convierte en cobardía; por exceso, en temeridad. Para hallar este término medio y, por lo tanto, ser más “buenos y felices”, Aristoteles decía que nos debíamos servir de la frónesis o prudencia. Éste concebía la prudencia como la virtud por excelencia de la sabiduría práctica, la habilidad para marcar qué es lo correcto, el conocimiento que discierne entre lo bueno y lo malo.

Después de dos mil quinientos años, la mejor traducción para frónesis que encontramos es la de sentido común: la destreza en saber, en cualquier caso, que es lo que más nos conviene y qué es lo que mejor se adecua a los preceptos morales de nuestra sociedad.

El sentido común ejemplifica el término medio: no es irracional e impulsivo, pero tampoco es excesivamente cerebral y cuadriculado. Podríamos concluir que el sentido común aúna cabeza y corazón, dirige las pulsiones, las ordena y da sentido utilizando la comprensión racional y el pensamiento. Es la virtud que armoniza la pugna interna que tenemos entre mente e instinto, lógica y pasión, la conjugación de ambos opuestos.

Es por ello que el sentido común es el centro en el que pivota la inteligencia emocional, una cualidad que debe ser educada para aprender a escuchar nuestros impulsos, tener en cuenta nuestras pulsiones y dirigirlas hacia nuestros propósitos.  

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.