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Y después de Selectividad…

escrito el 9 de junio de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Con el buen tiempo y el calor asfixiante que tanto gusta a unos y tan poco a otros, a muchos jóvenes les llega la Selectividad,  las pruebas de acceso, las matrículas a grados, inscripciones a cursos y, en definitiva, la toma de decisiones y el encaminarse, presumiblemente, hacia donde uno ambiciona. Algunos lo tienen muy claro: desde pequeños querían ser, digamos, veterinarios, y han tenido la suerte, el esfuerzo y el trabajo bien hecho para entrar en la carrera deseada y ahora disfrutaran del verano hasta que llegue el nuevo y esperado reto; otros siguen sin tener ni idea de qué harán; unos cuantos deciden al azar, según lo que oyen, dicen, leen que puede estar bien y se ajusta a su forma de ser; un sector indeciso deja que elijan por ellos, ya sean padres, amigos o el consejo de los profesores; y la mayoría está más preocupada por las salidas laborales proporcionadas por los estudios que por los estudios mismos.

La vocación, la idealización de un modo de vida donde uno hace lo que más le gusta, donde desarrolla las habilidades y conocimientos que ha adquirido con entusiasmo, está en desuso. Ahora se estila más la precaución y escoger una vía útil que proporcione estabilidad. Se ha minimizado el riesgo del romanticismo y los jóvenes se han hecho más pragmáticos. ¿Más maduros?

Buena culpa de esto, si es que podemos culpar a alguien por haber hecho más cautelosas a las generaciones que suben,  la tienen los adultos que, visto cómo se ponía el panorama, prefirieron advertir a los pipiolos de que la vida no es un camino de rosas y que estudiar lo que a uno le da la gana está bien, pero después la cosa se complica y no son días para malgastar tiempo y recursos. “Al sac i ben lligat”, como decimos en Catalunya, o el sempiterno “más vale pájaro en mano que ciento volando”, que se traduce por: “mejor estudia algo útil (que te dé de comer) y en tu tiempo libre ya harás lo que quieras”.

Una forma de pensar que cura en salud y ayuda a que los jóvenes acepten la realidad tal y como muchos mayores la ven: los sueños son cosas de niños, la vida es dura y si nos despistamos con tonterías, nos devora.

Así pues, ahí se encuentran los jóvenes ahora mismo, en un embrollo de prejuicios, opiniones encontradas, desconocimiento, miedos, ilusiones, desgana, entusiasmo, con el sol que aprieta, el mar que llama y los amigos que esperan abajo.

La verdad, ahora mismo a mí me daría pereza escoger. Qué “palo” decidir entre un puñado de grados o carreras que no me dicen nada, qué agobio verme cuatro o cinco años estudiando algo que ni fu ni fa y, más todavía, pensar que después me pondré a trabajar en algo relacionado. ¿Y si hago lo que quiero? ¿Y si desoigo a mis padres, a los tutores, a mis amigos, a todos aquellos que dicen que estoy hecho para algo que no me ilusiona y hago una locura, hago lo que quiero? Mmmm… me veo sin trabajo y viviendo con mis padres hasta los cuarenta. Uf! Mejor me echo la siesta, preparo los últimos exámenes y ya decidiré mañana. ¡Qué calor! Así no hay quien se concentre. Me cuesta pensar en hoy, como para pensar en mañana, en el curso que viene, en los años que siguen, en la vida que tal vez lleve o en las posibilidades que se me plantean. Paso a paso, día a día, carpe diem o algo parecido, al final todo se pone en su sitio.

Muchos parecemos estoicos, ponemos en manos del destino nuestro futuro y ya se verá. De primeras creemos que lo aceptaremos sin problema alguno; los reproches y lamentos vienen más tarde, cuando exclamamos flemáticamente “Tendría que haber hecho tal o cual cosa”.  Y una voz acusadora replicaría que sí, muy bien, pero entonces preferiste procrastinar y aplazar las decisiones, porque decidir es difícil y tantos años haciendo lo que dicen te mal acostumbraron. Al final escogiste cualquier cosa, pero no decidiste. Decidir no es simplemente escoger, sino escoger con conocimiento y voluntad. El conocimiento necesita preparación y dedicación, conocerse y conocer qué hay ahí fuera y cómo se va ajustar ese vínculo yo-mundo; la voluntad requiere deseo, ilusión, querencia.

En esos momentos, cuando nos reprochamos por las malas elecciones de juventud, se despierta una vitalidad sobreexcitada, un apetito fáustico por volver atrás y vivir una vida diferente, una jovialidad instintiva que nos hace fantasear con las vidas posibles e idealizadas que podríamos haber tenido: dueños de un chiringuito en una playa paradisíaca del Caribe, cámaras subacuáticos especializados en tiburones, escritores cultivados de prestigio y renombre, humildes granjeros autosuficientes sin preocupaciones, etcétera. Es entonces cuando nos animamos a aconsejar a los jóvenes a que hagan lo que quieran y persigan sus sueños: “Eres joven, todavía te puedes equivocar muchas veces. Mi consejo: haz lo que más te guste”. Al día siguiente, cuando el arrebato ha pasado, cuando un vecino nos comenta que su sobrino, con amplia formación, ha tenido que emigrar a Alemania para ganar cuatro chavos mientras lo exprimen trabajando en el sector hotelero, cuando recordamos lo complicado que fue salir adelante con estudios poco prácticos para esta sociedad, entonces reculamos y tal vez ya no aconsejaríamos que los jóvenes hiciesen lo que más les apeteciera.

Yo empecé a estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones por el mismo motivo por el que escogí cursar el bachillerato tecnológico: tenía facilidad con todas las materias, decían que tenía la mente matemática (¿?) y que las ingenierías eran el futuro. Ya leeré y escribiré en mis ratos libres, justifiqué. Al empezar la carrera me entró una claustrofobia con la que aún tiemblo al recordar: números y más números y, por primera vez, debía esforzarme para hacer algo que aborrecía. Yo no hago esto ni que me convierta en multimillonario pensé, y el péndulo viró al extremo contrario: filosofía. ¡Claro que sí! De perdidos al río. Una carrera sin ningún tipo de aplicación práctica en la sociedad actual, unos estudios absurdos para el mercado laboral, un sinsentido, una carrera de jubilado, una extravagancia.

Probablemente fue una decisión inconsciente estudiar aquello que estudié. Me gustaba y suponía un reto, pero sus salidas laborales no eran suficientemente atractivas y acarreaban un sacrificio demasiado alto para seguir por ese camino. Estudios interesantes, me hicieron madurar y crecer, y, aunque finalmente encontré mi camino, pasé mucho tiempo preguntándome ¿para qué? ¿Qué hago yo con esta licenciatura al margen de justificar mi crecimiento personal?

Mi conclusión al respecto, mi opinión acerca de la elección de estudios, subjetiva, sesgada y parcial, sin embargo, es prudente y tal vez demasiado sensata. Considero que cada uno debería hacer lo que le viniera en gana, aunque para ello deba conocerse bien y saber las implicaciones que tendrá su decisión. Hacer lo que uno quiere en un momento determinado puede ser muy novelesco, un acto de fuerza que emerge de las entrañas de cualquier libro de autoayuda, pero también puede resultar un capricho pueril que lastrará parte de tu vida.

El diálogo entre razón y pasión debe articular la toma de decisiones. Ser un descreído, un cínico timorato que escoge pensando en las salidas laborales cuando todavía no sabe ni qué le gustaría hacer ni cómo le gustaría vivir, es igual de peligroso que escoger guiándose por el sentimentalismo de unos sueños imprecisos  sin tener en cuenta el mundo en el que se vive.

Persigue tus sueños, sí, pero también concrétalos, proyéctalos a futuro, entiende las consecuencias, los problemas y los obstáculos que conllevan y decide si estás dispuesto a seguirlos, si vale la pena el esfuerzo. Por un sueño mal entendido se han hecho muchas tonterías, y por no seguir los sueños se ha sido muy infeliz. Y es que “sueño” suena demasiado cursi, aquí se trata de proyectos vitales donde la razón debe dirigir nuestras apetencias. Una sin la otra sólo nos llevará al desconcierto.

Se necesita ser valiente, que no inconsciente, se necesita ser atrevido, que no caprichoso, y perder el miedo a equivocarse. Equivocarse siempre es pedagógico y a veces conviene arrojarse a lo que anhelamos para saber si estábamos en lo cierto. Además, si las cosas cuestan, si encontramos dificultades, mejor vivirlas haciendo lo que nos llena.

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Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.