Feb
16

¿Sacrificio o esfuerzo?

escrito el 16 de febrero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

A veces nos ponemos cascarrabias y nos quejamos de todo lo que pasa a nuestro alrededor. Si los astros están alineados, las circunstancias son propicias y además tenemos motivos para estar hasta las narices, arremetemos contra aquello que ose acercarse a nuestro perímetro de malhumor. No hace falta que se haga presente, su simple mención ya nos irrita. Nos da igual: amigos, compañeros de trabajo, jefes, vecinos, familiares, políticos o personajes públicos, todos son objeto de nuestra ira, todos son depositarios de nuestra tensión, liberada en esa vía de fuga llamada crítica o improperio.

La mala uva, mala leche o mala, como estamos en un blog educativo me guardaré de mencionar la tercera opción, es la canalización dañina de la tensión que sufrimos, la expulsión de nuestra rabia al exterior. Pero ahí fuera, debemos ser conscientes, habitan otras personas que no son culpables de nuestro estrés aunque su comportamiento no facilite el que nos pongamos de buen humor. Generalmente, es un cliché, lo pagamos con nuestros seres más cercanos, es decir, pareja, padres e hijos. Quien nos acompaña en el día a día en un ambiente privado y familiar es quien más números tiene de recibir.

Si se trata de los hijos, además legitimamos nuestro enfado utilizando su mal comportamiento como excusa para estallar. Podemos llegar a casa hartos de quien sea y de lo que sea y ver que nuestro hijo, que anda a trompicones con los estudios, no ha hecho los deberes. La situación exige atención, pero no puede ser utilizada de pretexto para arrojar toda la ira acumulada a lo largo del día, semana o meses.

A veces hacemos gala de la desproporción con cuatro gritos mal dados, luego nos calmamos y, en un ataque de lucidez reflexiva, exclamamos: el problema es que los jóvenes de hoy en día no tienen remedio. Entonces uno se pregunta ¿Por qué? ¿Por qué no tienen remedio? ¿Acaso son diferentes a los de antes? ¿Más tontos, listos, rápidos, lentos? Muchos llegan a la misma conclusión y dicen que indudablemente son diferentes a las generaciones pasadas, los problemas que plantea la sociedad actual se expresan en ellos con mayor fuerza y, sobre todo, ya no se sacrifican por nada, han perdido esa cualidad de antaño: “Lo tienen todo, no saben valorar las cosas, no saben lo que es el sacrificio”.

Lo que más molesta a los padres es que ese cansancio acumulado, que en ocasiones se expresa en estallidos de furia, muchas veces proviene del sacrificio que precisamente hacen por los hijos (expresión frecuente: “me dejo la vida por ellos”) y creen que ellos no lo saben valorar. Y tal vez es verdad, los jóvenes occidentales ya no sienten la necesidad de sacrificarse, aunque eso no quiere decir que no sepan apreciar el sacrificio en sus mayores.

Conviene diferenciar el sacrificio del esfuerzo:

Sacrificarse es dar algo a cambio por una idea suprema. El sacrificio lleva implícita una pérdida y prima la sumisión ante un deber. Por ejemplo, uno puede estar asqueado de su trabajo y tener la posibilidad de cambiarlo por otro más gratificante pero menos remunerado, pero necesita el dinero para mantener a su familia y decide continuar. Esta persona se sacrifica por un bien superior.

– El esfuerzo es trabajar y progresar para alcanzar un logro que anhelamos, focalizando las energías en el proceso que llevará hasta su consecución.

Nos sacrificamos por, nos esforzamos para.

En la tradición cristiana los ejemplos de sacrificio son esclarecedores. Dios pide a Isaac,  Abraham accede a causa de su fe. Como reflexionaba Kierkegaard, el caballero de la fe, quien realmente está preparado a entregarlo todo, es el verdadero creyente. Vemos como en nuestra cultura el sacrificio nace de una demanda externa, de una obligación, de un deber. En cambio, el esfuerzo es algo personal, la voluntad individual desplegada para alcanzar un sueño.

La línea que separa esfuerzo y sacrificio es fina y equívoca, pero podemos acordar que el sacrificio nace del deber y el esfuerzo del querer, el sacrificio implica pérdida y el esfuerzo gratificación.

Desde este punto de vista, es lógico que la juventud actual no esté preparada para sacrificarse: hemos perdido ideas absolutas a las que entregarnos y hemos potenciado el individualismo. La sociedad moderna tiende a acabar con las valores supremos (dios, patria, familia, verdad, bien, etcétera) y ofrece libertad, más o menos controlada por las leyes, para que las personas se hagan con una u otra moral e interpreten la realidad de una u otra manera. Esta pérdida de referentes lleva al relativismo, y éste a la imposibilidad de sacrificio, pues pocos estarán dispuestos a perder algo valioso por una idea abstracta.

El sacrificio tiene mucho de obligación autoimpuesta, de seguir un dogma, de hacer lo correcto aunque no guste, sufrir, obedecer… la felicidad no entra en esta ecuación, es secundaria, supeditada a la causa. Entonces, ¿cómo vamos a exigir a un joven que se sacrifique? ¿Cómo lo vamos a convencer de que tiene que perder algo para conseguir otro algo y entregarse a una causa superior? Causa que, por otra parte, acostumbra a ser los estudios, convertidos en idea suprema durante la juventud.

En una entrevista reciente para JotDown, la editora Silvia Querini decía “Vivimos en un país donde todavía hay lecturas obligatorias, y, en cambio, no hay Breaking Bad obligatorio, no hay fútbol obligatorio. Cuando consigamos que la lectura no esté atada al deber, sino que esté atada al placer, habremos ganado todos muchísimos puntos.”

Por eso, apelar al sacrificio, para bien o para mal, apelar al deber, no tiene ningún sentido hoy en día y suena anacrónico en oídos benjamines. Cambiar el concepto por esfuerzo, que emana del querer, puede ser un primer paso para que los jóvenes trabajen para conseguir lo que quieren, sin perder nada valioso a cambio, sin perder tiempo por algo que dicen los padres, sino aprovechando el tiempo por algo que quieren ellos.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.