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¿Quieres ser feliz? Vive el presente

escrito el 12 de noviembre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

“Aquí y ahora”,  Aldous Huxley, Isla

Tengo la molesta costumbre de censurar el uso del móvil cuando se está realizando otra actividad. Los reproches suelen ir dirigidos a gente cercana, con la que tengo confianza: estamos viendo una película, deja el móvil; esperamos el autobús, deja el móvil; no hacemos nada en especial, deja el móvil y, claro, regañar por usar el teléfono, además de ser un acto impertinente, se puede volver en tu contra y quedas como un hipócrita: “dices mucho pero tú estás igual”, “bueno, igual no, tengo trabajo, así avanzo, es que tengo que enviar no sé qué urgentemente, blablablá”. Siempre hay una excusa, una justificación que hace imperativo estar pegado a la pantalla del smartphone.

La mayoría de madres y padres se preocupan porque sus hijos dedican demasiado tiempo a chatear, mirar vídeos de Youtube o visitar redes sociales a la vez que hacen los deberes, estudian o, incluso, mientras realizan actividades en familia como comer o estar reunidos en el salón. Esta falta de atención es contraproducente para adquirir y asimilar nuevos conocimientos y relacionarse en familia, pero están reproduciendo comportamientos, hábitos y costumbres extendidas por toda la sociedad y en todos los ámbitos. El teléfono es una prolongación de nuestro cuerpo y en él tenemos acceso libre al contenido que queramos en cualquier momento y a las personas con las que deseemos comunicarnos, pero antes fue el ordenador y antes la televisión y la radio. Recuerdo que después de cenar mi hermano pequeño se iba a su habitación con el Messenger para hablar con sus amigos, rompiendo la tradición de juntarnos por la noche en el salón a ver una película. Me parecía horrible, del mismo modo que a mi abuela le espantaba la veneración a la caja tonta: “en mis tiempos hablábamos y teníamos tertulias de sobremesa durante horas”.

Me refiero a esta adicción porque es la más visible y frecuente, pero nuestra capacidad para hacer múltiples tareas a la vez sin prestar plena atención a ninguna de ellas es un rasgo de nuestra generación y, más aún, de las generaciones venideras. Ha habido intentos de considerar la capacidad de estar en mil sitios a la vez como una evolución positiva y natural del ser humano, pero cada día resulta más evidente que es un hábito pernicioso que empuja a la sociedad hacia un TDAH generalizado.

La falta de atención en una actividad concreta es un mal común y extendido a causa de la inmensa cantidad de estímulos que recibimos y el acceso a un mundo ilimitado de información.

Sin ir más lejos, ayer me vi a mí mismo sentado en el sofá, con una película que seguía de fondo mientras contestaba emails, hablaba con mi mujer sobre los planes del fin de semana, tenía una conversación paralela por whatsapp y jugaba a esquivar los mordiscos de mi gato. Así no hay quién se centre para relajarse. Así no sabes ni lo que haces ni lo que dejas de hacer ni cómo lo haces ni por qué y no vives enteramente para aquello que haces porque haces muchas cosas, demasiadas. Y el tiempo pasa sin que te des cuenta, sin que sea significativo.

Los efectos que a medio plazo puede acarrear el multitasking y el abuso del móvil son conocidos, estudiados y mostrados en películas distópicas (WALL·E), propuestas artísticas y advertencias de psicólogos y sociólogos: deshumanización, falta de concentración, dispersión, impaciencia, ansiedad, dependencia, adicción… Pero entre todos los males posibles, entre todos los agravios, el más peligroso, la consecuencia más nefasta es el no saber vivir el presente.

Estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos en una sola cosa y dedicarnos a ella en cuerpo y alma. Estar aquí y ahora, vivir el presente, una máxima clásica que recuperó el coaching para convertirlo en uno de sus pilares y que también constituye un fundamento del zen: “cuando bailo, bailo; cuando duermo, duermo.”

“La vida es lo que ocurre mientras estás haciendo otros planes, de modo que la filosofía debe guiar tu atención repetidamente de vuelta al lugar adonde pertenece, al ‘aquí’.” (Sarah Bakewell, Una vida con Montaigne).

Prestar atención a la vida para sentirla plenamente, para ser consciente de lo que uno hace y piensa, para eliminar de ruido la mente, es una responsabilidad, un trabajo que merece dedicación, una sana costumbre que merece ser transmitida a los jóvenes.

En un mundo saturado de información, hiperestimulado, en un modelo de vida que requiere atender numerosos frentes, es necesario pararse para aferrar el presente, salir de la vorágine cotidiana y encontrar tiempo de calidad, tiempo en el que fluir. Para ello podemos empezar por dedicar tiempo a pensar, a fijarnos en menudencias, entregarnos a lo que hacemos sin el agobio de saber que debemos hacer más cosas: “describir un objeto que tienes en la mesa, o lo que se ve desde tu ventana, abrir los ojos a lo maravillosas que son las cosas ordinarias. Mirar hacia tu interior es abrir un mundo más fantástico aún.” (Sarah Bakewell, Una vida con Montaigne).

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.