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¿Quieres que tu hijo sea un genio?

escrito el 24 de noviembre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

“Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”
Cita falsamente atribuida a Einstein.

Me he dado cuenta de que últimamente prolifera en nuestra sociedad, necesitada de esperanza, la publicación de libros en los que se exhorta a los padres a convertir en genios a sus hijos, citas de Facebook de pensadores y científicos exclamando que todo el mundo puede ser un genio, maestros proclamando en entrevistas que todos los alumnos son geniales y tienen un talento especial y sólo hay que saber identificarlo, cursos que dicen convertirte en genio en 21 días y muchos padres y madres, demasiados, que buscan locamente qué aptitud sobresale de su hijo para motivarla, acentuarla, incrementarla, porque han leído que así el niño será mejor, más feliz.  Me parece preocupante.

Hace un año, en una entrevista para El Periódico, me preguntaron acerca de esto y mi respuesta fue “¿A quién le importa ser un genio? Eso es sólo vanidad que no lleva a ninguna parte. El verdadero genio es el que aprende a disfrutar de lo que hace y tiene ganas de mejorar. Parece sencillo, pero es lo que adultos y jóvenes intentamos a lo largo de nuestra vida.”, y continúo suscribiéndolo, aún con más énfasis.

¿A cuenta de qué queremos que nuestros hijos sean genios? ¿Qué implica ser un genio? ¿Qué significa ser un genio?

Según la RAE, la acepción que nos interesa describe “genio” como “capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”. La etimología de la palabra remite a ingenio y sugiere creatividad, originalidad, inspiración.

Entendiéndolo así, un genio es alguien cuya producción es asombrosa, innovadora y, para ello, se presupone que tiene unas habilidades prodigiosas, fuera de lo común.

Se considera genio a Einstein por desvelar, teorizar y reformular principios y teorías físicas de gran importancia para el desarrollo de la ciencia, a Dostoievski por una literatura pasmosa, a Mozart por la precocidad de su destreza y por la regeneración de la música, a Kant por ser uno de los pensadores más influyentes de Occidente o Bobby Fisher por ser un niño prodigio del ajedrez. Fuera del arte y de la ciencia, la sociedad considera genios a personas de ámbitos pop, dependiendo  del impacto que causan en nuestra forma de vivir: Steve Jobs es un genio porque inventó, o mejoró, varios artilugios que hoy utilizamos habitualmente,  Amancio Ortega es un genio por vestir a medio mundo, Messi es un genio porque maneja extraordinariamente el balón.

Esta laxitud semántica hace que abunden los genios: The Beatles, Justin Bieber, mi primo que toca la guitarra mejor que Jimmy Hendrix, un amigo que escribe de maravilla, toda la gente del libro Guiness y todos los hijos de mis amigos que saben hacer cosas excepcionales para su edad.

La variedad de significados que recibe este término hace pensar si ser un genio es:

  1. hacer algo grande, reseñable e impactante para la humanidad o para la sociedad;
  2. hacer algo sublime, independientemente de a cuántos llegue o cuántos lo reconozcan;
  3. tener habilidades por encima de lo común. Destacar en algo (mi vecino es un genio, en tres segundos calcula la raíz cuadrada de chorrocientosmil, la divide entre el número pi y adivina cuál es tu signo del zodiaco).

La primera opción implica que para ser un genio, además del talento, lo que importa es el reconocimiento por parte de la sociedad, la huella que se deja en la humanidad (ciencia, cultura, arte…). Desde este punto de vista, es perverso querer que tu hijo sea un genio. Es megalómano y narcisista anhelar que reconozcan su talento, y peligroso transmitir esta voluntad a tus hijos (un ejemplo siniestro son los programas “de talentos” donde se exhiben las cualidades de los chavales con orgullo y falta de pudor).

Ahora bien, si con “todos podemos ser genios” nos referimos a que todos tenemos un don especial, talentos escondidos que debemos descubrir, es cierto que tal vez alguna cosa mejor que otra sabemos hacer, pero puede que no nos interese ahondar en ello, que no sea una habilidad tan portentosa como para considerarse un genio o que, sencillamente no destaquemos por encima de los demás en nada. Y aquí es importante entender que no hace falta ser un genio para ser feliz, para ser bueno en algo o para ser bueno en muchas cosas.  

Tenemos capacidades que sobresalen por encima de las demás, pero es probable que no tengamos un talento especial, entendido este como cualidad que destaque entre las habilidades de las demás personas. Hay gente, la mayoría, cuyas capacidades no resaltan, o cuyas habilidades que despuntan no les interesan o cuyo talento se refiere a menudencias.

Así, que nos bombardeen diciendo que podemos ser genios, que debemos ser genios, sólo causará frustración o egocentrismo, es decir, una voluntad desmesurada para que reconozcan lo buenos que somos o, independientemente de lo que opinen los demás, creernos superiores en algo.

No creo que ninguna de las dos opciones sea sana y edificante.

Es importante perseverar y mejorar en lo que uno hace, es lo que nos hace mover, crecer y aprender. Es importante querer ser un líder, alguien que sepa guiarse a sí mismo. Pero aprender, es decir, mejorar, no debería basarse en la comparación con los demás para justificarse.  Querer ser un genio implica querer destacar, y querer destacar pone el foco en el otro, no en uno mismo. Ser un genio no puede ser un objetivo, sino una consecuencia remota.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.