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¿Qué estudios elegir?

escrito el 10 de marzo de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

De mayor quiero ser futbolista
Cualquier niño de cualquier parte

De mayor quiero ser rico y no trabajar
Demasiados adolescentes

No sé qué quiero
Unos cuantos veinteañeros

Hay dos formas de afrontar el futuro: una, evitar pensar en él y vivir el día a día sin preocuparse por lo que vendrá; la otra, plantearse dónde y cómo se querrá estar en un tiempo determinado. Los que se adscriben a la primera, tarde o temprano acaban cayendo en la segunda, ya que es muy difícil no hacer planes ni proyectar ilusiones o miedos en situaciones hipotéticas de futuro. Como acostumbramos a especular sobre lo que puede suceder, una vez interesados en el futuro existe la opción de verlo como una posibilidad que nos proporcionará un estado de vida mejor o como un problema que tal vez nos lleve a vivir en peores condiciones. La elemental separación entre optimistas y pesimistas, aunque como es evidente, suelen mezclarse ideas de ánimo y desaliento, motivaciones y zozobras y uno no siempre es de un modo u otro.

Algunos afirman taxativamente que es mejor ser pesimista, porque previenes posibles males, te haces fuerte y te preparas ante cualquier golpe venidero. La mejor opción, dicen, es no ser iluso y aguardar lo peor, así evitas disgustos y decepciones, aunque, dicho sea de paso, también evitas ilusionarte y, por lo tanto, asumir retos que estimulen y te hagan crecer. Otros argumentan que esta es la opción de quien está decepcionado con todo y por cobardía necesita esconderse bajo una coraza, para no ser vulnerable y sufrir más de lo que ya ha sufrido. Los optimistas rechazan esta posición porque es lo contrario a la vida, lo opuesto al querer y a la voluntad. Lo necesario para ser feliz no es dejar de soñar y cobijarse en el desengaño, sino anhelar, desear, querer para así moverse y conseguir objetivos que te hagan mejorar.

Alguien, en un intento de conciliar posiciones, dijo eso de “espera lo mejor y prepárate para lo peor”. Es un precepto de difícil aplicación, pues no convencerá al pesimista, que hará del “prepárate para lo peor” su piedra angular, ni persuadirá al optimista que, predispuesto a creer que algo va a ir bien, no encontrará ningún sentido al tener que armarse de defensas para protegerse por si sale mal.

Los padres y educadores suelen preferir que los jóvenes sean optimistas y afronten el futuro con ganas, no con recelo, pues tienen toda la vida por delante para ser quienes decidan ser. Además, el cerebro humano está configurado para esperar que el futuro sea mejor, un mecanismo de supervivencia que nos hace perseverar y sacar fuerzas ante la idea de que lo mejor está por llegar. No obstante, el optimismo puede ser perjudicial al convertirse en una excusa para procrastinar y evitar responsabilidades en el presente.

Los jóvenes tienen que soñar, sí, pero no todos los sueños son convenientes ni ayudan a madurar. Debemos apoyar las ilusiones siempre y cuando sean provechosas, y provechosas no equivale a posibles, viables o racionales. Si un niño quiere ser astronauta ¿por qué no va a poder serlo? ¿Quiere ser desarrollador de videojuegos en Los ángeles? ¿Es muy difícil? Sí, por supuesto, pero esa pasión hará que tal vez lo logre o, si no, utilizando su sueño como motor, reconduzca su motivación y acabe dedicándose a algo similar con lo que se sienta satisfecho. Si cortamos las aspiraciones de los jóvenes por excesivas o imposibles les estaremos diciendo que aquello difícil, aquello que cuesta esfuerzo, mejor dejarlo de lado.

Ahora bien, algunos toman modelos precoces de éxito en los que reflejan sus ambiciones: tener mucho dinero y no trabajar. Ilusiones fantasiosas de riqueza y vagancia. La admiración que despierta el fenómeno de los youtubers, jóvenes que se graban haciendo el ganso, jugando a videojuegos, gastando bromas o hablando de su vida, suben los videos a plataformas de reproducción online y ganan grandes sumas con los ingresos en publicidad, es un ejemplo de la inversión de valores de un sector de la juventud.

La pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” no puede sustituirse por “¿qué quieres tener de mayor?”. Es lícito que cada uno sueñe con llegar a ser cualquier cosa, el problema radica en no querer llegar a ser nada, simplemente querer alcanzar un estado de abundancia material sin trabajo ni responsabilidad.

Esta ilusión optimista que hace que los jóvenes no se preocupen por sus estudios creyendo que encontraran algo que les hará multimillonarios sin necesidad de trabajo ni esfuerzo, debe ser corregida, pues el foco de atención debe situarse en qué hacer, no en qué obtener, siendo el camino a seguir y la actividad rutinaria lo verdaderamente importante.

Es preciso generar confianza en los jóvenes, procurarles una educación que favorezca el que vean el futuro como un lugar lleno de posibilidades, pero también es imprescindible que estas posibilidades no sean fantasías perniciosas que sirvan de excusa para no ocuparse del presente y hacer la táctica del avestruz: esconder la cabeza creyendo que el futuro se arreglará por sí solo.

Un pensamiento recurrente de los jóvenes es el de restar importancia a los estudios porque no son importantes, no son útiles y no servirán para la idea confusa que tienen de lo que harán y con lo que se harán ricos. La mayoría de multimillonarios no eran buenos estudiantes, replican, así que si mi objetivo es ganar mucho y hacer poco, los estudios no van ayudarme a conseguirlo. Una idea naif que desestabiliza y que pone el acento en la superficie.

Para evitar que esta idea cale y se utilice como excusa para eludir responsabilidades, sería conveniente erradicar la idea de que el dinero da la felicidad y de que todo puede comprarse. Es difícil si no se enseña a los jóvenes a disfrutar de placeres alejados del materialismo, si no, siempre verán en el consumo la meta a alcanzar, por lo que cuanto más ingresos, mayor felicidad al poder proporcionar mayor cantidad de placeres. Con esta perspectiva, los estudios serán importantes en la medida en que proporcionen un estatus que permita adquirir los bienes deseados. Como ha caído la idea de que quien está académicamente más formado obtiene mayores beneficios (conocen a primos, amigos de amigos, amigos de sus padres, con muchísima formación y en el paro), ya no ven en los estudios la vía ineludible que les lleve a la riqueza. De este modo, dejan de tener sentido.: “Si yo quiero ganar mucho, estudiar no es necesario para que lo consiga y, además, es un aburrimiento, ¿para qué estudiar?”

Los estudios no son un medio para enriquecerse, son un medio para crecer, ampliar conocimientos, gustos e intereses y así tener más recursos para decidir a qué querrá uno dedicarse, no por el grueso de los emolumentos, sino por la satisfacción del día a día.

Cuando un joven está escogiendo estudios, en demasiadas ocasiones está más atento de factores externos que lo distraen que de lo que realmente desea conseguir: presión social, carreras con más salidas, salidas con mayores sueldos, estudios fáciles que requieren poca dedicación, estudios recomendados por padres, estudios recomendados por amigos, estudios recomendados por profesores, estudios compatibles según un test, estudios que resultan obvios según lo que previamente se ha estudiado… Al final, la información debería considerarse y valorarla en su justa medida según de donde venga, pero uno debería reflexionar con honestidad, proyectar qué le gustaría estar haciendo a medio plazo. No tiene más. Ni salarios, ni salidas, ni trabajos para el futuro ni lo que está bien visto o presuntamente corresponde a la capacidad de cada uno. Que cada uno haga lo que le plazca, eso sí, para hacer lo que uno quiere primero debe conocerse y pensar quien es y quién le gustaría ser.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.