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Procrastinación. Perder tiempo

escrito el 26 de septiembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”: probablemente el refrán más explotado por padres y profesores para advertir a los chavales de que no hagan el haragán y se pongan “manos a la obra”, que ya está bien de no hacer nada y gandulear, con la cantidad de deberes, tareas del hogar, exámenes y recados que tienen pendientes. Podríamos añadir otras sentencias que, sacadas del refranero, de autores famosos, de la sabiduría popular o de alguna obsesión personal, forman el manual de las grandes verdades, inapelables, objetivas, empíricas, ciertas, con la que nos bombardean de pequeños para que aprendamos a hacer lo que más nos conviene: “llévate la chaqueta que si no cogerás frío”, “todas las vitaminas están en el caldo” (o en cualquier otra parte de la comida siempre que coincida con la que no nos gusta), “come rápido que frío no vale nada”, “no importa lo que digan los demás”, “si suspendes no encontrarás trabajo de mayor” (aunque hoy en día no sea muy sensato apelar a los estudios como garantía laboral).

Estas frases hechas, reutilizadas de generación en generación sin apenas alteraciones, constituyen una forma de ver y pensar que a menudo no concuerda con la forma de ver y pensar de quienquiera a quien vayan dirigidos. Son advertencias que dicen más de quien las manifiesta que de quien las recibe. Pero no se trata de abandonar estos lugares comunes carentes de significado; padres, abuelos, hermanos mayores y profesores están en su derecho al proferirlas, de vez en cuando tienen que soltarlas para mantener el patrimonio cultural. Y es natural que los jóvenes que cobran tales reproches se sientan fastidiados. Es un juego de marcar distancias, una forma rápida de decir “eh, soy adulto y sé lo que te conviene. Tú aún no tienes ni idea”. Pero inevitablemente, cada vez con mayor velocidad, se van perdiendo estos juicios tajantes y, con más frecuencia, los formadores tienen que recurrir a explicaciones elaboradas para hacer entender  por qué los jóvenes deben o no deben hacer tal o cual cosa. Y es que parece que el “¿y por qué?” de la infancia se prolonga hasta la adolescencia, o acaso los jóvenes tienen una mayor inquietud intelectual y necesitan explicaciones racionales y bien articuladas para hacer caso a sus mayores. Sea cual sea el motivo, trataré de comentar –breve aunque racionalmente-  por qué el refrán con el que abría el artículo es todavía vigente y no por repetido deja de ser válido.

Existe una palabra de difícil pronunciación muy utilizada en el mundo anglosajón, procrastination, del latín procrastinare, que se ha empezado a utilizar en castellano gracias a la sempiterna admiración por lo que viene de fuera. Procrastinación sustituye a un vocablo más vulgar y rústico como “aplazar”.  En la RAE la definen precisamente como “Aplazar. Diferir” sin esforzarse demasiado en comentar su significado. Hoy en día, en entornos de coaching, psicología y empresa, está de moda. La procrastinación se refiere a este “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” y, ciertamente, tiene más matices que el simple “aplazar”, pues no es sólo el dejar algo para un futuro incierto, sino prorrogar una tarea importante en pro de otras más satisfactorias pero menos urgentes. Es lo que hacemos cuando nos agobiamos con obligaciones y deberes y las desplazamos poniendo excusas para autoconvencernos de que es mejor no hacerlo en el momento: “ya fregaré mañana, ahora estoy cansado”, “prepararé los informes luego, me conviene más relajarme un rato”, “el examen lo tengo en una semana, ya tendré tiempo de estudiar”.

Procrastinar, aplazar tareas importantes para evitar estrés, produce el efecto contrario, esto es, una primera liberación momentánea producida al entretenernos con frivolidades, que posteriormente acarrea sentimiento de culpa al no haber hecho lo que en nuestro fuero interno considerábamos más importante. Consumir el tiempo en actividades innecesarias sabiendo que más adelante no podremos demorarnos lleva a un creciente agobio a medida en que se acerca el ineludible deber. En los estudiantes es muy común que se dé este fenómeno, es lo que popularmente se llama “dejar las cosas para última hora” y se asocia a la irresponsabilidad.

Las nuevas tecnologías y el fácil acceso a un sinnúmero de opciones lúdicas incrementan las posibilidades de procrastinación y la cantidad de excusas. Se deja de estudiar o de hacer los deberes porque se está recibiendo whatsapps del grupo de amigos, porque hay  una partida pendiente del World of Warcraft, porque se acaba de descargar una serie, porque se tiene que comprobar el correo, porque han enviado una solicitud de amistad en Facebook, porque no se ha actualizado Twitter en todo el día, y suenan notificaciones, alarmas, mensajes y el móvil no deja de vibrar aun estando en silencio. Procrastinar ya no implica una acción agresiva, encararte con los padres porque quieres salir de casa para ir a la plaza a jugar a fútbol, fugarte por la tarde y tener un extenso catálogo de excusas para la hora de cenar,  tumbarte en el sofá en una posición desafiante de evidente pasotismo; puedes estar sentado a la mesa, con los apuntes delante y estar en el mundo paralelo que te proporciona el Smartphone. Esta accesibilidad ha potenciado el multitasking, la capacidad de hacer tropecientas cosas a la vez, pero también ha socavado la capacidad de concentración y la presteza en sacarse obligaciones de encima. Cuando tenemos que afrontar un reto difícil, que nos desagrada o implica esfuerzo, se nos presentan mil alternativas para aplazarlo. Y no es patrimonio exclusivo de los jóvenes; ahora mismo, mientras escribo el artículo, estoy contestando emails, recibiendo llamadas, ojeando el diario y, cuando me quedo en blanco, no me quedo mirando las musarañas pensativo, navego por la red en una especie de mantra cibernético buscando inspiración. Ahora tenemos demasiados estímulos, tal vez, pero la única posibilidad es convivir con ellos y dominarlos. Llevamos encima, en nuestro bolsillo, el ocio, la comunicación y, por supuesto, la distracción.

Con todo, la procrastinación no ha nacido con Internet y los nuevos dispositivos móviles. Según algunos pensadores, es un elemento constitutivo del ser humano. El profesor de psicología Dan Ariely, en una entrevista con Eduard Punset, haciendo referencia a la forma de impartir clases en la universidad afirma, no sé hasta qué punto con ansias de provocar, que “restringir la libertad constituye la mejor cura para la desidia”, esto es, que a los estudiantes mejor tratarlos dictatorialmente, pues si se les da flexibilidad aplazan los trabajos académicos hasta último momento y con pésimos resultados. Concluye que un modelo que fije plazos, marque fechas y obligue a actuar, debería extrapolarse a toda la sociedad. En fin, que el ser humano sería más eficiente en un entorno controlado es evidente. Que fuese más creativo, ingenioso, astuto… ya es otro asunto. Y es que Ariely, con estas declaraciones, parece hacer proselitismo de Un mundo felíz de Huxley.

Entonces ¿cómo evitar la actitud tan enraizada de postergar tareas importantes? Podemos convenir que realizamos tareas, actuamos, por ganas u obligación. Cuando hay ganas, no se necesita un estímulo adicional para actuar. Cuando la obligación viene impuesta, actuamos por miedo a las represalias, por miedo a quedar mal, por miedo de hacer algo que nos produzca perjuicios. Aquí, unos tienen más capacidad de sacrificio y se resignan y otros procrastinarán hasta donde pueden o les dejan. Es obvio que un modelo educativo donde los alumnos actúen exclusivamente en función de sus apetencias inmediatas es inviable por cortoplacista y narcisista, pero un modelo donde queden encorsetados y se limiten a seguir instrucciones sólo crea robots sin criterio.

La mirada a futuro es una potente herramienta que poseemos para evitar la procrastinación. La mirada al futuro, pero no con el miedo que produce la incertidumbre del “qué pasará”, sino como lugar en el que depositamos nuestros sueños, referencia que muestra el camino a seguir, nos da el impulso para realizar los pasos convenientes que nos encaucen hacia donde queremos. Los retos y objetivos enseñan el proceso y significan las pequeñas acciones y obligaciones que debemos realizar para llegar a éstos. Si queremos ser músicos y tocar la guitarra como Frank Zappa y es ése nuestro sueño, nos costará menos hacer tediosos ejercicios de escalas e imponernos una disciplina; si queremos ser arquitectos, los ejercicios de matemáticas en bachillerato que nos parecen aburridos los haremos con menos desidia, pues lo veremos como un paso lógico y necesario, condición para la consecución de lo que se ansía. Las obligaciones que nos autoimponemos son tanto más fuertes cuanto más fuerte es el sueño al que aspiramos. Y es así como evitamos la procrastinación.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.