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Los primeros enfados

escrito el 2 de febrero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Retuerce las llaves en un intento poco decidido de que encajen, fuerza con desgana, resopla, las gira hasta notar el movimiento del cerrojo, empuja la puerta abriéndola justo para que quepa su cuerpo, la devuelve a su lugar de un codazo, se desliza dentro. Desfila cabizbajo por el pasillo pasando de largo, cruzando la estancia sin prestar atención a los habitantes de la casa. Se encierra en la habitación.

“¿Qué la pasa a éste?” comenta uno de los seres ignorados mientras mira de reojo su estela con las manos ocupadas preparando la cena. “Se habrá enfadado con los amigos”, responde el otro, con el ceño fruncido mostrando su desacuerdo con su hijo por el modo de entrar en casa.

La hermana pequeña, desconcertada, va en su busca, a explorar los volubles cambios de humor de su hermano. Llama a la puerta. “No entres, déjame en paz”. No le hace caso. “¿Qué te pasa?”, pregunta. “¡Que me dejes!”, y la echa de su habitación de un empujón. La hermana vuelve llorando y los padres resoplan: “¡Bendita adolescencia!”

Y es que en la pubertad se magnifican los enfados. Uno de los motivos es la afirmación del yo, la voluntad de apuntalar la personalidad y el ver como inamovible lo que uno considera correcto. Al crecer se desarrollan las creencias y los prejuicios, y en la adolescencia se asumen como parte esencial de lo que uno es, aquello que lo define. Cuando ese conjunto de creencias se topa con un elemento disruptivo que lo pone en entredicho, se produce el enfado. A esta forma estricta de ver lo que uno es y de considerar lo que es bueno y lo que no, se suma la rigidez de miras y la falta de interés por entender aquello que se salga de las propias convicciones.

La idea de amistad se va alimentando en base a nuestras experiencias e ideas poco justificadas que con el tiempo pulimos. Si el comportamiento de un amigo no responde ante el estándar de amistad que tenemos, nos produce una honda decepción. Así, incluso el hecho de que un colega quede con otros amigos diferentes se ve como una traición, pues dentro de la definición que uno se ha construido de amistad está la lealtad absoluta, la sinceridad incondicional vista como el deber de contar siempre con el otro. Ideas estrictas que se toman al pie de la letra: “María ya no es mi amiga, estuvo unos meses insoportable y no me dijo qué le había pasado. Eso quiere decir que no confía en mí. Las amigas se lo cuentan todo.”

Estos enfados, como los enfados con padres o profesores, se producen por la inmovilidad de los ideales, de las creencias, de unos valores considerados supremos, fijos e inmutables. El enfado se produce cuando dos o más personas interpretan de forma distinta un tema o situación en concreto, lo que lleva a que, si no se entiende el caso como uno considera, o se obra mal por ignorancia o a sabiendas. Si es por desconocimiento se le advierte, si es por discrepancia de opiniones, ha hecho mal y se tienen motivos para enfurruñarse.

La mayoría de enfados no son problemas graves, faltas de respeto o zancadillas puestas a propósito; son malentendidos, es decir, formas diferentes de interpretar la realidad que no hacen por entenderse entre ellas. Por esto, es necesario educar a los jóvenes para que aprendan pronto a empatizar, a relativizar, ponerse en la piel del otro y entender sus puntos de vista.

Proyectamos expectativas en los demás, especulamos sobre cómo actuarán o deberían actuar. Si nuestro punto de vista es inflexible, también lo serán las expectativas hacia los otros, de manera que aumentará la exigencia sobre lo que esperamos de ellos. Y la exigencia no entiende el error, la exigencia es un condicional estricto: si no haces esto así me enfado porque no has cubierto las expectativas que tenía depositadas en ti. A su vez, la cerrazón y falta de tolerancia se debe al exceso de ego. Como he comentado anteriormente, el ego se infla en la adolescencia, se potencia para mostrar al mundo quién es y cómo es, diferenciado de los demás, singular. Pero el empacho de yo acarrea ceguedad, visión unidireccional, confinarse en uno mismo y, por lo tanto, no tener en cuenta las demás posturas y considerar que la propia es mejor que las demás.

Este es el proceder de los enfados: tengo la verdad, exijo, no cumplen con las expectativas que he marcado, me enfado. Para evitar este proceso y, más importante, para crecer y salir de la burbuja construida con etiquetas e ideas pasajeras que se incrustan como absolutas, es necesario aprender a empatizar, aprender a escuchar empáticamente.

Oír es la capacidad biológica que poseemos para percibir sonidos; escuchar, además, implica la interpretación de estos sonidos, es decir, comprender. La comprensión puede  darse en diferentes niveles. Podemos escuchar biológicamente, captar sonidos y entenderlos sin que les demos importancia ni despierten en nosotros la necesidad de interactuar. Por ejemplo, sucede cuando un profesor realiza una explicación que se considera poco atrayente y, pese a escuchar y comprender el lenguaje utilizado (conjunto de sonidos articulados), no  se atiende al discurso ni se comprende la lección. La escucha puede ser activa, cuando lo que escuchamos despierta en nosotros interés, hace que analicemos el mensaje recibido y saquemos nuestras propias conclusiones. Sucede cuando un amigo nos cuenta un problema y nosotros le aconsejamos sobre cómo podría solucionarlo. En la escucha activa el nivel de comprensión se fundamenta en el sistema de creencias y valores personal, mediante el cual ofrecemos nuestro punto de vista.

La escucha empática, en cambio, se da cuando diluimos este sistema de creencias e intentamos ubicarnos en el sistema de quien se comunica con nosotros. Nos ponemos en su piel, abandonamos nuestro ego, entendemos sus creencias y desde ahí comprendemos el mensaje. Cuando explicamos mediante cuentos, metáforas o símbolos infantiles ciertos aspectos delicados de la vida a los niños, estamos siendo empáticos; cuando actuamos, ayudamos y nos comunicamos con el sistema referencial del otro, estamos escuchando empáticamente.

De este modo, sólo enseñando a atender y entender al otro como un igual se puede enseñar a evitar enfados innecesarios y llegar a soluciones positivas. Y para ello, para empatizar, primero se debe enseñar a aceptar, a dejar de dar tanta importancia al yo y a tener en cuenta al otro.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.