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Perder el control

escrito el 6 de mayo de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Pocas cosas nos resultan más aterradoras que perder el control.

Controlar no es sólo dominar algo o a alguien, sino ser dueño de una porción de tiempo y de los factores que en esta intervienen. Convertirse en amo absoluto de un proceso, de los múltiples, millares, infinitos que suceden en el universo, no es cosa baladí. Puede parecer una tarea insignificante, pues en el mundo hay demasiados acontecimientos como para que el hecho de controlar alguno de ellos sea importante, pero controlar es un esfuerzo que nos sitúa en un plano cognoscitivo superior: nos tornamos seres con capacidad de comprender enteramente y tener decisión sobre algo que está pasando, capaces de determinar hacia dónde transcurrirán los hechos.

Perder el control es perder poder, perder la posibilidad de incidir en el futuro, quedarse mudo, no tener voz ni voto.

Al controlar nos anticipamos, sabemos qué pasa y qué ocurrirá. Al controlar entendemos las variables y jugamos con ellas, moldeamos el tiempo y el espacio a nuestro antojo. Podemos hablar con conocimiento de causa, pues somos agentes omnipotentes que contemplan con total claridad desde fuera y deciden cuándo es justo intervenir.

Controlar es una práctica narcisista que calma nuestra ansiedad de sabernos vulnerables. Controlar es creerse un dios.

Perder el control es desconocer, caer a los abismo de la confusión y del miedo. Perder el control es quedar atrapado en la inestabilidad, ser abandonado por el futuro y quedar relegado a un presente incierto.

Pero controlar es someter, constreñirse a unas estructuras de dominio. Y perder el control es liberarse de uno mismo, la única condición para vivir el momento.

Para organizar la vida, es necesario controlar; para disfrutarla, perder el control.

Nietzsche utilizaba los conceptos de apolíneo y dionisíaco para referirse a una dualidad armónica mediante la que articularse la vida. Una dialéctica que puede referirse a lo racional e impulsivo, ético-estético o, para el caso que nos concierne, una dialéctica articulada en torno al control.

Controlar es dominar, dominar es entender, entender es saber qué hacemos, quiénes somos y dónde nos encontramos. Es necesario controlar para construir, para plantear proyectos, conocer el medio en el que nos movemos, conocernos a nosotros mismos, prever, proyectar ilusiones y esperanzas, aguardar, prepararse, anticiparse, trabajar por y para una idea, pero, del mismo modo, es necesario ceder y no intentar apresarlo todo en un afán incontenible de control.

Ni podemos ni debemos controlarlo todo, pues esta necesidad se convierte en obsesión y perdemos de vista la referencia. Nos extraviamos en la falsa seguridad que nos proporciona el escudriñar milimétricamente todas la variables, atar todos los cabos, repasar hasta el mínimo detalle.

Una de las normas no escritas de la educación y del management, es decir, de la dirección de personas, es la importancia de delegar, de ceder  y confiar en la capacidad de los demás, dado que es la única manera de avanzar y permitir que los demás progresen. Del mismo modo, un viajero curtido, comentará que cualquier buen viaje que se precie debe tener una alta dosis de improvisación, y cualquier entrenador de fútbol, por muy escrupuloso y maniático que sea, reconocerá que los partidos se resuelven en la mayoría de ocasiones por detalles incontrolables y que ahí reside la gracia del deporte.

El control ayuda a predecir, pero aniquila la sorpresa y, sin ésta, no aflora la ilusión, el interés, la voluntad.

Podemos y debemos controlar, prestar atención a los detalles y estar al tanto de las diferentes posibilidades, ayudar a que sean reflexivos y examinen con dedicación, aprendan a averiguar y tomar la delantera. También debemos dejar el control, saber que no es dramático el desconocimiento.

El aprendizaje se produce en esta tensión: el afán de dominar, de entender, nos lleva a la necesidad de conocimiento y de aprendizaje para así poder controlar mejor (entender y tener mayor incidencia). Pero sólo podemos aprender si nos sabemos vulnerables e ignorantes, estamos dispuestos a equivocarnos y, para ello, estamos preparados para dejar de controlar.

Pocas cosas nos aterran más que perder el control: la oscuridad, un nuevo instituto, un nuevo trabajo, un nuevo país en el que vivir, una entrevista, una primera cita, la práctica de cualquier actividad de la que no somos expertos, la opinión de los demás… experiencias que parten del desconocimiento, vivencias que no podemos controlar, que llevan implícita la posibilidad del error, de fallar, quedar mal, no ser suficientemente bueno o no saber qué hacer. Pero sólo desde este espacio experimentamos e integramos nuevos saberes.

Al aprender salimos de la zona de confort, del lugar que controlamos y entendemos, para llegar a una zona inhóspita donde está permitida la equivocación.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.