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Pensar en los demás

escrito el 14 de enero de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Durante unos años de la adolescencia (afortunadamente, no demasiados) pensar en los demás me resultó asfixiante. Me importaban demasiado. Me importaban cuando me dolía el estómago al exponer un trabajo en clase, me importaban cuando tenía que justificar mis gustos musicales ante la incomprensión del público, me importaban al ponerme rojo cuando me ponía en evidencia en grupo, me importaban si tenía novia o la dejaba de tener, me importaban si sacaba buenas notas o no tan buenas, me importaban si hacía algo o no lo hacía, me importaban al ser vulnerable. Pensaba demasiado en los demás.

La solución era evidente: dejarlos a un lado e ir a mi aire, así eliminaría la inquietud, al no rendir cuentas, al no tener jueces. Recluirse en una burbuja, construir un entorno amigable y controlado donde los factores de riesgo se minimizan, erigir una fortaleza inexpugnable, alzar un muro que impida ver qué sucede dentro; crear un lugar sin opiniones, juicios de valor, comentarios, chismorreos, aprobaciones y reprobaciones; un lugar en el que nadie estorbe y se pueda hacer lo que a uno le venga en gana sin miedo al fracaso, al qué dirán; esconderse.

La vía individualista, que a menudo se confunde con ser independiente, es el camino fácil y rápido para evitar quebraderos de cabeza. Tu forma de vivir se desplaza a un plano en el que los demás no intervienen y, por lo tanto, no es necesario encajar  ni lidiar con las diversas, amenazantes, contradictorias y exigentes  formas de vivir del resto de humanos. Es el primer impulso de los tímidos y ansiosos, dejarse arrastrar por un silogismo que, sin embargo, es erróneo:

Pensar en los demás me agobia
Estar agobiado me hace infeliz
No quiero ser infeliz
No pensaré en los demás

Pero la primera premisa es errónea: pensar en los demás no agobia, agobia pensar demasiado en uno mismo y en la imagen que se quiere proyectar al exterior.

Por supuesto, los demás constituyen un marco de referencia, el lugar en el que se despliega nuestra actividad. Ellos observan lo que hacemos, reciben las consecuencias de nuestras acciones, dan el visto bueno, dicho sea de paso, con mucha más benevolencia que con la que a menudo presuponemos. Pero cuando nuestro estado de ánimo depende con frecuencia de que alguien nos dé una palmada en el hombro y nos diga que lo hacemos bien, a este conjunto abstracto de seres vivos que llamamos los demás, los otros, la sociedad o la comunidad, le damos un poder sobredimensionado, le ofrecemos el control de nuestra vida y pasamos a ser esclavos de su opinión. Y lo somos no porque ellos lo hayan decidido, sino porque nosotros hemos cedido tal poder.

Es diferente pensar en los demás que preocuparse por lo que piensen ellos de ti.

Cuando hablas en público, se constriñe el estómago, te sudan las manos, se seca la boca y te tiembla la voz, no estás pensando en los demás, estás pensando demasiado en ti mismo: en si lo harás bien, en si se aburrirán, si se entenderá lo que quieres expresar, si se darán cuenta de que estás nervioso, si se notará que te has ruborizado, si se reirán porque pareces un pelele, si creerán que no eres bueno, si creerán que no debes estar allí, que no vales, que no sirves, si confirmaran tus temores, si aprobarán las opiniones negativas que tienes sobre ti mismo.

Visto así, vivido así, los demás son el espejo en el que contemplas tus miedos, no una oportunidad. Sobre los demás proyectas los recelos que tienes sobre ti mismo y tú, aunque de forma negativa, eres el centro de atención. No piensas demasiado en los demás, piensas en ti mismo.

Por el contrario, cuando piensas en los demás estás comprometido con ellos, son ellos el centro de atención, no tú. Si hablas en público y piensas en los demás, estarás comprometido con aquello que vas a transmitir, te olvidarás de ti mismo y te concentrarás en el mensaje a expresar, crearás complicidad con la audiencia  y se establecerá un nexo comunicativo óptimo. Después, a unos les gustará  más o menos, tú sacarás las conclusiones pertinentes y a seguir adelante.

La vergüenza, como la vanidad, dos caras de la misma moneda, se alimentan de la opinión ajena y construyen la opinión personal en base a la interpretación subjetiva que uno hace de opiniones fragmentadas que de él hacen los demás. La opinión pública debe atenderse en su justa medida, pues nos ofrece información exterior sobre temas personales determinados, puntos de vista diferentes que nos pueden hacer reflexionar, pero en ningún caso es determinante ni sienta cátedra.

Preocuparse por el qué dirán es preocuparse por aquello de lo que no estás seguro. Pensar en los demás es otra cosa, es empatizar con ellos, entenderlos y dejar el yo de lado.

La ansiedad que provoca el ser dependiente de la opinión ajena no se cura evitando la opinión ajena, sino aceptándose, tomándose la vida con sentido del humor, pensando más en los otros y no tanto en uno mismo.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.