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¿Pensar demasiado?

escrito el 25 de mayo de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Como animales pensantes y conscientes, hemos utilizado nuestro rasgo distintivo de especie para dominar el mundo y adaptarlo a nuestra voluntad. La razón es lo que nos da especificidad como seres humanos y, creemos, nos distingue del resto de seres vivos. Es por ello que, al margen de las religiones, el pensar se ha visto a lo largo de la historia como ámbito mediante el cual llegar a cotas más altas de existencia, ya sea en la filosofía, en la psicología o en la ciencia. Además, gracias a la producción del pensamiento en forma de inventos y descubrimientos, tenemos la creencia de que avanzamos como especie (gracias a nuestra inteligencia estamos a punto de llegar a Marte, y suponemos que algo bueno deberá ser para la especie humana).

En el budismo, por el contrario, se llega al nirvana con la meditación, dejando la mente en blanco, vaciándose de pensamiento. En otras religiones, como el cristianismo, se ha criticado el exceso de raciocinio y se ha visto la reflexión como vanidad del hombre frente a la fe. Con todo, y especialmente desde la modernidad, pensar es el camino del progreso y de la realización personal.

Trabajo como coach incentivando la reflexión de mis alumnos y coachees, he estudiado la carrera de filosofía y he dedicado gran parte de mi tiempo a pensar y dar vueltas a asuntos de diversa índole. El pensamiento, el conocimiento, sus límites y su capacidad transformadora tienen un peso importante en mi vida. Sin embargo, considero que a veces pensamos demasiado, o mejor dicho, nos encallamos en un tema concreto y lo abordamos compulsivamente sin que ello nos lleve a ningún lugar.

Utilizar nuestras cavilaciones para ahondar en los problemas es imperioso para encontrar soluciones, pero a menudo utilizamos nuestra capacidad intelectiva para crear preocupaciones que nos mantengan ocupados, generando un conflicto circular que se retroalimenta. En ocasiones dependemos tanto de la reflexión que somos incapaces de abandonarla pese a que ello implique caer en la redundancia, convirtiéndonos en indecisos y obsesivos.

Hace pocos días tuve una sesión con un alumno que bordeaba la mayoría de edad. Estaba preocupado porque se sentía vacío. Paradójicamente, había solucionado todos los problemas que le había generado el curso, había puesto en orden sus temas personales, había logrado, con mucho trabajo y esfuerzo, crear un día a día satisfactorio y productivo. Pero se sentía vacío. Llevaba tiempo con preocupaciones y temas a resolver, llevaba un año pensando, reflexionando, buscando soluciones, fallando y acertando, yendo adelante y atrás, sopesando pros y contras, pensando si habría tomado la decisión correcta o se habría equivocado, lamentándose y alegrándose… el proceso lógico que vivimos cuando resolvemos conflictos y debemos tomar decisiones difíciles.

Una vez desenredada la madeja, una vez logrado el orden y la tranquilidad, cuando uno se da cuenta que ha tomado las medidas correctas y se siente libre, liviano, en el buen camino, también puede sentirse vacío. Vacío de preocupaciones, vacío de la intensidad y la exigencia que provoca el tener que estar dándole vueltas a algo en busca de una solución.

El hecho de que la reflexión nos lleve al progreso, y que generalmente reflexionemos cuando tenemos problemas, hace que seamos dependientes de las preocupaciones (temas pendientes que consideramos complicados de resolver), porque así nos sentimos útiles. Cuando éstas desaparecen, tenemos la sensación de que nos falta algo, nos sentimos huecos. El cerebro, acostumbrado a pedalear, necesita una nueva dosis de ejercicio, necesita enfrentarse a estados peliagudos. Nos gusta recrearnos. Nos sentimos inteligentes, nos sentimos útiles, sentimos que estamos haciendo lo correcto para ser mejores y evolucionar.

Tan profundo es este sentimiento, en la mayoría de casos inconsciente, que hace que existan muchas personas a las que les da miedo solucionar sus problemas porque implicaría la necesidad de buscar algo nuevo sobre lo que pensar. Así pues, muchos de ellos, sin saber hacia dónde enfocar su pensamiento, buscan nuevas preocupaciones en las que emponzoñarse, de ahí que la solución a las preocupaciones sea en demasiadas ocasiones buscar nuevas preocupaciones que sustituyan a las anteriores. Adictos al drama.

Para evitar la dependencia a las preocupaciones, para evitar el pensamiento obsesivo y recurrente, es esencial tener inquietudes intelectuales a las que destinar la actividad reflexiva.

Nuestra mente sirve para mucho más que para solucionar problemas. Además, dedicar tiempo excesivo a solucionar problemas y tratar preocupaciones, no siempre implica una mejora, pues muchos de estos problemas y preocupaciones los generamos nosotros mismos.

Se piensa demasiado cuando nos enrocamos y nos quedamos quietos dando círculos alrededor. Pensar no debe ser una excusa, pensar debe servir para ir más allá, para crecer, para aprender, para arriesgarse, para probar, para abrirnos al mundo. Nunca se piensa demasiado si el pensamiento está bien dirigido.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.