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Pedir o no pedir ayuda

escrito el 21 de octubre de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Mi padre, que es una persona capaz, hace unos años quiso digitalizar toda la música que había adquirido desde su juventud y pasarla a un Ipod con tropecientos gigas de capacidad. Hoy no tiene mucho sentido, las bibliotecas están en la nube y no es necesario almacenar datos en un dispositivo concreto, pero hasta no hace mucho, tener tu música descargada en mp3 era lo más moderno, rápido y eficaz. Mi padre, que es un tío brillante e inteligente, hace unos años me llamaba cada día para que le explicase cómo pasar los discos a su IPod, cómo sincronizar el ITunes y demás procesos engorrosos por los que te hace pasar Apple.

Cada noche se repetía la misma conversación: hola, qué tal el día. Muy bien, y tú. También. Y mamá. También muy bien. Qué has hecho. Pues por aquí y por allá. Ajá. Y tú. He hecho tal y cual. Muy bien. Cuándo nos vemos. Cuando vengáis a Barcelona. Podéis bajar el fin de semana al pueblo. Intento el domingo. Vosotros venís a comer entre semana. Te aviso si vamos. Bien. Oye, cómo se hacía eso de las canciones. Ejem… Tengo que pasar un par de discos. Ya te lo he explicado unas cuantas veces. Cómo se hace. Lo has hecho varias veces, seguro que te acuerdas. Va, que estoy mayor. No tengas morro. Cómo se hacía. Si te lo vuelvo a explicar nunca aprenderás y me llamarás cada noche. Venga, que soy tu padre. Vale, va.

Pedir ayuda es necesario, esencial para lograr nuestros objetivos, para que las obligaciones sean más llevaderas, para ganar tiempo y para aprender algo que no dominamos. La ayuda es básica en la compleja estructura social y, aunque ésta cada vez más se sustituye por el servicio pagado, no deja de mostrar la dependencia que tenemos los unos con los otros y la necesidad de ser ayudados.

Muchos dirán que un médico no ayuda, ya que cobra por el servicio prestado, del mismo modo que un gimnasio, una compañía de muebles, la panadería de la esquina, un coach, un psicólogo, un taxista o cualquiera que preste un servicio remunerado. En ocasiones, cuando la acción es directa y cercana, sí convenimos en aceptar que un profesional nos ayuda: “el masajista me ayudó a que no me doliera la espalda”; en cambio, difícilmente oiremos que “el supermercado me  ayudó a conseguir alimentos y no morirme de hambre”.

Consideramos que la ayuda debe ser desinteresada, tal y como indica su definición:

“Acción que una persona hace de manera desinteresada para otra por aliviarle el trabajo, para que consiga un determinado fin, para paliar o evitar una situación de aprieto o riesgo que le pueda afectar, etc.”

Algunas personas no creen en el desinterés, pues aventuran a sentenciar que “nada sale gratis”, es decir, que tarde o temprano deberán devolver el favor. Sentirse en deuda supone una losa a evitar, una obligación a futuro, un vínculo  entre ayudante y ayudado que exigirá una compensación. Este punto de vista provoca que quienes lo sostienen eviten los favores y se cuiden mucho de pedir auxilio.

Otros no desean recibir ni pedir ayuda porque desean mantener su autosuficiencia. Que alguien les eche una mano resulta un ataque a su orgullo, ya que entienden que tal acto pone en entredicho sus capacidades.

Otros tantos aceptan gustosamente la ayuda al considerarla una forma cívica de convivencia y una herramienta útil para lograr objetivos y estrechar lazos.

Algunos, incluso, abusan de ella y son dependientes en extremo.

La interpretación que realicemos sobre el hecho de recibir ayuda marca la forma en la que aceptaremos o solicitaremos ésta.  Esta interpretación deriva de la concepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás: si dudamos de los otros y consideramos sus actos interesados, egoístas y mezquinos, difícilmente aceptaremos lo que nos puedan aportar generosamente y sólo confiaremos en las transacciones donde hay un intercambio de bienes; si estamos pagados de nosotros mismos y creemos que la entereza de una persona se mide por su autosuficiencia e independencia, evitaremos que nos ayuden para no sucumbir en la debilidad; si consideramos que los demás están para servirnos, forzaremos que actúen en nuestro favor sin dar nada a cambio; si nos entendemos como seres vulnerables que viven en comunidad, si tenemos la humildad necesaria para entender que “no sabemos nada”, si creemos que el ser humano puede actuar con generosidad y nobleza, si pensamos que las relaciones desinteresadas (por afecto, moral o civismo)pueden darse, veremos la ayuda como una necesidad para conseguir nuestras metas.

Nuestra supervivencia se ha basado en la colaboración, pues por mucho que queramos y nos empeñemos, no somos autosuficientes y dependemos de los demás. La colaboración se ha erigido en base al interés mutuo (alineación de objetivos, intercambio de bienes y favores) y a la ayuda (por afecto o moral).

Cuando la colaboración es una transacción de intereses puede camuflarse la vulnerabilidad de los individuos, ya que cada parte contribuye, se proporciona un servicio a cambio de otro, se ofrece una posibilidad, de modo que el ego puede respirar tranquilo al sentirse útil y creer que la balanza que mide el dar y recibir está en equilibrio.

En cambio, el mecanismo de la ayuda se basa en la unilateralidad: una parte recibe y la otra concede, por lo que resulta más evidente tomar consciencia de la vulnerabilidad en este proceso que en una acción cooperativa.

Ahora bien, ser conscientes de nuestra vulnerabilidad no implica exagerarla ni utilizarla como coacción para conseguir de los demás aquello que a nosotros nos da pereza. Ser vulnerables no es excusa para ser haraganes, sino más bien, un catalizador para querer mejorar. Del mismo modo que el “sólo sé que no sé nada” socrático no es un subterfugio para la ignorancia, sino un motivo para aprender, ser consciente de nuestra interdependencia  implica respeto por uno mismo y el otro.

Pedir ayuda agiliza la consecución de un fin y el aprendizaje del cómo lograr este fin. No obstante, cuando se delega la responsabilidad en los demás, cuando no se tiene la paciencia, confianza y seguridad suficiente como para intentarlo primero uno mismo, cuando al mínimo obstáculo se exige que otros lo solucionen, la ayuda se convierte en una escapatoria rápida para evitar enfrentarse a complicaciones. En estos casos, no hay aprendizaje y la vulnerabilidad se convierte en debilidad.

A muchos alumnos les cuesta pedir ayuda en clase a sus profesores, en casa a sus padres o a sus amigos para entender mejor las asignaturas estudiadas, del mismo modo que a muchos les cuesta pedir ayuda en el trabajo cuando desconocen determinados procesos. Por el contrario, otros muchos alumnos y adultos se cobijan en los demás para que les resuelvan sus problemas. El esfuerzo previo es indispensable para poder entender y mejorar aquello para lo que, tal vez, necesitemos ayuda. No desistir a la primera, pensar, buscar y experimentar nuevas formas para conseguir un objetivo, es un proceso que desarrolla tus habilidades y aumenta tu seguridad. En este camino puede que necesitemos ayuda, pero debemos requerirla para darnos impulso, no como una escapatoria.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.