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¿Para qué enseñamos?

escrito el 3 de noviembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

Prometeo sacrificó un buey y lo dividió en dos mitades para que fuesen repartidas entre dioses y hombres: la primera constaba de carne y vísceras escondidas en el vientre de la res; la otra, era un amasijo de huesos cubiertos de grasa. Zeus, sin saberlo, encandilado por el aspecto apetecible con que Prometeo había preparado la segunda mitad, escogió la parte cubierta de grasa. “El padre de los dioses y hombres”, ofendido por la burla, castigó a la humanidad sin su bien más preciado y les privó del fuego. En un arrebato de filantropía, Prometeo ascendió el monte Olimpo, se escabulló hasta el carro de Helios y robó el fuego prendido en una cañaheja para que los hombres pudieran calentarse. Ante este nuevo agravio, Zeus urdió un plan que acabaría con Pandora abriendo el ánfora que contenía todas las desgracias de la humanidad (dolor, pesadumbre, plagas, sufrimiento) y con Prometeo padeciendo el picoteo eterno de un águila.

Aunque truculento y de difícil digestión para la sociedad actual, demasiado instalada en los relatos insustanciales y almibarados (véanse las estanterías de autoayuda de cualquier librería), el mito de Prometeo encierra en sus símbolos y metáforas una profunda interpretación del desarrollo y el progreso del ser humano; un relato sobre el porqué de los males que hemos sufrido a consecuencia de nuestra voluntad de dominar la técnica y hacernos amos del mundo. El hombre, despojado biológicamente de recursos que le permitan sobrevivir (sin garras para cazar, pelambre para sobrellevar el invierno, potentes extremidades para escapar velozmente de los depredadores…), ha utilizado su ingenio para apoderarse del medio y alzarse como la especie dominadora. La contrapartida al raciocinio, a ser conscientes e inteligentes y hacer de la naturaleza nuestra sirvienta, ha sido, según este mito griego narrado por Esquilo, el dolor, un dolor que hoy identificaríamos con la ansiedad, la depresión, la pobreza, las guerras y demás injusticias que atiborran nuestro mundo. Somos seres racionales capaces de dominar y a cambio recibimos las consecuencias negativas de nuestros actos.

Pero este artículo no trata sobre Prometeo, la mitología griega o los pesares que ha acarreado el progreso tecnológico. Este artículo trata sobre la capacidad de explicar, transmitir valores, contar hechos, comunicar conocimientos, mediante relatos capaces de potenciar el entendimiento. Es evidente que si un profesor expone en clase el mito de Prometeo a estudiantes de ESO, éstos no entenderán a qué se refiere y se quedarán con el culebrón clásico representado, porque las imágenes corresponden a otra época y suenan extravagantes. Pero, en este caso, lo interesante de los mitos radica en comprobar cómo,  desde hace miles de años, la transmisión del conocimiento se ha realizado utilizando símbolos con los que la humanidad conecta, hecho que nos muestra la necesidad de la educación de crear  mitos modernos que despierten interés en quienes han de recibir el conocimiento.

De pequeños lo hacemos y nos lo hacen: el origen del mundo, qué pasa después de la muerte, cómo se conciben los niños, el incesante “por qué, por qué, por qué”… inventamos historias y se las inventan para nosotros para poder asimilar la realidad (con resultados dispares, como el desatino de la cigüeña). Cuando llegamos a cierta edad, que acostumbra a rondar los 8 años, los mitos desaparecen y esto se hace así, esto es tal o esto es cual, y los planes educativos parecen escoger a propósito la forma más fría y desapasionada de comunicar conocimientos. Resultado: los chavales se aburren en clase, estudian porque es una obligación, no se interesan por los saberes que se enseñan en la escuela y la cantinela de siempre. Y eso no quiere decir que sean apáticos, desmotivados e inconscientes, porque después sí muestran pasión e interés por “sus cosas”, hecho que nos indica que no se está canalizando bien su energía, su inquietud natural.

Que a un alumno no le interese la literatura indica que algo anda mal: o se está explicando desastrosamente, o nos hemos quedado atrás explicando conceptos de una forma completamente anacrónica, o las nuevas generaciones han perdido todo gusto estético, algo que dudo. En la educación hay un desfase generacional que no es de 20 años, sino de miles de años, o peor, pues me aventuro a creer que en la academia de Platón se transmitían los conocimientos (se enseñaba) con métodos más modernos y efectivos que los de ahora; entonces aprendían a interpretar, reflexionar por sí mismos, crear, ser autónomos,  motivados con la idea de participar como ciudadanos en la vida pública.  Hoy aún se premia a quien se aprende de memoria un temario, como si estuviésemos en la época de los bardos y no existiesen libros impresos y debiésemos retenerlo todo en nuestra cabezota, único medio de almacenamiento, como si fuésemos discos duros que al llegar al examen debe descargar la información sin  necesidad de haberla procesado, digerido, entendido. También nos encontramos con alternativas educativas de buena fe y cándida inocencia que acentúan, más si cabe, el desdén de los alumnos ante todo lo que se explique en un aula: en clase se recita a Quevedo en clave hiphopera para intentar captar la atención, creando una situación más absurda y el estupor de la audiencia, que en vez de acercarse, se alejan al percibir el engaño, la trampa torpemente preparada; se utilizan tablets y programas informáticos para hacer exactamente los mismos ejercicios que sobre papel pero dándoles un aspecto más moderno y cool y, puestos a opinar, creo que es más probable que un joven se aficione a los dramas de Sófocles después de haber visto Los Soprano que después de asistir a una función del Rey Lear donde los actores aparezcan patinando con skates, exhibiendo coloridos tatuajes oldschool y barbas de hípster. Es decir, conectar con ellos no quiere decir imitarlos, reproducir su mundo, si no hacer que los conocimientos transmitidos cobren sentido dentro de éste.

Nos quejamos y decimos que los jóvenes de esta época son muy complicaditos porque el mundo avanza muy rápido. ¡Y vaya si avanza rápido! desde la Revolución Industrial, como dice Sir Ken Robinson, estamos en las mismas, algo de margen ya hemos tenido, unos 300 años, nada más. Por suerte, hay alternativas interesantes como la implantación de talleres de robótica en muchos institutos, pero no mucho más, especialmente quedan abandonadas las humanidades, que cuentan con menos recursos y pompa para hacerse interesantes.

Y toda esta perorata viene para reivindicar algo que ya he repetido en otros artículos y que hasta el Homo Rudolfensis presuponía: para explicar algo y que el otro lo entienda, más vale captar su atención. Más vale empatizar con él, saber a dónde va y, ahí, ya lo tienes ganado (para muestra, un botón: anuncio habla con fútbol).

Una solución o, al menos, un ejercicio sano de reflexión para establecer unas bases, sería reflexionar sobre los paraqués de la educación. ¿Para qué enseñamos?:

  • ¿Queremos que los jóvenes estudien para formar una sociedad libre donde los ciudadanos sean independientes y participen de la vida pública? Si es así, la educación actual falla.
  • ¿Queremos que los jóvenes estudien para que tengan un futuro laboral y puedan ganarse la vida? Si es así, el modelo actual también falla. Sólo hace falta preguntar a la mayoría de treintañeros si lo que han aprendido a lo largo de su educación les ha servido en el trabajo. Además, es un argumento peligroso y es al que se aferran la mayoría de alumnos que desdeñan ciertas asignaturas: “¿Para qué voy a estudiar biología, si quiero ser bróker?”
  • ¿Queremos que los jóvenes estudien para ser más felices? Este modelo educativo genera más infelicidad que felicidad.

Al final parece que sólo queramos adiestrarlos para que adquieran habilidades específicas con las que poder mantener el fuego que robó Prometeo, habilidades que les permitan desempeñar funciones acotadas dentro de un gran engranaje. Ya no hace falta tener interés por el mundo, ya no hace falta tener inquietud, simplemente cumplir una función específica dentro de un marco global. Y es lógico y comprensible despojar a la educación de elementos humanistas y utópicos propios de la Revolución Francesa (conocimiento para ser libres), pero debemos preguntarnos si es efectivo educar por educar, arrojar conocimientos y tonto el último, incluso si lo único que queremos es formar buenos profesionales que se dediquen a lo suyo y basta, a mirar a otro lado.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.