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Relato: Orden

escrito el 1 de febrero de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Desde arriba todo parecía ordenado. Los campos se distinguían en colores separados nítidamente los unos de los otros. Las líneas que marcaban la división entre los cultivos semejaban fronteras inexpugnables alojando a cada lado territorios enemigos. Era como si se hubiesen cosido presurosamente diferentes pedazos de mundo para enmoquetar aquel rincón del norte. Ni un color se adentraba en el otro ni estaba salpicado de otros colores. El verde tibio del lúpulo maduro, el amarillo oxidado del cereal, el café rojizo del girasol capuchino, manchas definidas que estampaban su tonalidad en el paisaje, encajándose las unas con las otras como si fuesen piezas distintas de un mismo artefacto. Los pastos del ganado daban paso a una arboleda de hayas y robles que resaltaba como papel arrugado. Las líneas pardas que dibujaban los senderos quebraban los colores que conducían a las colinas del fondo, dentelleando el cielo invariablemente azul, salpicado de nubes compactas. Las ovejas balaban en la lejanía acotadas en su pedazo de terreno cercado. El sonido del viento, el piar de los jilgueros, el olor de hierba húmeda, sensaciones aisladas que formaban un todo harmonioso. El hijo canturreaba para sus adentros intentando disimular para que su padre no se percatase de su entusiasmo. No recordaba cuándo había sido la última vez que se lo había llevado de excursión. Paseaba a su lado como si fuese su amigo, como si fuese un compañero de clase, y lo veía alto como un gigante, meneando el bigote negro y denso que ocultaba siempre la sonrisa.

-Dime qué ves, hijo.

– Campos.

-¿Y qué tienen los campos?

-Lúpulo.

-Y qué más.

-Trigo y también girasoles y soja y…

-¿Entonces qué ves?

-Campos de cultivo y el robledal que tiene el arroyo y el camino al pueblo.

-¿Alcanzas a ver el arroyo?

-No.

-Entonces dime qué ves.

-El campo de lúpulo, el de cereales, los girasoles, el camino al pueblo y el sendero que se topa con la carretera.

El hijo levantó la cabeza y esperó la aprobación de su padre. El sol, aunque ligeramente tapado por nubes desperdigadas, picaba perpendicularmente a sus pies y tuvo que taparse la vista con la palma de la mano, como hacían los marineros cuando divisaban tierra firme.

-¿No ves nada más?

-No sé… ¡las ovejas! Los pastos… no sé…

-¿Y dónde estás ahora?

-Estoy en… estoy… bueno… estoy en… ¡En una colina! Las colinas de enfrente.

-¿Y qué corona las colinas?

-La nieve

-No inventes cosas, en verano no hay nieve.

-Lo siento.

El viento movía a ráfagas el vello del antebrazo del padre, que se había arremangado la camisa y llevaba la levita sujeta al cinto. Sólo lo había visto de esa guisa cuando se mosqueaba con sus trabajadores y decidía darles una lección de cómo se debían hacer las cosas, entonces se descamisaba y dejaba de lado el donaire de señor de salón, se enfangaba hasta las rodillas y araba desgreñado hasta que le caían regueros de sudor por la espalda. Luego se abrochaba la camisa, se sacudía el polvo, se atusaba el bigote y los dejaba con la palabra en la boca.

-¿Qué hay encima de las colinas?

-Pues… ¡El cielo! Y las nubes y el sol.

Se fijó en los brazos de su padre. Parecían dos barras de acero surcadas por numerosas venas rezumantes de fuerza y vigor. El hijo pensó que con esos brazos su padre podría mover las colinas y ponerlas a su antojo donde quisiera. Lo veía ahí arriba y parecía un demiurgo que hiciese y deshiciese a su antojo. Se sintió contradictoriamente seguro y amenazado.

-¿Entonces qué ves desde aquí?

-Los campos, el bosque, caminos, colinas, el cielo, las nubes, las ovejas…

-¿Y te gusta el paisaje?

-¡Sí, claro, es precioso!

-¿Por qué es precioso?

-Es precioso porque… porque se ve todo muy bien.

El hijo dudó de haber respondido bien y notó que se le contraía el estómago. Su padre lo miró de reojo sin desviar la cabeza del frente.

-¿Y cómo puedes ver bien todo esto?

-Lo siento padre, no le entiendo.

-¿A qué es debido que puedas distinguir todas las partes de lo que ves?

-Están ahí y se ven y están abajo y yo arriba…

-¿Y si se mezclasen, de manera que el lúpulo estuviese con el cereal y el verde se confundiese con el amarillo y las ovejas cruzasen el camino y se ocultasen en el bosque y el bosque estuviese deshecho, desperdigados los árboles por aquí y por allá, sabrías qué hay?

-Me tendría que fijar más.

-¿Y qué verías, un campo de girasoles o una mancha incolora chapoteada de diferentes elementos? ¿Sabrías que hay un campo de lúpulo si no tiene el color de los campos de lúpulo y está mezclado con otros campos?

-No, creo que no sabría distinguir.

-No sabrías porque no se podría distinguir, porque ya no sería un campo de lúpulo. ¿Te gustaría una vista así, en la que no pudieras saber qué es lo que estás viendo?

-Sería horrible –exageró el hijo sin saber muy bien a dónde le llevaba la conversación-. Me gusta ver los campos y sus colores y las colinas y sus formas.

-Si no sabes lo que ves no ves nada.

El hijo se lo quedó mirando creyendo que le iba a abroncar por algo. Intuía que el motivo del paseo era otro que el hecho de pasar juntos un rato al aire libre y estrechar lazos. No había sacado buenas notas en los últimos exámenes y lo había ocultado a sus padres. A lo mejor alguien se lo habría chivado al padre.

-El orden es lo que dota de harmonía, verdad y belleza. El orden es lo que distingue y pone las cosas en su sitio. ¿Estás de acuerdo hijo?

– Supongo, pero hay cosas que no distingo y me gusta intentar descubrirlas.

– No te puede gustar lo que desconoces y para conocer tienes que entender y para entender debes distinguir y para distinguir tu mente debe ver las cosas claras y distintas, como decía Descartes, debes percibir el orden.

– Pero me gusta desconocer y verlo todo emborronado, es misterioso. Como cuando la tormenta me alcanza en el bosque y las ráfagas de aire confunden los sonidos y la cortina de agua difumina los árboles; me gusta el secreto que guardan los lugares, el no saber y tener que esforzarme para entenderlo.

– El misterio es una seducción infantil. A los hombres les interesa el orden y no tienen tiempo para perder en fantasías. Las personas responsables deben resolver, es decir, ordenar, no meterse en líos.

El cielo se oscureció. Las nubes, antes uniformes y macizas, se diluyeron en un gris espeso que cubrió los campos y bajó hasta besar las colinas. Se oyeron truenos que avanzaban la marcha como un ejército a punto de penetrar en el valle. Empezó a chispear.

– Aprisa, volvamos antes de que llueva y no veamos nada.

El hijo sonrió para sus adentros. Le hubiese gustado estar solo para regresar a través del bosque, sorteando peligros, cruzando el manto cerrado de la tormenta, viviendo una aventura.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.