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No me juzgues, por favor

escrito el 13 de septiembre de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

La voz me temblaba y tenía la lengua como si me hubiese comido un kilo de polvorones en ayunas. Las piernas me sostenían por misericordia, las rodillas vacilaban y la cadera empujaba para salir corriendo. Mi alrededor se confundía con pensamientos embarullados que no encontraban salida al atropellarse entre sí. No reconocía objetos ni personas, tan solo luces oscilantes y un murmullo ensordecedor, susurros que me rasgaban los oídos al creer que estaban compuestos de risas y burlas. Gestos entumecidos, labios deshidratados que se contraían agrietándose. Enfrente, ellos, listos para juzgar.

Mi cuerpo estaba drenado, necesitaba beber. Rogaba que las funciones corporales se restableciesen, que la sangre me llegase al cerebro, a los pies, a las manos, y que abandonase las mejillas incendiadas.

Entre la maraña fugaz de ideas y miedos, la súplica era la única voz que alcanzaba a entender: por favor, cabeza, dame un respiro, tranquilízate y no me dejes en ridículo, haz que desaparezca mi rostro enrojecido y la cara de bobo acobardado que gasto.

Al empezar a hablar no tenía conciencia del mensaje que intentaba transmitir. No recuerdo si articulaba oraciones coherentes o eran balbuceos. Las palabras salían pastosas, como si una manta se abriese camino desde el esófago. No sabía quién era ni para qué estaba haciendo eso. Estaba cegado por mí mismo y por aquello que suponía estarían pensando los otros de mí. Tartamudo y humillado, me podría haber ido: renunciar es de valientes. Pero por orgullo o por incapacidad, me quedé ahí plantado ofreciendo un espectáculo esperpéntico.

Al acabar, alguien se dirigió hacia mí y me lanzó un comentario condescendiente, algo así como “no pasa nada, a veces nos ponemos nerviosos”, y otro apuntilló aleccionando con el reproche evidente que a tantos gusta hacer: “la próxima vez, estate más tranquilo”. Ya no importaba. Me daba igual. No me verían del mismo modo, al menos ese día y los sucesivos hasta acabar la semana, o tal vez nunca jamás me verían igual. Me había convertido en alguien débil, en un perdedor, en una sombra.

Estos pensamientos me atormentaban al deslizarme cabizbajo por los pasillos, escurriéndome entre la gente. Tal vez ellos, jueces y verdugos de mi desdicha, no prestaron atención al bochorno. Probablemente se extrañaron un poco al ver la lastimosa escena. Algunos ni eso y habrían pasado el rato pensando en cosas ajenas a mi declamación. Alguien haría burla por la espalda, otros tendrían vergüenza ajena y alguno empatizaría y sentiría pena: 15 segundos de media por pensamiento. Aunque la suma de esos 15 segundos con otros 15 segundos con otros 15 segundos daba unos cuantos minutos de consideraciones desfavorables hacia mí. Y en un grupo reducido, unos minutos son suficientes para modificar la imagen proyectada públicamente, para que el carisma y la popularidad se esfumen. Supongo que hay presidentes de gobierno, artistas, delegados de clase, profesores y otros individuos expuestos a los demás que desearían enérgicamente borrar algunos segundos o minutos de su vida, eliminar un lapso de tiempo muy breve que les condicionó el futuro o, al menos, una fracción de futuro.

La clave estaba en cómo comportarme a partir de entonces, en cómo afrontar esa derrota.

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Ser juzgado, incomoda. Ser objeto de análisis es un incordio. Sentirse observado como una cobaya, enfurece. Que nuestro comportamiento se someta a estudio y se extraigan de éste conclusiones más o menos tajantes, asusta. A muchos, incluso les da miedo las valoraciones positivas, pues el simple hecho de ser el centro de atención, el foco de todas las miradas, crea una sensación de claustrofobia que agita nuestras turbaciones.

Los hay que no aceptan valoraciones negativas y que se asustan ante la posibilidad de recibirlas. Los hay que han integrado ese pavor escénico hasta el punto de no querer recibir ni apreciaciones amables para pasar desapercibidos, invisibles, tranquilos, en paz.

El pánico a ser expuesto es muy común y tiene las raíces en la voluntad de ser aceptado socialmente. Por deseo u obligación, nos integramos en colectivos en los que desarrollamos nuestra vida. Y cuanta más exposición se tenga ante los miembros de la comunidad, más riesgo de ser rechazado y de convertirse en un paria.

No queremos fallar delante de compañeros de trabajo, compañeros de clase o cualquier grupo de personas cuyo veredicto pueda influir en nuestra aceptación dentro del colectivo y, por lo tanto, en nuestro porvenir. Del mismo modo, no queremos fallar delante de alguien al que queremos o necesitamos agradar y nos genera ansiedad plantear la posibilidad de defraudar.

La necesidad de agradar es un efecto del instinto de supervivencia. El pasarlo mal por ello, es una perversión de este instinto.

La influencia del otro (o los otros) sobre nosotros pasa por considerarlo juez, es decir, persona con autoridad para juzgar y sentenciar, autoridad que le confiere un poder intimidatorio que nos amedrenta. El poder del otro puede venir dado por la situación, cuando uno realmente depende de su juicio (por ejemplo, en una entrevista de trabajo) o cuando nosotros mismos le damos ese poder. Y regalamos este poder al otro cuando consideramos que es mejor, más válido, más capaz y se sitúa por encima en la absurda escala social que imaginamos. Convertimos al otro en un ser feroz cuya benevolencia determina si te hace o no picadillo.

Este sobredimensionar el poder del otro, sea individuo o colectivo, establece una comparación inevitable en la que uno se sitúa debajo y el otro arriba, dominador y dominado. Creemos que nos dominan cuando tienen capacidad de afectar significativamente nuestras vidas; en cambio, no nos afecta si su opinión, juicio o valoración no tiene consecuencias.

Nos sentimos juzgados por quienes damos autoridad o, en cualquier caso, por quienes pueden influir en alguien a quien le damos autoridad. Por ello intentamos agradar o, al menos, no descontentar.

Por ejemplo, a un filólogo no le afectará que un niño de 3 años le diga que escribe mal, porque quien emite el juicio no tiene la suficiente autoridad como para impactar en su realidad, pero sí afectará que los compañeros de trabajo te consideren un perezoso, aunque sea sin motivo, porque su opinión del grupo puede influir en las decisiones de tu responsable. En este segundo caso, la autoridad es real, pero a menudo otorgamos innecesariamente autoridad a gente que, en el mejor de los casos, su opinión debe cogerse con pinzas.

Creemos que algunos de los individuos que nos rodean tienen el poder de lanzar veredictos que nos harán progresar o fracasar: la conclusión que extraiga un entrevistador después de juzgarte te facilitará la vida o te la complicará. La valoración que una profesora haga de tus habilidades dialécticas hará que apruebes o suspendas un examen. La opinión que extraiga de tu comportamiento la persona con la que quieres quedar para salir a cenar determinará que te acepte o rechace. Visto así, es fácil ver a los demás como entidades crueles y despiadadas que machacarán cualquier desliz que tengamos, por lo que evitaremos y temeremos los fallos que provocan sus juicios dañinos.

No nos gusta sentirnos juzgados cuando creemos que quien nos juzga se sitúa encima de nosotros, porque éste se equivoca menos o no se equivoca nunca. Nos da miedo que su opinión nos pueda herir al subrayar nuestros errores. Y cuando se hacen visibles nuestros errores y nuestros defectos, los demás pueden hacernos daño, pueden vernos débiles y quitarnos lo que queremos.

¿Pero los demás pueden negarnos sueños e ilusiones, socavar nuestra confianza y seguridad, aniquilar proyectos y esperanzas?

Un manual de autoayuda diría que no, que somos rocas y nadie nos puede dañar. Somos lo que queremos ser, tenemos el poder y estamos cerca del superhombre nietzscheano que nada y a nadie necesita para sentirse realizado. Pero en el día a día, comprobamos que la relación que mantenemos con nuestra comunidad es un poco más compleja, que nosotros afectamos y somos afectados por nuestro entorno y que la opinión de los demás sí importa y puede facilitar o empeorar las cosas. Ahora bien, es importante valorar con serenidad y espíritu crítico hasta qué punto importa y para qué importa el juicio externo.

El entorno, el grupo, la gente, las personas, nuestro alrededor, efectivamente, puede fastidiarnos bastante: si un entrevistador opina que no eres capaz para ese puesto de trabajo, o que eres inferior a otro candidato, nos fastidia. Si alguien nos rechaza cuando queremos invitarle a salir con nosotros, nos fastidia; si hacemos una conferencia y el público se aburre y después comenta que ha sido una porquería, nos fastidia; si un compañero se ríe de cómo hablamos y el resto se une a él, nos fastidia. Nos fastidia y nos quita: no financio tu proyecto porque juzgo que no estás muy seguro, no quedo contigo porque juzgo que eres un aburrido, no te contrato porque juzgo que eres un pusilánime que se ha puesto nervioso.

La opinión de los demás ante lo que somos, cómo actuamos y qué decimos, influye en lo que nos sucede, pero cuanto más miedo se le tenga a ésta, mayor miedo tendremos a equivocarnos y a ser aceptados y, por lo tanto, con mayor inseguridad nos enfrentaremos a ella.

El miedo a equivocarse lleva al miedo a ser juzgado.

Otorgar demasiada autoridad a los demás, esclaviza.

No dar demasiada autoridad a los demás no significa quitarla por completo.  Para ganar seguridad y confiar en nosotros mismos no debemos repetir el mantra de “me da igual lo que opinen los demás”, o su versión más elaborada: ”yo soy así y punto. A quien no le guste que se aguante”. Son fórmulas que pretenden ayudar a ponerte por encima, como cuando te dicen que antes de una conferencia en público te imagines al auditorio desnudo. Pero el problema, la dialéctica dominador-dominado, sigue existiendo y puede revertirse en cualquier momento.

Situarse por encima de los demás no ayuda, del mismo modo que en muchas ocasiones no ayuda hacer oídos sordos a la opinión externa.

En mi mundo ideal no me juzgarían y las objeciones a mi conducta, consideraciones hacia mi persona, las expresarían con educación y respeto. No me criticarían. Incluso en mi mundo ideal, nadie, excepto los escogidos por mí, se fijarían en lo que hago y dejo de hacer, en quién soy o dejo de ser. A nadie le gusta sentirse juzgado porque a todos nos gusta sentirnos libres. Pero vivimos en sociedad y vamos a ser juzgados, criticados, insultados, odiados, menospreciados. También vamos a ser queridos, amados y valorados. Debemos entenderlo, asumirlo y tener seguridad para afrontarlo.

La seguridad no es una fe ciega en nuestras capacidades, eso es narcisismo. Tenemos que ser un poco críticos y humildes. La seguridad es entender qué queremos y cómo queremos lograrlo, saber qué puede afectarnos, en qué grado, tener herramientas para superar los obstáculos y saber que nos la pegaremos y que intentaremos aprender de la caída. Y que en todo momento intentaremos pasárnoslo bien, frivolizar todo lo frivolizable, profundizar en lo que vale la pena y reírse tanto como uno pueda.

Para que el ser juzgados no nos atormente debemos tener seguridad en nosotros mismos, y éste es un camino que se trabaja racionalmente, entendiendo qué imagen proyectamos en los diferentes ámbitos en los que nos movemos, considerando si esta imagen nos beneficia o nos perjudica (qué puertas abre y qué puertas cierra) y valorando si queremos cambiarla o preferimos seguir siendo “fieles” a nuestra forma de ser.

Conociéndonos y conociendo nuestro entorno, comprometidos con nuestros sueños y sin estar demasiado pagados de nosotros mismos, los temores por los posibles juicios que hagan los demás se reducen y la opinión de los otros pasa a ser información con la que trabajar y entender nuestro alrededor.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.