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Controla el móvil, ten privacidad

escrito el 27 de abril de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

Padres y madres de alumnos que acuden a Young&Leaders muestran una preocupación extendida por el abuso de las nuevas tecnologías. Por nuevas tecnologías entendemos dispositivos conectados a internet (móvil, teléfono inteligente, smartphone, tablet, phablet, ordenador, laptop, notebook…), aparatos cotidianos e imprescindibles para cualquier persona que no haya decidido retirarse, física o espiritualmente, del mundo moderno. Los padres generalmente consideran que estas máquinas son una fuente de ocio inmediato y gratificación volátil, una distracción con la pérfida capacidad de absorber a los jóvenes –y no tan jóvenes- hasta alienarlos de su alrededor. De este modo, cuando un joven sin la madurez para poner límites dispone en cualquier momento y lugar de una vía rápida de escape, las consecuencias son inevitables: menor tiempo de estudio, menor concentración y peores resultados.

Me refiero en primer lugar a los estudios porque habitualmente son el ámbito que mayor preocupación genera a padres y educadores, algo que, dicho sea de paso, indica las prioridades que establecemos en la educación.

Creemos que los estudios pertenecen al espacio más gravosamente afectado por el abuso de internet, son el primer indicador, donde estamos más alerta, donde con más frecuencia ponemos el grito en el cielo, sobredimensionamos y exageramos, pues no es tolerable que se disminuya el rendimiento escolar por pasar demasiado tiempo abstraído con vídeos de youtubers y Facebooks varios. Las relaciones dentro de la familia también las consideramos importantes, aunque quedan relegadas a un segundo lugar y su descuido derivado de la “adicción tecnológica” goza de mayor comprensión: si el chaval prefiere refugiarse en una pantalla de 5 pulgadas para whatsappear en vez de quedarse de sobremesa o ver una película en el salón con padres y hermanos, nos resignamos, son los tiempos que corren y poco se puede hacer. Tampoco nos gusta cómo los jóvenes relegan las relaciones físicas con compañeros a un segundo plano y virtualizan su vida comunitaria; no acabamos de entender por qué ya no quedan para jugar como lo hacíamos nosotros y se relacionan casi exclusivamente por las redes sociales; entonamos melancólicos recuerdos para mostrar desacuerdo -“en mis tiempos íbamos a la plaza/calle/campo a jugar a futbol/cazar ranas/ tirar globos de agua”-, pero vemos inevitable el cambio generacional y las nuevas formas de ocio. Igualmente, percibimos peligros derivados de la sobreinformación y dudamos de que la dependencia de la tecnología sea lo mejor para su desarrollo como persona y su crecimiento mental, pero asumimos que nada puede hacerse y que ahora se lee, juega, escribe, informa, conversa con el pulgar deslizándose por el Gorilla Glass del nuevo modelo de Samsung: no podemos remar a contracorriente.

Con todo, a pesar de que lo más molesto para los adultos a cargo de jóvenes son los malos resultados académicos, presumiblemente derivados de la falta de concentración, procrastinación e irresponsabilidad que acarrea el estar conectado a la red a todas horas, la hiperconectividad tiene efectos más perniciosos en el desarrollo del joven, niño o adolescente.

Una de las consecuencias más perjudiciales para el crecimiento de un joven es la incapacidad de establecer un ámbito privado donde la identidad pueda construirse y desarrollarse.

Al respecto, Jordi Llovet, crítico literario y filósofo, reflexionaba en el artículo Nadie quiere a los filósofos para El País:

“El uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común -todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona-, asumida esta sin el menor atisbo de crítica.”

Nos equivocamos al pensar en la privacidad simplemente como protección de la intimidad. La privacidad no es sólo proteger la exposición de nuestra imagen y pensamientos en las redes sociales, privacidad no sólo es guardar secretos o tener el control de lo que mostramos o dejamos de mostrar al exterior; la privacidad es ámbito indispensable en el que construir criterios, valores, fantasías, un lugar en el que erigir la propia personalidad contrastada a los demás, el ámbito que nos diferencia, la resistencia, oposición al mundo y su conciliación.

Los adolescentes tienen la usual querencia de reivindicar su privacidad. Se encierran en la habitación, dejan de comentar sus vaivenes emocionales en casa, esconden información a los padres, se enfadan cuando éstos se muestran inquisitivos y, de este modo, creen mantener un espacio de privacidad que sólo les pertenece a ellos, cuando la realidad es que dedican la mayor parte de su tiempo de ocio a estar conectados compartiendo información con los demás, diluyéndose en un mundo virtual a través de fotografías de recuerdos, capturas de momentos vividos durante el día, comentarios más o menos ingeniosos, charlas simplonas en grupos de Whatsapp, imágenes rápidas, pensamientos fugaces. No tienen tiempo para dedicarse a ellos solos, para ellos y nadie más, no tienen tiempo para invertir en su privacidad. Visto así, lo que realmente reivindican los adolescentes es que los padres les dejen en paz, no una verdadera privacidad, pues ésta, en la mayoría de casos, no existe ni se trabaja.

Anulada la subjetividad, lo que define a unos y otros, es decir, lo que distingue a las personas, son apetencias volubles, emociones superfluas, comportamientos arbitrarios: “es más o menos simpático/tímido/educado/extrovertido”. La personalidad queda engullida en el imaginario colectivo al que se está conectado de continuo, queda difuminada en la opinión común.

La hiperconectividad estandariza, homogeneiza y priva de tiempo y espacio para el desarrollo de uno mismo, entendido éste como entidad separada de los demás. Crea ciudadanos adscritos al pensamiento único, a los prejuicios y creencias del momento; anula el pensamiento crítico, anula el ser.

Por ello, debe controlarse el uso de estos dispositivos. Para evitar ser uno más, para evitar ser la réplica del prototipo de joven anodino que se critica y fomenta, para evitar ser insustancial. Leer, caminar, tocar un instrumento, hacer deporte, conversar, reflexionar, contemplar, escribir, experimentar.

No perdamos de vista qué nos hace felices y mejores y qué, simplemente, nos entretiene.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.