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Materialismo

escrito el 16 de enero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Hacía un mes que no publicaba nuevo contenido para el blog. Puedo escudarme, no sin cierta vergüenza por la excusa, en las vacaciones, constipados y mucho trabajo. Ahora, de vuelta al redil.

Llegas de Navidad, con las pilas cargadas o más agotado de lo que estabas cuando lanzabas súplicas a no se sabe dónde ni a quién para que el tiempo sucediese rápido y se adelantasen las vacaciones: “¡por favor, que lleguen ya!”.  Pero tantos compromisos, cenas y excesos hacen que a menudo escuches, de los mismos que imploraban la llegada inmediata del día 24, que suerte que ya se han acabado las fiestas y que se vuelve a la normalidad. Otros aprovechan mejor los momentos en familia, el tiempo para estar con la gente a la que se quiere, los blockbusters de temporada, las tertulias que se alargan empalmando comidas con cenas, la sobredosis de azúcar o una fugaz escapada a cualquier rincón del mundo.  Dos formas de vivir la Navidad en función de lo que se quiere o puede.

Y después de un tiempo desconectado comentas, por costumbre y buenos hábitos, cómo han ido las fiestas, sagradas, entrañables o aborrecibles según cómo las viva cada cual, y piensas que cuando te haces adulto demasiadas cosas pierden la gracia o, más bien, hacemos demasiadas cosas para perderla. Con los jóvenes, en cambio, parece más sencillo, tienen dos respuestas estándar para describir sus vacaciones: bien, no he hecho nada; bah, mucho estudio, una rallada. Eso sí, si los reyes se han portado como uno esperaba, el motivo para estar alegre se multiplica exponencialmente.

Para muchos jóvenes los regalos son el epicentro de esta festividad, y el consumismo se dispara con Papá Noel, el Cagatió, el Olentzero, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. Algunos esgrimen que es bueno para la economía y generar puestos de trabajo; otros, que fomenta un modelo de vida superficial. El debate sobre las virtudes y defectos del consumo es una constante, así como la conveniencia de hacer demasiados regalos a los jóvenes durante estas fechas y acostumbrarlos a valorar en exceso lo material.

En la niñez el materialismo es casi simbólico. Los más jóvenes atropomorfizan objetos, les dan vida y otorgan un valor emocional. Un simple muñeco no es un GiJoe modelo 341 serie A, sino un nombre propio, un compañero de aventuras. Viven los regalos con la ilusión de que se abran mundos nuevos para explorar. Pero poco a poco las pertenencias pasan a ocupar un lugar práctico y primamos la utilidad, ya sea para cubrir una necesidad, entretenernos o tener mayor comodidad. En ocasiones perdemos el rumbo y la adquisición deriva en el fetichismo de la propiedad, en el tener por tener, adquirir por el simple hecho de obtener placer al poseer cosas y, en su versión más perversa, por aparentar y mostrar cierta jerarquía social basada en la acumulación de bienes materiales.

Desde esta perspectiva, cuando hacemos un regalo, no sólo es el regalo lo que ofrecemos, sino las posibilidades, obligaciones, provechos y peligros que el uso de éste ofrece. Julio Cortázar, en “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj” decía que “Cuando te regalan un reloj…Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”

Durante la Navidad, muchos padres sopesan, cavilan, discuten y se enfadan con sus hijos sobre la idoneidad de regalar tal o cual objeto y valoran los videojuegos, móviles, ropa, motos, pensando en la contribución positiva o negativa que estos pueden tener en el desarrollo y educación.

El argumento que los jóvenes utilizan para reclamar un regalo que a los padres no les hace mucha gracia, es que ya trabajan suficiente en la escuela y que quieren cosas que les ayuden a pasárselo bien sin más pretensión que el desconectar. Parece lógico, y lo es, todo el mundo tiene derecho a pasear por la superficie y no estar sumido constantemente en aguas profundas. Pero al respecto, hay algo que nunca me ha convencido, algo que chirría, parecido a la justificación que hacen algunos telespectadores de programas basura (yo también miro alguno) que se defienden alegando a que ya tienen suficientes “problemas” como para ponerse a ver películas de Tarkovski cuando llegan de trabajar o estudiar. Con la literatura es similar, se leen novelas de calidad literaria discutible porque entretienen y son amenas y se considera que la literatura de “altos vuelos” es aburrida y cargante.

Esta asociación de tiempo libre con ámbito lúdico, entretenimiento y frivolidad, es verdaderamente peligrosa, pues relega los productos culturales más potentes al mismo ámbito al que van los estudios y el trabajo: al rincón del tedio, cansancio, estrés y agobio.

Epicuro estableció una diferenciación entre placeres, clasificándolos en tres tipos:

– Naturales y necesarios: las necesidades físicas básicas (en la pirámide de Maslow serían los primeros en cubrir). Necesidades biológicas y seguridad.

– Naturales e innecesarios: placeres relacionados con el entretenimiento, relaciones sociales, gratificación sexual, arte.

– Innaturales e innecesarios: placeres superfluos como el aparentar, el poder o la fama.

Los bienes materiales, según el filósofo, deben servir para cubrir las necesidades básicas y para potenciar placeres como el desarrollo de la educación, el gusto por el arte o la amistad, evitando placeres innaturales e innecesarios, pues son fugaces y acarrean más desgracia que alegría.

Desde este punto de vista, resulta crucial valorar con qué clase de infraestructura material rodeamos a nuestros jóvenes: qué clase de necesidades potenciamos con aquello que les compramos y qué oportunidades les ofrecemos.

Siguiendo la teoría epicúrea, resultaría más provechoso regalar vivencias, viajes, cursos, material que incite a la práctica de actividades que fomenten la estimulación cognitiva, que ensanchen su mundo y amplíen sus horizontes. Por eso, no es tan importante el qué, sino el para qué. Una videoconsola puede servir para visitar mundos extraordinarios, mejorar la concentración, la creatividad, socializar, o para recluirse en el propio mundo y desdeñar lo externo a la ficción virtual.

Del mismo modo, regalar los dramas completos de Shakespeare a un chaval de 14 años que en su vida ha leído y que detesta la palabra escrita, porque los padres han considerado, en un ataque de lucidez y responsabilidad educativa, que esto debe cambiar y que debe dejar de ver “Mujeres, hombres y viceversa”, producirá el efecto contrario. No se trata de hacer regalos educativos, pues cuando hacemos este tipo de regalos estamos pensando exactamente igual que los hijos, estamos pensando en ofrecer algo de provecho aunque no parezca muy divertido. Se trata de crear un ambiente enriquecedor donde se fomente el hecho de que a los jóvenes les apetezca más ver “The Wire” que “Gran Hermano”. Debemos regalar oportunidades, regalar posibilidades que fomenten satisfacciones más intensas que la simple posesión o el mero entretenimiento frívolo.

Los regalos, las compras, los bienes materiales tienen que tener coherencia con las necesidades físicas y emocionales de cada persona, pues, como con cualquier objeto, depende del uso que se haga de él para que sea algo inútil, pernicioso o valioso.

En cualquier caso, soy partidario de regalar experiencias, posibilidades que ensanchen miras, que hagan crecer y salir de la zona de confort pues, a fin de cuentas, sólo así se puede ligar el crecimiento y la educación con la felicidad y satisfacción. Regalando oportunidades, oportunidades que los jóvenes estén dispuestos a aceptar.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.