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Llegar a ser alguien

escrito el 9 de febrero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

“Lo que nosotros reconocemos en un hombre, eso lo hacemos arder también en él.”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

Zapeando por el desconcertante menú de la TDT me topé con la popular película de Wolfgang Petersen, Troya. Llevaba un rato emitiéndose pero, como el argumento es de sobras conocido y el film es simplón, pude sumergirme con facilidad en esa particular visión hollywoodiense de la Grecia arcaica retratada como un desfile de modelos incólumes. Llegué justo cuando Brad Pitt-Aquiles, de pelo rubio oxigenado y músculo anabolizado, dudaba si ir a la guerra a pegar mandobles o quedarse en casa a comer bogavante mientras disfruta hasta la vejez del clima mediterráneo como un jubilado alemán. Una mujer madura que pasaba por allí, supongo que era su madre o que, al menos, guardaba relación de parentesco con él, le espetaba que en caso de quedarse en su hogar tendría una vida apacible, una esposa estupenda, hijos maravillosos que lo recordarían, nietos que también lo recordarían, bisnietos que tal vez lo recordarían, pero hasta ahí, ya que con el tiempo la línea sucesoria se acabaría olvidando de él y su nombre se desvanecería. En cambio, si decidía enrolarse en el ejército griego y hacer lo que mejor sabía, matar, no regresaría nunca más a su tierra, moriría en la contienda, pero se convertiría en un héroe recordado durante miles de años.

A lo largo de la película Aquiles-Pitt reflexiona sobre qué es aquello que más anhela un hombre, aquello a lo que debería entregarse y ofrecer su vida, llegando a la conclusión de que el motivo absoluto es la gloria. La gloria entendida como heroicidad que se prolonga a lo largo del tiempo; cuanta más duración, mayor honor y orgullo. La gloria como conquista de la inmortalidad a través del recuerdo.

Aunque la película tiene licencias cinematográficas y adultera el relato con sensacionalismo y chabacanería, el retrato de Aquiles, más dulce y compasivo, guarda similitud con su correlativo homérico, antagonista de Héctor. Ambos son arquetipos vitales opuestos, dos formas diferentes de concebir la existencia. Aquiles encarna la voluntad individual, la ambición, el orgullo, y sus gestas cobran significado en tanto son cantadas, es decir, en la medida en que los demás lo reconocen como héroe; no lucha por Grecia, sino por él mismo y su grandeza. Héctor es hombre de familia, fiel esposo que adora a Andrómaca y lucha por deber, por némesis, y sus actos tienen sentido al responder a unos ideales, siendo el amor su motor.

Hoy en día frases como “quiero que mi nombre perdure durante más de mil años” serían vistas como un reflejo preocupante de narcisismo y megalomanía pero, paradojas en el sistema de valores actual, acostumbramos a incentivar que se busque esta perpetuidad en el reconocimiento. Tendemos, nosotros o la sociedad en general, a indicar a los jóvenes que deben fijarse en Aquiles más que en Héctor, especialmente cuando se trata de prosperar en la vida. Todos queremos llegar a ser alguien, y llegar a ser alguien lo identificamos con estar posicionado socialmente, tener importancia dentro de la comunidad, conseguir la aprobación de los demás, ser populares aunque sea dentro de un determinado contexto. La lógica hace que pensemos que buscamos el reconocimiento de los demás porque acarrea facilidades: que me consideren un buen profesional acarreará la posibilidad de tener trabajos de más prestigio y mejor remunerados con los que poder ser más feliz y desarrollar la vida, pero lo cierto es que en demasiadas ocasiones potenciamos el reconocimiento por el reconocimiento, el ser bueno en algo para que los demás aplaudan y así confirmar que se va por el camino correcto, pues el asentimiento de la mayoría así parece indicar.

A su modo, Brad Pitt no deja de ser un Aquiles moderno, un individuo que ha conseguido ser admirado por el gran público, probablemente, un actor-héroe que será recordado unos cuantos años más después de su muerte (aunque hoy en día la sociedad es muy olvidadiza), un caso de éxito, es decir, un caso de reconocimiento: ha llegado a ser alguien. Los demás han dicho que es alguien.

En otra película reciente nominada a los Oscar, Whiplash, el protagonista, un joven baterista que estudia en una prestigiosa academia, dedica todo su esfuerzo a lograr ser uno de los grandes músicos de jazz. A lo largo de la película se lo ve esforzándose, obsesionado tratando de mejorar hasta que le sangran las manos, constantemente expuesto a profesores, jurados y expertos cuyas opiniones ayudarán o no que pase a la historia. Algunos han visto en este largometraje un alegato a la superación, otros una crítica a sistemas extremos de aprendizaje y a la obsesión por el éxito. Sea cual fuere la moraleja, en Whiplash queda claro que la felicidad y personalidad del protagonista, el “ser alguien”, depende en todo momento de cómo lo consideren los demás, aquellos a los que él otorga el poder para hacer con sus sentimientos y emociones lo que les plazca, reduciendo la vida al éxito o fracaso.

El arquetipo de Aquiles continúa siendo el paradigma de triunfo, el modelo en el que se fijan los jóvenes que quieren llegar a ser alguien. Egocentrismo, ansias de vivir y justificar la propia vida en la opinión externa. Esta dependencia encuentra su vía de expresión en redes sociales en las que los jóvenes cuelgan fotos para conseguir cuantos más “me gustas” mejor, programas a los que acuden niños para competir por ser el mejor cantante/cocinero/bailarín, estudios cursados para ocupar oficios que la sociedad considera más respetados, ropa que se exhibe para el asombro de la audiencia.

Pero la vida no debería ser vivida para figurar en los libros. La vida no es un argumento de un biopic ni el éxito el aplauso unánime de un auditorio. La felicidad no está en la conveniencia con criterios ajenos. La vida significativa no reside en la aprobación de una opinión cambiante. Llegar a ser alguien no quiere decir ser recordado, sino poder recordar con amor.

Volviendo a Nietzsche: “Si alguna vez deseasteis todo otra vez, todo eterno, todo entrelazado, trabado, entretejido por el amor, entonces amasteis el mundo”, y concluiría, entonces, fuisteis alguien.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.