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18

Leer o no leer

escrito el 18 de febrero de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

“El gusto por la lectura se adquiere casi siempre en la niñez,
y me sorprende que parezca tan difícil inculcarlo”.
Esther Tusquets

Una de las imágenes más vívidas de mi infancia es la de mis padres recostados en la cama sosteniendo un libro cada uno.

De vez en cuando les iba a visitar a su habitación cuando no podía dormir, cuando no quería dormir, cuando tenía pesadillas, miedos, enfados o cariñadas. Me levantaba dubitativo, andaba descalzo a tientas hasta asomar por el pasillo, me fijaba si la tenue luz de las lámparas de la mesilla de noche se filtraba debajo de la puerta del dormitorio y, en caso afirmativo, daba dos golpecitos secos en la madera y realizaba una de las habituales preguntas retóricas que los niños acostumbran a manejar: ¿estáis dormidos? Entonces, sin esperar contestación alguna, giraba con cautela el pomo y me plantaba ahí delante. “Buenas noches”, les daba un beso y esperaba a que me preguntasen si todo andaba bien. A veces lo hacían, otras muchas me replicaban con otro beso y otro “buenas noches” acompañado de un “que duermas bien”, “descansa” o diferentes fórmulas cariñosas. Y continuaban leyendo. Los dos juntos, acurrucados, cada uno viajando con el otro y sin él. Momentos de introspección acompañada del calor de quien sabes que es tu compañero de vida.

Era una estampa confortable, tierna y placentera; me tranquilizaba y apaciguaba mis turbaciones. Pero esa sensación se desvanecía al regresar a mi cuarto. La luz tenue se oscurecía, el calor se disipaba y el cobijo paternal se perdía conforme avanzaba por el pasillo. Al llegar a la cama y dar vueltas sin poder dormir, lo que más echaba de menos era poder vivir las aventuras que me imaginaba vivirían los dos juntos leyendo sendos libros.

Me los imaginaba ahí, en su centro de operaciones, reclinados en sus cojines, con las manos y la mirada en el libro y la mente en mundos infinitos. Era un lugar ideado perfectamente para la sugestión  y el ensueño, para la evasión y el encantamiento, para la fascinación y el asombro. Un lugar mágico, sin ninguna duda.

Y yo no podía dormir y me imaginaba recorriendo paisajes ignotos de la mano de compañías extravagantes.

Decidí copiarlo, crear mi mundo, mi santuario. Cada noche encendía la luz de la mesilla y leía al azar cualquier cosa que tuviese a mano. Luego, dormía plácidamente.

Me aficioné a la lectura, no como evasión, si no como exploración, conquista y aventura.

No sé si me hubiese interesado leer de no haber sido por el ejemplo, espontáneo y sincero, de mis padres. Recuerdo que no me agradaba que en la escuela nos obligasen a leer, en un plazo concreto y con unas pautas determinadas, ciertos libros a los que, estoy seguro, hubiese llegado tarde o temprano de forma natural con más pasión y convencimiento. También recuerdo que mis padres nunca me obligaron a leer ni me exigieron que lo hiciera. Era yo quien iba detrás de ellos buscando consejo y recomendación.

He crecido con estos hábitos, cimentados en la seducción de un mundo adulto que podía recrear a mi manera, queriendo alcanzar el conocimiento y las costumbres de los mayores: mi padre quedándose dormido después de comer con un libro entre las manos, mi madre leyendo en la playa mientras controlaba a los hijos de reojo, alguno de los dos pasando páginas mientras el otro miraba un programa de televisión que no le interesaba, pasear por librerías en busca de un libro para recomendarme… Sin el ejemplo que me brindaron, no creo que hubiese desarrollado un interés especial por leer.

A veces creo que la buena reputación que tiene la lectura es algo forzado, pues ni quienes  sostienen sus beneficios la practican. “Leer es necesario” se ha convertido en un tópico, en un imperativo de la pedagogía y la educación, pero dudo que la mayor parte de la sociedad lo crea o, en cualquier caso, lo sienta. Es un tema parecido a la repentina exaltación de la filosofía que se ha producido en el último año a raíz de la posible supresión de ésta como asignatura en bachillerato: muchos aclaman sus virtudes, a una ínfima minoría le interesa realmente.

Con la lectura pasa algo parecido. Sólo hace falta ver los libros más vendidos del país y entender cuáles son los hábitos de la mayoría. No somos una sociedad sensible a la literatura y el pensamiento, por ello, es muy difícil que desde la escuela (y más usando exigencias) pueda despertarse el interés por la lectura: a los jóvenes no les gusta leer porque a los adultos les gusta aún menos.

Cuando no existe convencimiento y no se predica con el ejemplo, sólo queda la palabrería superflua y las obligaciones molestas. A los jóvenes se les vende que es necesario leer, que es importante, que es, incluso, indispensable. Pero ellos no lo perciben, lo ven como una pantomima, y a sus prescriptores como farsantes, como quien da consejos sobre dieta saludable y después se hincha a hamburguesas con patatas fritas.

En la lectura, como en la mayoría de ámbitos, la pasión convence, no los tópicos aborrecidos.

Una situación ideal sugeriría que la pasión fuese el vehículo transmisor en la escuela, entre los amigos y en la sociedad, pero como eso no depende de nosotros, si realmente creemos y queremos que la lectura forme parte de la vida de nuestros hijos, debemos dar ejemplo, amar la lectura, leer con pasión y manifestar el entusiasmo por los libros.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.