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La búsqueda de sentido

escrito el 8 de septiembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

Dentro del batiburrillo de libros que han plasmado la lucha interna de los jóvenes en el proceso de búsqueda de sentido (subgénero literario conocido como Bildungsroman), seguramente es Siddharta, de Herman Hesse, el que, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, se ha erigido como el libro iniciático de referencia para aquellos que necesitan responder las preguntas surgidas con la toma de conciencia. Siddharta constituye una síntesis de las inquietudes de los adolescentes y su anhelo por encontrar la esencia de lo que son, esencia, en este caso, opuesta a elementos externos.

Esos “¿Quién soy?” y “¿A dónde voy?” se han tratado profusamente por autores más o menos célebres y con más o menos atino. Paulo Coelho o Jorge Bucay han hecho fortuna intentando dar sentido a la vida de huérfanos existenciales, con un tono comercial, básico y en ocasiones esgrimiendo disquisiciones engañosas, pero demostrando que aún a día de hoy, cuando parece que no tenemos tiempo para distraernos con nosotros mismos, sigue importando dotar de sentido nuestros actos y pensamientos. Otros autores de más categoría literaria como Conrad, Céline o Goethe, también se han encargado de relatar el paso a la madurez y la agitación que esta evolución conlleva, pues suele comportar una sublevación ante todo lo que no sea uno mismo: la autoridad, los padres, la escuela y la sociedad. El espíritu aventurero en Línea de sombra, el nihilismo y apatía en Viaje al fin de la noche, el romanticismo de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, tienen en común la oposición del individuo con el universo anterior a este punto de inflexión.

En 1919, Hesse publicó Demian, junto a El lobo Estepario y Siddharta, su gran novela de formación. En esta obra, Emil Sinclair se abre a un mundo desconocido de auto-razonamiento y reflexión espiritual de la mano de Max Demian, quien le propone una nueva forma de ver la vida en contraposición a los principios que antes seguía. Emil pasa del “Mundo de la Luz” (infancia) al “Mundo Oscuro” (madurez) en un viaje interior que lo transforma y lo convierte en adulto.

Así pues, la búsqueda de sentido suele corresponder con el surgimiento de la duda y la disconformidad con los presupuestos asumidos desde la niñez, cuando el ego cobra fuerza y se define la personalidad: la urgencia de establecer uno mismo qué está bien, qué está mal y para qué se hace lo que se hace. La búsqueda de sentido del adolescente responde a la necesidad de entenderse y entender el funcionamiento del mundo en el que habita, para saber cuál será su propósito y por qué sendas transitará. Y esta búsqueda, al menos en su fase inicial, acarrea el desprecio por todo principio establecido con anterioridad (una época de sturm und drang, decía Freud, de ímpetu y borrasca). La psicología considera este hecho un despertar en el que el joven se rebela porque quiere afirmar su ”yo” ante el “ello”, la adolescencia como periodo en el que se configura la identidad en oposición a “lo otro”, una lucha constante con el mundo. Esta oposición, según teorías freudianas, tiene que ver con el despertar de la sexualidad (etapa genital, de los 12 a los 15 años), aunque considero más oportuno entender esta etapa turbulenta del ser humano como la búsqueda de sentido y las dificultades que conlleva.

El sentido es una explicación que uno asume como válida ante interrogantes vitales que, de quedarse irresueltos, generan vacío y la incomprensión ante los problemas a los que uno se enfrenta. Es por ello que, cuando llegamos a cierta edad (comprendida habitualmente entre los 12 y los 16 años), ya no nos basta con un “es así y punto” o un “debes hacer esto o lo otro por tu bien”, pues, si no entendemos el sentido de aquello para lo que estamos viviendo, pueden plantearse escenarios de desavenencia o apatía, es decir, o nos rebelamos en oposición a todo lo que venga de fuera o actuamos sumisos siguiendo a pie juntillas las órdenes de los demás.
Es común que en esta edad se incurra en la rebeldía irracional ante la autoridad que durante años ha indicado el camino correcto (familia, escuela), o bien, se continúe aceptando sin rechistar los mandatos de los mayores. Ambos modelos, transitorios en la mayoría de casos, acarrean consecuencias que marcarán la entrada en el mundo adulto.

En muchos casos la rebeldía acaba siendo simple animadversión, una pugna que no implica búsqueda de sentido, sólo destrucción de los sentidos que los padres y la educación habían facilitado. En este caso, el niño continúa siendo un niño, pero un niño protestón que no sabe hacia dónde ir y sustenta su personalidad en la oposición sistemática: lo que explican en la escuela no sirve para nada, los padres no tienen ni idea, el mundo es una mierda, etcétera. Contrariamente, acatar decisiones que afectan directamente a uno mismo sin reflexionar si verdaderamente son convenientes, perjudica igualmente al crecimiento y la madurez mental. En ambos casos se prolonga la infancia. Es por esto que conviene acompañar al adolescente en su búsqueda de sentido, sugiriendo, potenciando su racionalidad e incentivando la reflexión para que ellos mismos escojan su camino.

Desatender o dificultar este proceso puede provocar un nihilismo prematuro o una docilidad insensata. Este es el caso del popular Holden Caufield, protagonista de la polémica novela en su publicación y posterior clásico moderno, El guardián entre el centeno. Holden Caufield, estudiante sensible que no encuentra sentido en la sociedad en la que vive y que, abandonado a su surte, intenta sobrevivir al fracaso escolar y a las rígidas normas familiares, se erigió como el paradigma del rebelde adolescente, del joven occidental desorientado, asfixiado por un mundo absurdo que no comprende, sin saber a dónde ir.

Es lícito, es necesario, que los adolescentes busquen el sentido de las cosas y que para ello duden, se opongan y batallen contra todo aquello estipulado como “correcto”. Es un proceso constitutivo que sentará las bases de su carácter, que proporcionará la seguridad y confianza necesarias para forjarse un futuro, pues sólo se tiene confianza si se cree en lo que se hace y sólo se cree en lo que se hace si ello tiene un sentido, y este sentido lo tiene que legitimar uno mismo. Tarde o temprano ponemos en duda el mundo en el que vivimos; tarde o temprano nos ponemos en duda a nosotros mismos. La adolescencia, como la famosa crisis de los 50, es uno de estos puntos en los que habitualmente surge esta encrucijada existencial, con la diferencia que en la adolescencia no se tiene experiencia previa y es más fácil perderse. Los libros de aprendizaje como Demian, El Lazarillo de Tormes o Retrato del artista adolescente enuncian ese ansia por encontrar porqués, por encontrar sentidos con significado, no sentidos impuestos; en ellos acostumbra a haber un mentor, un guía que les acompaña y facilita la transición al mundo adulto, que no es más que la configuración de un universo propio, la construcción de un sistema de valores, la edificación de una moral, la cimentación de una actitud con la que se intentará vivir una vida.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.