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El karma no existe

escrito el 23 de febrero de 2017 en Artículos con 0 Comentarios

El karma no existe, afirmó con furia después de ver a su antiguo socio, aquél que lo había desplumado, aquél que trataba a sus trabajadores a patadas, pasear sonriente con su familia el martes por la tarde. Se le veía disfrutar, relajado, en paz, satisfecho, realizado. Incluso parecía buen padre de familia, haciendo bromas a los pequeños, atento con su pareja, en harmonía con el mundo, con la conciencia tranquila. Una persona delicada y sensible que contrastaba con el vil rufián que le estuvo tomando el pelo durante años hasta dejarle arruinado. Un pérfido ser que, para colmo, se vanagloriaba del fraude y se jactaba ante sus amigos de haber sangrado a ese pobre bobalicón.

Después de tomar conciencia, asumir la traición y pasar el disgusto por la estafa urdida por quien creía su amigo, le había invadido un odio terrible y la necesidad de vengarse, de resarcir los males que le había provocado. Primero confió en la justicia, pero con el dinero sustraído inmoralmente el embaucador pudo costearse un equipo de abogados insaciable que ayudó  a su absolución. Entonces sintió el deber de ser él mismo quien le diese su merecido, pero la rabia se desvaneció progresivamente y el sentido común que aún poseía le convenció de lo contrario: “para qué causarle algún mal y pagar doblemente”.

Sucedieron días de angustia, alimentada por la impotencia de ver cómo le habían timado impunemente y nada ni nadie podía hacer nada al respecto, hasta que, lamentándose por teléfono con su padre, encontró el alivio a su pesar: “tranquilo, tú has obrado bien, quien la hace la paga, el karma le devolverá el mal que te ha hecho y tú acabarás siendo muchísimo más feliz que él”.

Con el karma, “quien la hace, la paga”, “a cada cerdo le llega su San Martín”, “cada uno tiene lo que se merece”, encontró un sentido a lo sucedido, pues al fin y al cabo, debía existir un orden justo en el mundo, más allá de la fallida justicia humana, que pusiese a cada cual en su sitio.

Pero aquella tarde, después de años, vio a su archienemigo pletórico, como si el karma no se hubiese fijado en él, como si sus actos hubiesen pasado desapercibidos en el cosmos. Era intolerable, ¿cómo podía ser que un ladrón, traidor, sinvergüenza, avaro, bellaco, déspota y engreído viviese feliz mientras él, que siempre había sido noble y sincero, afectuoso y honrado, estaba pudriéndose en la miseria y la cólera? “¿Cuánto tardará el karma en darme lo que me merezco y en castigar a ese infame?”.

El karma no existe, al menos no en esta vida. Es una pena no disponer de una retribución cósmica a nuestros buenos actos, es una lástima que no haya una justicia imparcial que  castigue a aquellos que cometen vilezas, pero no hay una energía universal que decide las gratificaciones futuras del ser humano en función a su comportamiento. No hay una ley protectora que vele por nosotros indemnizando la bondad y castigando los agravios.

La compensación, incluso en las concepciones religiosas, nunca se produce en la vida terrena, sino en el más allá. En la próxima vida se cobrará lo sembrado en ésta: según cómo haya sucedido nuestro tránsito por estos lares, tal vez ascendamos al paraíso o nos envíen a padecer nuestros pecados en el infierno, nos reencarnemos en una entidad superior o en un animal rastrero. Sin embargo, en la vida que vivimos siendo quienes somos no hay compensación divina a nuestros actos. Es un fastidio para nosotros que somos buena gente y nos merecemos tanto, pero más vale aceptarlo para no alimentar la impotencia que causan las injusticias.

El karma, o ley de retribución cósmica, es un refugio que evita la frustración del momento ante una situación que percibimos inmerecida. Nuestra vida se despliega socialmente en un contexto ético, así que creer que hemos obrado adecuadamente y, sin embargo, no obtenemos recompensa, nos hace percibir el mundo como un lugar despiadado, arbitrario, caprichoso y carente de moralidad.

Percibir el mundo como un escenario inerte que no se inmiscuye en las relaciones humanas ni ayuda a dilucidar qué es lo bueno y lo malo, lleva fácilmente a concepciones relativistas y al absurdo. Nos cuesta creer que la vida no devuelva aquello que hemos ofrecido, por ello tenemos tendencia a pensar que algo o alguien justo, una entidad superior, nos observa e interviene en beneficio o perjuicio para devolver el orden moral al universo.

Los creyentes no tienen problema al respecto, las religiones han explicado sobradamente su postura respecto al bien y el mal, y aunque en esta vida no tengas lo que mereces, ya lo obtendrás en la siguiente, sólo hace falta paciencia. Sin embargo, el hombre moderno occidental, sin un dios al que encomendarse, sin un cielo como recompensa futura, una reencarnación superior o un Valhalla, necesita encontrar una explicación a la trivialidad de que a personas mezquinas les sonría la vida mientras personas bondadosas pasan penurias. ¿Para qué ser noble, sencillo o cívico si no es sinónimo de éxito ni debemos esperar un premio? ¿Existe algo que ponga a cada cual en su sitio?

Esta necesidad de encontrar una explicación a la injusticia la ha cubierto con eficiencia la pseudofilosofía, el new age de influencia oriental o la autoayuda más frívola, una actualización reduccionista de creencias dhármicas presentadas en envoltorios que disimulan su claro contenido religioso: ensayos pseudocientíficos, libros de motivación que hablan de leyes de atracción… esoterismo encubierto, en definitiva.

Estos productos prefabricados, pese a no mencionar dioses ni religiones, parten de premisas infundadas para simplificar la complejidad de la vida y dar sentido existencial: si piensas en positivo tendrás suerte, si sonríes la vida te sonreirá, si eres bueno serán buenos contigo y demás memes de Facebook que se resumen en el resabido “cada uno tiene lo que se merece”. Estas leyes de reciprocidad se sostienen en la fe, y utilizan eufemismos de dios (energías, vibraciones, karmas, pensamiento mágico) para calmar momentáneamente la preocupación de un sector de la población ante el sinsentido que rige el mundo.

¿Pero vale la pena entregarse a la creencia irracional de energías invisibles y leyes difusas para creer que el mundo es justo y así dormir tranquilos?

Creer en el karma (fuera de un contexto budista o hinduista), creer en que tarde o temprano la justicia le llega a todo el mundo, es un pensamiento que puede aligerar parcialmente la impotencia, pero que a la larga genera más frustración al percatarse de que hay gente inmoral y corrupta que realmente son felices y experimentan aquello que creemos sólo deben experimentar las buenas personas. 

El karma no existe, algunas personas íntegras tendrán remordimientos por un par de pecadillos cometidos, y otros tendrán la conciencia tranquila pese a las desdichas que su  comportamiento ha causado.

Entender que no siempre hay justicia y no esperar que ésta llegue para poder avanzar, no fijarse en la suerte merecida o inmerecida que corren personas que siguen un camino diferente al nuestro, vivir según lo que se cree correcto sin esperar que nos recompensen por ello, ayuda a enfocarse en lo relevante y evitar la frustración por un mundo complejo y contradictorio.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.