Oct
14

Falacias en la educación

escrito el 14 de octubre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

– ¿Por qué tengo que hacer los deberes? Ya entiendo el tema, no necesito perder el tiempo.

– Hazlos y punto.

– Pero, ¿por qué?

– Porque sí.

– No me dices el por qué.

– Porque si no estudias no tendrás futuro.

– Pero si lo entiendo a la perfección, me lo sé, pregúntame, verás.

– No se trata de que lo sepas o no, se trata de que te han puesto deberes y los tienes que hacer.

– Pero no revisan si los hemos hecho y yo no necesito hacerlos, de verdad. Déjame hacer otras cosas.

– ¡Los deberes!

– ¿Por qué mamá?

– ¡Porque lo digo yo!

– Vaaa…

– Si el profesor dice que se tienen que hacer los deberes, se hacen los deberes, que para eso sabe más que tú y es tu profesor.

En esta discusión, habitual entre padres e hijos, prodigan las falacias para legitimar una determinada postura, en este caso, justificar el hecho de que hacer deberes es necesario. En las batallas argumentales en las que el hijo exige motivos que muestren la inevitabilidad de seguir las órdenes o consejos de sus mayores, son precisamente los adultos quienes más fácilmente caen en las falacias lógicas y los jóvenes quienes plantean con más racionalidad el tema, exigiendo razones, no lugares comunes o trampas dialécticas. Con un, “esto es así y punto” o un “calla y obedece”, se podrían evitar los momentos pesados donde el incordio de la pregunta nos resulta insolente. ¿Para qué dar razones? Como es pequeño, como está a nuestro cargo, debe limitarse a seguir las instrucciones que se le da y no fastidiar intentando comprender; cuando crezca ya lo entenderá. Pero las falacias en la educación generan incomprensión, sentimiento de inferioridad, frustración y, peor aún, habituarse a explicaciones incorrectas que adormecen el espíritu crítico.

Si realmente queremos que los jóvenes construyan su futuro y sean personas con sentido común y personalidad, que muestren interés por conocer el mundo y encontrar respuestas, que no se dejen llevar por la opinión mayoritaria y que tengan un aparato lógico bien articulado, debemos empezar evitando caer en las falacias cuando les ofrecemos explicaciones.

Las falacias inundan la política, la opinión pública, las conversaciones de bar, las discusiones entre amigos, las relaciones laborales y, por supuesto, la educación, con el agravante de que quienes son destinatarios de éstas son más maleables e influenciables. Así pues, veamos cuáles son las más habituales, argumentos que no son válidos y que en vez de proteger, hacen más vulnerables a quienes se acostumbran a escucharlas.

Afirmación del consecuente
Cuando la conclusión del argumento se encuentra implícitamente o explícitamente en las premisas:
1. Si A, entonces B
2. B
3. Por lo tanto, A
Un ejemplo generalizado en las aulas y peligroso para la autoestima de los jóvenes: “Los tontos son malos estudiantes. Yo soy mal estudiante, por lo tanto soy tonto.”

Casualmente la conclusión puede llegar a ser verdadera, pero depende del razonamiento en sí mismo.  Con demasiada asiduidad los estudiantes caen en esta trampa y asocian el sacar malas notas a tener una mermada capacidad intelectual, lo que acarrea desmotivación y colgarse una etiqueta con la que legitimarán el que continúen sacando malas notas: “como soy tonto, saco malas notas. No puede hacer nada para remediarlo.” Esta falacia ayuda a que se incorpore la frustración dentro de la zona de confort y no se haga nada para cambiarlo. En el coaching ontológico se dice que es diferente “ser”, que “hacer” o “estar siendo”. No es lo mismo ser un mal estudiante (esencia inamovible) que haber pasado una racha de malas notas (hecho pasajero).

Generalización apresurada
Consiste en llegar a una conclusión sin las pruebas necesarias. “Mi hijo acostumbra a estar nervioso y los profesores dicen que no se concentra en clase. Le cuesta prestar atención cuando estudia. Debe tener TDAH”

A esta falacia suele corresponder el sesgo cognitivo del experimentador, esto es, utilizar las premisas o pruebas que ayudan a demostrar la conclusión, obviando otras que tal vez la puedan contradecir. Así, nuestro hijo tal vez no pone atención en clase, un hecho que refuerza la idea de que tenga TDAH, pero está horas concentrado con sus juegos de construcción o matando marcianos con su videoconsola, hecho que descarta que tenga un trastorno de atención.

Post hoc ergo propter hoc
Sucede cuando conectamos causalmente un acontecimiento con otro anterior: como ayer pasó esto, hoy pasa lo otro.

Somos proclives a esgrimir esta falacia para criticar el primer acontecimiento. Seguro que os suena y en alguna ocasión habéis utilizado el “¡Ya te lo dije!”.

“Ya te dije que suspenderías, no tendrías que haberte quedado hasta las tantas mirando la Tv.” Racionalmente, el hecho de mirar la televisión hasta tarde no acarrea necesariamente el mal rendimiento en un examen. Sí que puede generar más cansancio y, por lo tanto, falta de concentración, pero no es el único motivo. El chaval podría replicar “siempre me voy a dormir tarde, aunque no te enteres, y esta es la primera vez que suspendo”.

Falacia del francotirador
Cuentan que un hombre disparó su escopeta aleatoriamente y después pintó dianas centradas justo en la marca de los disparos que había hecho, autoproclamándose francotirador. Aunque parezca absurdo, lo utilizamos con demasiada frecuencia para justificar las conclusiones a las que llegamos. Se trata de ver patrones donde sólo hay azar.

Falacia del hombre de paja
Una de las más habituales cuando discutimos, especialmente, cuando nuestro interlocutor está en inferioridad. La falacia del hombre de paja consiste en atribuir a nuestro oponente una argumentación fácil de refutar, es decir, simplificar su postura hasta que carezca de sentido. Por ejemplo, si discutimos con nuestro hijo porque consideramos que no hace nada en casa y no ayuda a sus padres, tendemos a radicalizar su postura diciendo que se cree un marajá, que vive en un hotel, que somos sus criados y, por lo tanto, concluimos que no nos respeta. Extremamos su postura para que se vea absurda y criticable y no pueda defenderla, cuando, tal vez, no hace la tareas del hogar que se le encomendaron porque está deprimido, triste, desmotivado, sufre mal de amores, le incordian sus compañeros declase, etcétera, pero no porque no respete a sus padres.

Falacia del alegato especial
También preocupantemente común entre quienes se sitúan en una posición de superioridad respecto al interlocutor y, por lo tanto, preocupantemente común en las relaciones entre adultos-jóvenes.

Cuántas veces hemos oído aquello de “cuando seas mayor lo entenderás…”, falacia que presupone que ya sea por el nivel de conocimiento o falta de empatía no se puede llegar a comprender la argumentación. Acostumbra a utilizarse cuando no se quiere discutir o cuando se quiere imponer una orden y no oír rechistar.

  • No te conviene ir tanto con Fulanito.
  • ¿Por qué?
  • Es una mala influencia
  • ¡Es mi amigo!
  • Hazme caso, que soy mayor que tú, no te conviene ir con él.

Como tenemos más experiencia creemos que ésta es suficiente para justificar una postura y hacerla válida. Los jóvenes no entienden el argumento y dudan de nosotros, se crea una desconexión generacional: “los adultos y sus tonterías”.

Argumento ad consequentiam
Validamos una premisa en función de si la consecuencia es de nuestro agrado. Si Menganito se ha apuntado a fútbol y empieza a sacar mejores notas, es porque el deporte le ayuda a concentrarse y a canalizar la energía; si empieza a suspender, es porque pierde el tiempo chutando un balón y le distrae de los estudios.

Muchas veces nos cuesta ir un poco más allá y profundizar, preferimos quedarnos con lo que tenemos más a mano.

Argumento ad baculum
La madre de todas las falacias en la educación: “Lo haces así porque yo lo digo. Y punto” (porque eres el padre, la madre, el profesor, el tutor, el director…) Ante esta orden se  está dando la información de que mejor obedecer porque si no se deberá atender a las consecuencias. “Haz caso al profesor, es quien tiene la sartén por el mango”. Sí, de acuerdo, pero ¿la fuerza o coacción es suficiente para que vea lógico actuar de tal o cual manera? Evidentemente, no. El joven aceptará por miedo, pero seguirá viendo que a la argumentación le falta una justificación.

Argumento ad hominem
Se ataca a la persona, no al argumento que ésta sostiene: “Tú que vas a saber, si no te haces ni la cama”.

Es muy común en las aulas; demasiados profesores no hacen caso a los estudiantes problemáticos, precisamente, porque son problemáticos y por lo tanto se presupone que nada bueno tienen que aportar. Recurrir a esta falacia hace que se resalten los puntos débiles, colgando etiquetas y fijándolas, contribuyendo a que los jóvenes se identifiquen con los aspectos negativos que se enfatizan y que los integren como parte de su personalidad. “Para que voy a decir la verdad, total, no me van a creer” y así pasas a ser un mentiroso, porque así esperan que seas.

Argumento ad populum
Si la mayoría de gente dice que esto es así, pues es que así es mejor. Si el estudiante dice que prefiere estudiar viendo la televisión, se le dice que no lo haga porque es pernicioso, y cuando éste replica que por qué, se le dice que nunca se ha estudiado con la televisión encendida, que desconcentra, que todo el mundo lo sabe. Y es cierto que estudiar con la Tv encendida acostumbra a limitar la capacidad de concentración en el estudio, pero se debe a otros motivos diferentes al hecho de que la mayoría lo sostenga.

Argumento ad nauseam
Parte de la base de que una afirmación será aceptada como válida cuantas más veces se repita, pues la emoción de a quién va dirigida puede predisponer, por aburrimiento o cansancio, a que éste la considere válida. A lo largo de los años repetimos “estudia, es necesario, si no, no llegarás a nada en la vida” o variaciones como el escueto “tienes que estudiar” o “hacer una carrera es imprescindible”. Lo repetimos, lo convertimos en un mantra hasta que cala. A muchos de mis alumnos les pregunto para qué estudian y me contestan: “porque si no, de mayor me moriré de hambre”, “porque se tiene que estudiar”, “porque si no, no tendré trabajo”. Y otra vez el miedo y las argumentaciones falaces se apoderan de la motivación de los estudiantes y pasan a ser su motor.

Argumento ad verecundiam
La validez de una afirmación deriva directamente de la autoridad de quien la profiere. Debemos educar para que los jóvenes aprendan a diferenciar entre argumento y quien sostiene tal argumentación, fijándose en la calidad de las premisas y en la construcción del argumento más que en la fama de quien lo esgrime.

Argumento ad conditionallis
“Si hubiese estudiado una ingeniería ahora no estaría en paro”, “si hubiese prestado atención en clase ahora trabajaría de lo que me gusta”, “si hubiese seguido (o no) los consejos de mis padres ahora no tendría que emigrar de mi país a buscarme la vida”, “si hubiese ignorado lo que me decía todo el mundo y hubiese hecho lo que realmente me gustaba, ahora sería feliz”. El argumento se realiza a posteriori y, por lo tanto, está condicionado. El “y si…” es especulación, no hay causa lógica, pues la causa no existe, nunca sabremos que hubiese pasado si hubiésemos estado atentos en clase o hubiésemos hecho caso a nuestros padres.

Es una falacia que sirve para asumir un papel de víctima, asociando las cosas presentes que no nos gustan a una situación del pasado, evadiendo la responsabilidad del ahora.

 

Estas son algunas de las muchas falacias repetidas, oídas, machacadas y esgrimidas a lo largo del proceso educativo. A veces deberíamos preguntarnos cuáles son las verdaderas motivaciones que nos empujan a proferirlas: ¿Pereza por las explicaciones racionales? ¿Orgullo propio de padre/educador? ¿Miedo a que no nos presten atención? En cualquier caso, abusar de falacias no beneficia ni a unos ni a otros, tan sólo crea una maraña de explicaciones confusas que embrollan el crecimiento de los jóvenes y su desarrollo intelectual; entender las argumentaciones, los por qués,  deja de ser importante. Pero no se trata de ganar o perder una conversación, debate o discusión, y menos ante un hijo o alumno; se trata de justificar lógicamente las posturas y aprender a ver las causas que producen conclusiones, afirmaciones, saber. Se trata de dar significado.

Más información

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.