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Los estudios: un tema recurrente

escrito el 24 de noviembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

El vínculo de los padres con los hijos viene condicionado por aspectos biológicos y emocionales tales como la admiración que despiertan los progenitores, la necesidad de protección o la afinidad establecida entre ellos, y se desarrolla en base al modelo educativo que se sigue a lo largo de la infancia y juventud. Existen diferentes clases de padres, también de hijos, y diferentes relaciones entre padres e hijos. La relación se vuelve más compleja a medida que avanza el tiempo, pues a los cambios inherentes al proceso de crecimiento se añade la dificultad de adaptación entre ambas partes.  Algunos escogen modelos educativos más severos y otros más afables, métodos conductistas, modelos basados en incentivos, estilos de educación autoritarios, asambleas donde la opinión de cada uno se considera por igual, modelos educativos permisivos, sobreprotectores, dictatoriales… cada cual hace lo que cree oportuno, en la mayoría de casos, anteponiendo el bien del hijo ante el suyo propio.

Desde el coaching, especialmente a partir de los 10 años, se aboga por un modelo en el que es más importante dar herramientas para que el joven se haga autónomo que indicarle qué debe y cómo debe hacerlo, ya sea desde el cariño, desde el enfado o desde la indiferencia. Este modelo, por lo tanto, se diferencia del dejar hacer, es decir, de la ausencia de educación; de la dirección por corrección o educación paternalista que si se prolonga excesivamente genera jóvenes infantilizados;  de la educación por control o educación dictatorial, que coarta la libertad de decisión;  y de la educación motivacional, basada en objetivos que condicionan el hacer a la gratificación. Se considera que con los primeros atisbos de raciocinio y reflexión debe empezarse a educar al hijo para que sea él mismo quien asuma la responsabilidad de sus actos y actúe en consecuencia porque quiere, porque ha aprendido y ha aceptado qué es importante para él, no porque debe, porque se le ofrece un incentivo externo en forma de premio o castigo.

Con todo, sin importar el modelo educativo que sigan, con frecuencia los padres se ven abocados a discutir sobre la educación con el propio educado, tornándose ésta en autorreferencial, convirtiéndose en una metaeducación donde se debaten las normas, los deberes, las reglas y los porqués. Esta necesidad de fijar pautas y definir los cauces por los que transitará la relación responde a la preocupación por ofrecer al hijo el mejor camino posible para que reúna las condiciones necesarias para construir un futuro satisfactorio.

En nuestra sociedad, la forma tangible de cerciorarse de que se está haciendo lo correcto es comprobar que el hijo actúa adecuadamente siguiendo un sistema de valores que consideramos apropiado: es educado, cariñoso, obedece, es estudioso, esto es, aúna actitudes y comportamientos que definen su carácter con un “se porta bien, es listo y responsable”. Y esta definición, que constituye el epítome de la educación de nuestros días, se manifiesta con mayor fuerza y claridad en los resultados académicos.

Sacar buenas notas refleja que se va por el buen camino, que se está educando a una persona de provecho y que no hace falta estar demasiado encima. La educación es una forma sofisticada de enseñar a los pequeños a que sean autosuficientes y puedan valerse por sí mismos, así que sacar buenas notas destierra el miedo ancestral de la supervivencia, ya que se considera que si se obtienen buenos resultados en este ámbito el futuro estará casi asegurado. Sin embargo, si los resultados no acompañan, es que algo falla, no sólo académicamente, sino que hay un error en la educación, es decir, en el proceso de emancipación y adquisición de comportamientos para llegar a ser autosuficiente.

Cuando la actitud académica no es todo lo buena que uno espera, la escuela pasa a copar en exceso la mayoría de conversaciones entre padres e hijos, ya que se puede ser más o menos empático, más o menos sensible, más o menos altruista, pero obtener resultados deficientes conlleva una alta probabilidad de no ser nada en la vida, un paria social, un desheredado, una pobre marioneta esclava de los malos hábitos, en definitiva, un ser débil y vulnerable. Este pavor, a caballo entre lo consciente y lo inconsciente, se manifiesta en un discurso catastrófico que puede tomar la forma de charlas, discusiones o sermones motivacionales (tú puedes, sabes que eres listo), condicionantes (si apruebas tendrás la última videoconsola, una moto, un perro, un pony), condescendientes (no pasa nada, el siguiente examen irá mejor), o amenazantes (como no mejores te vas a un internado, te quedas sin salir, no vas de viaje de fin de curso), apoderándose de la relación paterno-filial, desfigurando los vínculos familiares y reduciendo el futuro del hijo, las esperanzas, sueños y posibilidades, a un número del 1 al 10.

Si el tema académico capitaliza la vida familiar y se exagera su importancia, genera presión y frustra al hijo, porque siente que constantemente decepciona en aquello que es más importante para sus padres y, por lo tanto, debería ser lo más importante para él. A partir de aquí, es fácil que vea en los estudios el motivo de las disputas, enfados, castigos y premios, y que los relativice, ponga en un segundo plano o se olvide de ellos para aligerar la carga emocional que comportan. Este apartarse no sólo acarrea dejadez escolar, sino también separación con los padres, jueces que periódicamente levantan o bajan el pulgar aprobando o desaprobando. Cuando sólo se habla del rendimiento escolar en casa, el hijo pasa a sentirse como un currículo andante y, si ese currículo no es todo lo bueno que podría ser, la autoestima baja, aumenta la ansiedad y se vive en una situación de perpetua insatisfacción. Al respecto, María Castro, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, advertía en un artículo para el diario El País: «muchas veces el éxito escolar tiene más que ver con unos hábitos familiares positivos como son el hecho de dedicar casi todos los días tiempo a conversar y realizar juntos de forma habitual una comida principal, y con supervisar la tarea escolar, pero no estar siempre encima»

Los estudios son importantes y ocupan una parte significativa del día a día de los jóvenes, constituyen un baremo para medir la madurez, una guía con la que proyectar a futuro, detectar problemas en otros ámbitos y estimular inquietudes, pero aunque sea tentador por claro reducir el proceso educativo a diez números enteros, cuando los resultados escolares no corresponden con las aptitudes y potencial del hijo, conviene reforzar los vínculos que unen y dan fortaleza, interesarnos por sus aficiones, atender a sus preocupaciones, compartir tiempo libre, fomentar nuevos intereses, participar de su vida fuera y no centrarse exclusivamente en presionar para que revierta la situación en la escuela.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.