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Estrategias para un estudio eficaz

escrito el 13 de noviembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

La educación es obligatoria hasta los 16 años y, por norma general, si se aspira a trabajar de lo que uno quiere, se extiende hasta bien entrada la veintena o, incluso, se prolonga indefinidamente. Primaria, ESO, Bachillerato, tienen un modelo educativo más o menos rígido, con asignaturas estipuladas y evaluaciones estandarizadas. Tal vez no sea el mejor modelo, como apuntan varios pedagogos, educadores y coaches educativos, pero, en cualquier caso, es el que nos ha tocado, independientemente de la labor que muchos institutos, academias y profesionales estén realizando para regenerarlo.

Es responsabilidad de padres y profesores lograr un aprendizaje significativo, esto es, establecer una conexión entre alumno y materia que favorezca que éste la haga suya, la encuentre interesante, importante y se motive para seguir adquiriendo conocimiento y progresar. Pero el alumno también debe poner de su parte y no atrincherarse en la queja y el menosprecio ante todo aquello que, ya sea por el profesor, por el contenido de la asignatura o porque cree que se le da mal, no le gusta. Como en la mayoría de situaciones, problemas o decisiones que nos suceden, muchas veces no se trata del qué, sino del cómo lo abordamos. El cambio de observador, el buscar nuevas interpretaciones sobre algo en concreto, nos abre puertas y puede hacer que veamos con buenos ojos algo que antes desestimábamos. Cuando percibimos el estudio como importante e interesante es mucho más fácil adquirir herramientas y hábitos prácticos que nos ayuden a conseguir mejores resultados.  A continuación presento algunos pasos para facilitar el cambio, ser más eficiente e interesarse más por los estudios, en definitiva, estrategias para un estudio eficaz:

 

– Pensar a futuro

Soñar es pensar a futuro; marcar objetivos es convertir los sueños en retos. Cuando visualizamos y creemos que podemos conseguir lo que nos proponemos, nos ocupamos de nuestras ambiciones motivados por la idea de un futuro pleno, un futuro que vemos como una posibilidad de llegar a donde queremos. Al tener objetivos, que son el anhelo de mejorar parcelas individuales, indagar en cuestiones que nos atraen, progresar en diferentes ámbitos y corregir puntos débiles, pensamos a futuro y, por ende, nos motivamos y supeditamos la satisfacción inmediata a la recompensa posterior.

Este mirar a futuro, visto como una sana ambición de progreso, pone en marcha los mecanismos que nos hacen actuar. Como comentaba Aristóteles en su Física, el Amor es lo que provoca el movimiento, es decir, la voluntad por conseguir algo es lo que hace que nos pongamos en marcha. Por este motivo, es esencial tener sueños, creerlos posibles y, entonces, lanzarse a por ellos. La falta de objetivos conduce a la apatía, y ésta, a la desmotivación y a la desgana.

En ocasiones lo que falta es la motivación por tener motivaciones. Estos casos son frecuentes cuando el alumno no se cree capaz de conseguir lo que se propone, bien porque se infravalora o bien por miedo al fracaso. Aquí, padres y tutores deberían trabajar para que el alumno vea en los errores un aprendizaje, no una sentencia.

 

– Conectar

La excusa principal del estudiante es afirmar que algo no le resulta importante porque no lo utilizará, porque no le gusta o porque se le da mal. Pero como hemos comentado, guste más o menos, tocará apechugar unos años, así que mejor encontrar la manera para que resulte más atrayente.

Estamos acostumbrados a afirmar o negar categóricamente en función a una particular y limitada forma de acercamiento, por ejemplo, si preguntamos a alguien si le gusta el tenis, contestará rápidamente que sí o que no, y con esto ya nos conformaremos haciéndonos una idea global, pero puede que la respuesta no sea tan sencilla y que al interpelado no le guste practicar tenis, pero sí mirarlo, o sólo mirarlo cuando juega Rafa Nadal, o le interesa la fabricación de las raquetas o el márquetin que genera este deporte, o tal vez ni eso, sólo le gusta sintonizarlo en el televisor porque le adormece y se echa la siesta.

Afirmar o negar cualquier cosa en bloque, acostumbra a implicar una visión limitada. Hay una pluralidad enorme de puntos de entrada, de formas de abordar y acercarse a temas, prácticas y conocimientos que a priori no parecen apetecibles. Para conectar con una asignatura debemos buscar por dónde podemos entrar, por qué vía se nos puede hacer más simpática. Tengo un amigo que de pequeño le asqueaba la ortografía, la gramática y la lengua en general, pero le encantaba experimentar y escribir letras diferentes, perfeccionar su tipografía, variarla, moldearla, darle forma a sus ideas mediante la escritura. Así se aficionó a escribir; a escribir letras, a juntarlas y, por último, ya que disfrutaba garabateando el papel, a narrar historias. Acabó interesándose por la corrección lingüística y ahora es un buen escritor, no sólo de letras. Así pues, lo primero que tenemos que hacer al toparnos con una asignatura o tema que no nos convence es preguntarnos: ¿cómo puedo hacer para que me resulte más interesante? Y a partir de ahí buscar, aunque sea para paliar el aburrimiento, la perspectiva o punto de vista que más nos convenga.

 

– Utilizar diferentes recursos

Una de las principales ventajas que nos brinda la sociedad de la información es el rápido acceso a un raudal de herramientas que facilitan el aprendizaje: vídeos tutoriales, documentales, películas, monográficos, dosieres, enciclopedias libres, blogs personales, webs interactivas, juegos online… Cuando estudiamos la Revolución Francesa ya no hace falta recurrir sólo a los apuntes, tomados con mayor o menor acierto en las clases, o a un libro de texto que nos guste más o menos, hoy podemos acceder a un sinfín de contenidos a la carta y escoger aquellos que nos parezcan más interesantes o entretenidos  para potenciar más la conexión alumno-asignatura. Es como la televisión, que si no nos convence un programa buscamos otro; en los estudios, si no nos gustan los apuntes, tenemos tropecientas alternativas a estos. Hay que aprender a buscar fuentes de información que potencien nuestro interés y hagan las asignaturas más inteligibles. Por ejemplo, la plataforma Duolingo ha conseguido mejorar el nivel en idiomas de muchos a los que las clases tradicionales les parecían demasiado aburridas.

 

– Practicar

Es importante convertir en práctico incluso aquellas asignaturas que, en un principio, puedan parecernos netamente teóricas. Darle dinamismo a las asignaturas “de empollar” es un reto que muchas veces dejamos de lado por creer que tardaremos más que memorizándolas. Una técnica clásica para evitar aprender de memoria el temario y hacer que el cerebro participe más allá de ser un simple almacén, es realizar esquemas y mapas conceptuales. A menudo son una fuente de aburrimiento y malestar, pues se acostumbran a exigir en asignaturas como historia, literatura o filosofía, pero lo provechoso es realizarlos como a uno le venga en gana: la plasmación visual y ordenada de las ideas, con las palabras, muletillas, dibujos y subrayados que a cada uno le sirvan. Al hacerlos, sintetizamos conceptos y los ordenamos, los enmarcamos dentro de una visión general y los dotamos de sentido al conectarlos entre ellos. Trabajamos con esos conceptos, les encontramos una lógica y un por qué. El resto es palabrería, paja, adorno, literatura, cemento que une los conceptos y que es absurdo aprender. Eso sí, se debe practicar la redacción y el cómo plasmar los puntos esquematizados en un escrito coherente.

Practicar en las asignaturas de ciencias está normalizado: matemáticas, física o química se estudian  realizando ejercicios, no hincando codos. Las asignaturas de “letras” también deberían tener este tratamiento. Las normas ortográficas se aprenden más rápidamente escribiendo, leyendo y realizando ejercicios que memorizando la teoría. Del mismo modo, la literatura, historia y filosofía se aprenden con mayor facilidad si se trabajan activamente, es decir, si se hacen esquemas, practican redacciones, se unen ideas, se dibujan conceptos, es decir, si se aprende a explicarlo con las propias palabras.

 

– Hacerlo nuestro

También ocurre, demasiado a menudo, que por mucho que intentemos conectar con la asignatura, buscar material didáctico acorde con nuestros gustos educativos, motivarnos con nuestros sueños y estudiar intentando hacer más práctico el temario, en muchos exámenes se exige la memorización del contenido para lograr buenos resultados. Como se ha dicho, tal vez no sea lo más adecuado, pero es lo que hay.

Para exámenes en los que se deben memorizar verbos irregulares, fechas, nombres de reyes, tablas periódicas, etcétera, ayuda no limitarse a la simple lectura-repetición hasta que quede grabado en nuestro cerebro. Podemos ayudar a la memorización relacionando conceptos, palabras o números con imágenes, recuerdos, nombres de canciones, o encontrar una lógica propia que permita recordar con mayor facilidad lo estudiado. Por ejemplo, otro, digamos, conocido, estudiando alemán tenía problemas para acordarse de la declinación del verbo irregular mögen (gustar). La primera y tercera persona de este verbo se declina “mag” y el participio “mochte”. Asoció que a él le gustaba el ordenador “Mac” (palabra fonéticamente igual a “mag”) y que también le gustaba llevar mostacho (palabra parecida a “mochte”), así que con esta relación aparentemente absurda pudo incorporar en su vocabulario este verbo irregular: lo hizo suyo.

 

– Organizarse

La organización es básica. No sólo porque ordena las tareas, sino porque clarifica, reduce estrés y elimina el ruido mental. Organizarse implica estructurar el trabajo, especificar qué se estudiará, ubicarlo en días y horas, es decir, fijar el qué, cómo y cuándo. En la mayoría de escuelas e institutos se realizan exámenes, trabajos y deberes de forma continuada, de manera que si obviamos la planificación, al disponernos a estudiar tendremos mil cosas en la cabeza, no sabremos por dónde empezar, perderemos el seguimiento y control de las asignaturas y no gestionaremos bien el tiempo.

El paso inicial que debemos hacer para organizarnos es saber qué se nos pide de cada asignatura, qué cantidad de contenido debemos aprender, su dificultad, prever el tiempo que nos llevará, los recursos didácticos que podremos utilizar y, especialmente, saber cómo prepararlo en función del examen que se nos planteará. Una vez entendida la tarea y qué se nos pide, la fraccionamos en subtareas y las situamos en nuestra rutina.

Llega el lunes y sabemos que tenemos exámenes de física, inglés, castellano, biología y una exposición de historia, y se nos hace una montaña, nos agobiamos y tendemos a procrastinar ante el cúmulo de tareas pendientes. La confusión y la ansiedad por concluir nuestras obligaciones hace que tendamos a escoger la gratificación inmediata y que desplacemos lo verdaderamente importante a un futuro indeterminado. Si llega el lunes y hemos hecho una planificación adecuada, sabremos que al salir de clase estudiaremos durante una hora el tema 3 de biología, que la siguiente hora haremos 10 ejercicios de inecuaciones y que, antes de cenar, en media hora, acabaremos de preparar los últimos flecos del trabajo de literatura. Cuando concretamos reducimos el trabajo y fijamos retos asumibles cuya consecución se limita al mismo día, viendo viable su realización y evitando preocuparnos por las tareas restantes.

 

– Meditar (Mindfulness)

La meditación es una potente herramienta que ya se utiliza en escuelas de los países nórdicos y que ha demostrado que aumenta el rendimiento, reduce la ansiedad y favorece la reflexión de los alumnos. Meditar sirve para eliminar el ruido mental, reducir la complejidad de ideas, problemas e ilusiones a su forma más elemental: prescindir de lo accesorio y superficial y quedarse con lo esencial. Vídeo sobre la meditación en redes.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.