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El fútbol como recurso educativo

escrito el 3 de diciembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

Hace pocos días escribí este artículo con intención de publicarlo. Eso fue antes de la brutal pelea entre ultras de Atlético de Madrid y Deportivo de la Coruña que acabó con un fallecido y múltiples heridos. En este artículo expongo los beneficios de utilizar el espectáculo del fútbol para la educación. El incidente del domingo me hizo dudar de la idoneidad de subirlo a la red y reflexionar si, realmente, este deporte y el circo que lleva consigo pueden resultar una herramienta educativa o, más bien, se ha convertido en un pasatiempo que magnifica las pulsiones más violentas de la sociedad. Sin embargo, creo que precisamente ahora es necesario prestar atención a los aspectos del fútbol que contribuyen positivamente a la sociedad y al crecimiento de los jóvenes, para contraponerlos a la mirada y violencia con la que algunos se acercan a este show.

Cada vez se adhieren más voces que critican el fútbol como espectáculo argumentando que muestra un ejemplo pernicioso para los jóvenes. Celebraciones ostentosas, rivalidades agresivas, cánticos ofensivos, improperios y peleas entre aficiones, discursos llenos de lugares comunes, prensa deportiva imparcial, forofismo, egocentrismo, millones despilfarrados, falta de humildad, estilos de vida superficiales que acentúan la pompa y la exageración, hacen que se considere un modelo poco virtuoso en el que fijarse en contraposición a otros deportes donde sí domina la integridad. “El fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros” indica un dicho británico que muchos esgrimen para reprender la farándula que lleva consigo este juego. Sin embargo, es el deporte más seguido, un escaparate de virtudes y defectos del que aficionados y detractores se hacen partícipes, ya sea como seguidores de algún equipo en concreto o como simples espectadores.

El fútbol, con una presencia acaparadora en medios de comunicación, tertulias de sobremesa y discusiones entre conocidos, ha logrado instalarse en la sociedad como ámbito cultural que define y configura. Seguir a  un equipo o a otro, o no seguir a ninguno, da información sobre la personalidad del individuo del mismo modo que la religión o la ideología política. Incluso podríamos aventurarnos a afirmar que hoy en día, especialmente entre los más jóvenes, tiene más peso. Éstos crecen admirando a Messi, Cristiano Ronaldo o quienquiera que despunte. Miran los partidos, los comentan con sus compañeros, disfrutan de las victorias y se entristecen con las derrotas como si un determinado equipo fuera parte constituyente de sí mismos, como si fuesen realmente partícipes de sus logros y fracasos. Sienten una comunión orgánica hacia unos colores, una empatía que, relativizada y vista desde fuera, resulta irracional y a veces negativa.

Este fenómeno, que embriaga el ánimo de jóvenes y adultos, puede resultar pernicioso cuando se difumina la frontera entre lo que uno realmente es y a lo que es aficionado, pero si se abstrae y se mira objetivamente, constituye una poderosa herramienta con la que introducir valores, despertar el espíritu crítico y aprender de sus mecanismos. La distancia que aporta el sentido común es clave para poder disfrutar y entender el deporte.

Utilizar el fútbol como ejemplo en la educación ayuda a captar la atención del educado, aprovechando la conexión visceral y pasión que despierta en éste.  Los diferentes modos de trabajar de los clubes tienen un paralelismo en el día a día, en el hacer de cada persona. Así, un joven ve con mayor claridad la importancia de ciertos valores y los aplica para sí mismo cuando los observa en el juego de su equipo preferido. Y es que un equipo de fútbol es un grupo de trabajo en busca de la excelencia, cuyo funcionamiento puede trasladarse a diferentes ámbitos: se marcan objetivos, se entrenan para lograrlo, se utilizan, moldean y cambian estrategias, se busca la motivación constante, la superación de obstáculos.

El fútbol puede ser el opio del pueblo, siempre que nos quedemos en la superficie, en el fanatismo, en la aversión al contrincante y en las diatribas insustanciales que anegan los programas televisivos; pero también puede ser el canal que facilite la comprensión de valores educativos, un espectáculo aparentemente intrascendente que refleja la estructura de nuestra vida.  Un equipo de fútbol ejemplifica la gestión de emociones, decepciones, alegrías, depresiones, capacidades, es decir, ilustra el camino seguido hasta lograr un sueño.

Edmund Burke, en el ensayo Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, marcaba la separación entre sujeto y objeto, es decir, la separación entre individuo y obra de arte, como condición de deleite y sublimación artística:  “cuando el peligro o el dolor aprietan demasiado, son incapaces de causar placer alguno, son simplemente terribles, pero cuando están a cierta distancia, y con ciertas modificaciones, pueden ser, y son, maravillosos, como podemos experimentar cada día”

De un modo análogo, si concebimos el fútbol como representación amplia de la vida (con virtudes y defectos), trazamos una línea que nos separe de dicho espectáculo y lo utilizamos a nuestro antojo,  podrá enseñarnos comportamientos, aportar conocimiento, mostrar valores y simbolizar nuestro día a día. Con el fútbol, como con las películas o las novelas, podemos sentir con fuerza, y podemos usar esta pasión para comprender mejor, sin necesidad de perder la referencia y desdibujar la frontera entre lo real y lo representado.

Es interesante fijarse en cómo dirigen los entrenadores, qué modelos siguen, qué dificultades presentan estos modelos y cuáles son sus puntos fuertes. Hasta hace poco en la Liga Española habían dos modelos opuestos de liderazgo, al menos en apariencia: el liderazgo motivacional encarnado en Mourinho y el liderazgo de Guardiola. El primero, siempre según la información sesgada que nos llega, se centraba en estimular a los jugadores con el premio de la titularidad y el castigo de la suplencia; el segundo, según sus entrevistas, prefería hacer disfrutar a sus jugadores en los entrenamientos, pues, según él, las ganas infantiles de chutar el balón eran el motor del juego del equipo. Disciplina y rectitud versus diversión. Como se vio, ambos entrenadores, con estilos contrarios, ganaron títulos hasta hacerse inoperantes. El primero exprimió demasiado a sus jugadores, demasiada intensidad, demasiada obligación; el segundo se fue al no saber cómo devolver la ilusión por jugar o, como algunos apuntan, porque la falta de autoridad hizo que los jugadores dejaran de prestarle atención.

Ver a un jugador que falla una ocasión cantada de gol y se queda estático, cabizbajo, maldiciendo y haciendo aspavientos, y ver a otro jugador que falla y rápidamente corre a recuperar el balón y posicionarse de nuevo, es de los ejemplos más visuales sobre la distinción del coahcing entre error y fracaso. Cuando vives las equivocaciones como un fracaso te culpas a ti mismo, a tu ser, te enfadas, te paralizas y te enquistas en la culpa y la queja; cuando las vives como un error, intentas aprender de lo sucedido para arrancar nuevamente con más información y conocimiento.

También observamos la complejidad del pensamiento positivo en la filosofía de juego de los equipos. En un artículo reciente comenté las palabras de Giorgio Nardone, quien criticaba la creencia instalada en el imaginario colectivo de que el intentar repetidamente algo llevará indefectiblemente  a su consecución. El psicólogo sentencia que no basta con desear mucho una cosa y actuar siempre del mismo modo para conseguirla; el cambio de estrategia es esencial para abordar un reto desde diferentes puntos hasta dar con el adecuado. Y en el fútbol, esta tensión entre ser fiel a uno mismo y cambiar, se percibe claramente con las propuestas de los clubes. Mientras unos cambian la táctica dependiendo de cada partido, adaptándose al rival y acomodando sus características a las exigencias del partido, otros, especialmente los más fuertes, son partidarios de seguir siempre con un estilo definido que es el que les confiere personalidad.

Así pues, el fútbol es un producto cultural que emociona, y en ocasiones altera, pero sobre todo es un paradigma del proceso de conquista de objetivos en el que vemos las diferentes estrategias que se adoptan, un espejo en el que observar aciertos y errores y trasladarlo a nuestra vida particular.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.

En este artículo se exponen los beneficios de utilizar el espectáculo del fútbol para la educación. El incidente del pasado domingo me hizo dudar de la idoneidad de publicarlo, sin embargo, creo que es necesario prestar atención a los aspectos del fútbol que contribuyen positivamente a la sociedad y al crecimiento de los jóvenes para contraponerlos a la violencia e irracionalidad con la que algunos se acercan al deporte.