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El asombro: enseñar a fascinarse

escrito el 9 de abril de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Hace un año se emitió un anuncio publicitario en televisión donde un niño se volvía loco de contento al recibir un palo para su regalo de cumpleaños. Un simple y trivial palo, una rama, un madero, una vara que no llegaba ni a bastón. Desembalaba rápidamente, arrugando nervioso el papel de colorines con el que estaba envuelto, se le abrían los ojos, tomaba aire con la cara de pasmo y se incorporaba para iniciar una carrera por el salón de su casa gritando eufórico el nombre del regalo, mencionándolo repetidamente, como si necesitase decirlo en un bucle incesante para asimilar que era realidad, que había conseguido un objeto muy preciado: “¡un palo, un palo!”. Al público, dice mi pareja que es publicista y de esto sabe, le encantó. No sé si sirvió para vender más de lo que fuese que estaban anunciando, pero seguro que muchos esbozaron una sonrisa ante esa mezcla irresistible de inocencia, ilusión y efusividad que llevaba a la necesaria reflexión de preguntarse el por qué, cuando uno es niño, todo le parece mágico y asombroso, mientras que a medida que crece, esa ilusión se desvanece y da paso a un realismo gris en el que el conocimiento y el control son virtudes más convenientes que la fascinación.

Del mismo modo que la reacción del niño del anuncio acarreaba una pregunta que la mayoría, aunque de refilón, se podía plantear, no es menos cierto que la pregunta conducía a una misma respuesta: el conocimiento hace que se desvele el mundo, que pierda las connotaciones mágicas, irracionales, incomprensibles, que son el alimento de la fascinación y del asombro.

Necesitamos controlar para poder prevenir y saber qué hacer, y el conocimiento es la forma de control más eficaz. Al conocer entendemos, al entender comprendemos el funcionamiento de las cosas y por lo tanto podemos dominarlas. Cuando dominamos y controlamos algo, el asombro se diluye. Por ejemplo, el Diccionario de la Lengua Española Espasa-Calpé define “asombro” como “Lo que causa gran admiración o extrañeza”, es decir, atribuye a la extrañeza, al desconocimiento, un papel fundamental para que se produzca este estado perceptivo y emocional.

Parece lógico y fruto del proceso de crecimiento que el asombro sea un estado transitorio que no deba prolongarse demasiado, pues sería indicador de ignorancia e infantilismo; cuando lo percibimos en los niños sonreímos, pero ante un adulto embobado delante de cualquier cosa pensamos que tiene algún problema. Entonces, cuando vemos anuncios como el citado o contemplamos a los más pequeños fascinados con fenómenos que a nosotros nos resultan comprensibles y racionales, sentimos nostalgia del pasado, una  querencia a retornar a la infancia y vivir los hechos con la intensidad de quien desconoce, aunque sepamos que lo maduro y responsable sea mantener una estabilidad emocional que no permita vaivenes exagerados, que haga considerar las cosas a distancia.

Un ejemplo de esta tensión entre conocimiento y asombro es el protagonista de la última película de Woody Allen, un ilusionista exagerada y paródicamente racional interpretado por Colin Firth, que dedica parte de su vida a desenmascarar médiums y embaucadores. Como mago y actor, conoce los mecanismos del engaño y se debe al poder de la ciencia para la creación de sus espectáculos con los que asombra al público incrédulo, vulgar, impresionable. Encarna el punto de vista del hombre materialista que desdeña todo lo que salga de los patrones de la lógica, una persona descreída y cínica que no deja asombrarse. A lo largo de la película, el protagonista irá sintiendo una necesidad irrefrenable por creer, por dejarse llevar, perder el control y sucumbir ante el asombro, en una batalla contra sus dogmas.

Todos necesitamos ser ignorantes y, por lo tanto, todos anhelamos el asombro. Esta necesidad lleva a experimentar, despierta el ansia de enfrentarse a lo desconocido, de ser un explorador en busca de lo incognoscible. El apetito humano por explorar, indagar, investigar, innovar, no es más que esa voluntad por volver a ser niño, sentirse vulnerable de nuevo, vivir el abismo ante lo sorprendente, probar experiencias que impresionen y fascinen.

Visto así, el conocimiento no está reñido con el asombro, es más, el conocimiento hace que se produzca el asombro. El conocimiento nos lleva a lugares más elevados que abrirán nuevas vías de exploración. El hombre-niño prehistórico sentía fascinación con los rayos y los truenos, el científico moderno se asombra ante las posibilidades del Gran Colisionador de Hadrones. Y es que “la filosofía comienza con el asombro” (Metafísica de Aristóteles), y nos asombramos porque somos ignorantes, y este hecho nos hace querer conocer más, y cuanto más conocemos más asombro sentiremos y más ignorantes nos sabremos. Y aquí reside el gran motor que hace que queramos estudiar y aprender, el fascinarnos ante lo desconocido, querer conocer para maravillarse cada vez más.

Y entonces nos damos cuenta que antes de enseñar a aprender, debemos enseñar a asombrarse.  

 

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.