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Educar para conocer, educar para ser feliz

escrito el 21 de octubre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Conocimiento y libertad han ido de la mano en nuestra cultura. “El conocimiento os hará libres” expresó Sócrates, refiriéndose a la comprensión de la realidad como condición de libertad individual. Esta idea se manifiesta aún con más énfasis en sus conceptos antagonistas: imputamos a la ignorancia todos los males y la vemos como fuente de esclavitud y abuso, probablemente debido a que la información (conocimiento) es poder y los poderosos en demasiadas ocasiones se han aprovechado del pueblo ignorante. Así, la Revolución Francesa prometió llevar la luz al pueblo, es decir, alfabetizarlo y darle conocimientos para derrocar a los tiranos que se aprovechaban de su ingenuidad.

Con el conocimiento  se han erigido imperios,  conquistado pueblos, dominado la naturaleza, aumentando la esperanza y calidad de vida, con el conocimiento se ha construido el mundo tal y como lo conocemos, con sus aspectos positivos y negativos según quien lo observe.

De este modo, si conocer es libertad y conocer hace progresar al ser humano y a la sociedad, es fácil creer que el conocimiento debe ser la llave a la felicidad: cuanto más conozcas, más libre serás y, por lo tanto, más feliz.

Esta idea no es compartida por todos. Hoy vivimos en la sociedad de la información y muchos creen que el conocimiento nos ha hecho más esclavos y dependientes, y observan cómo viven los aborígenes de Papúa, sabedores de cuatro conceptos básicos de supervivencia, pero libres en su ignorancia, libres de ideas bursátiles, del Tae, el euríbor, libres de Spinoza y Kant, libres de matrices e integrales, libres del saber inútil que nada les puede aportar. Del mismo modo, no son pocos los que creen que cuanto menos se sepa, más feliz es uno: “no miro el telediario porque me deprime, no quiero saber lo que sucede en el mundo, ni en mi cuerpo ni en ningún lugar, no quiero preocuparme”. Y es que cuanta más información se tiene, más vulnerable e impotente se sabe uno, y eso, a veces, conduce a la angustia.

En la historia también hay ejemplos que indican que el conocimiento no implica felicidad, sino todo lo contrario, como este texto perteneciente al Eclesiastés, integrado dentro del Antiguo Testamento:

“Y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la insensatez; me di cuenta de que esto también es correr tras el viento. Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor.” (Eclesiastés 1:18).

Más moderno, este fragmento de la novela de Tokyo Blues del autor Haruki Murakami se refiere a la nula cualidad sanadora del saber:

“El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso.”

Y los célebres versos de Ruben Darío haciendo hincapié en el terrible peso que acarrea la sensibilidad y la conciencia (conocimiento de uno mismo y del entorno):

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.

La opinión dominante desde la Ilustración es que cuanto más conozcamos, cuanta más información almacenemos, cuanto más conscientes seamos de nosotros mismos, mayor progreso y felicidad. Sin embargo, como hemos visto, hay puntos de vista discordantes.

Entonces, ¿conocer ayuda a ser feliz?

No necesariamente. Conocer aporta datos para que cada uno los utilice como le dé la gana. Más conocimiento es más información, más posibilidades, más respuestas, pero también más preguntas, más interrogantes. El conocimiento nos da control de la situación al dominar más variables, pero nos hace más conscientes de la complejidad de la vida y, por lo tanto, más vulnerables. Por eso se acostumbra a decir que el ignorante es más orgulloso y confiado que el sabio humilde.

Y aquí se presenta la cuestión que queremos abordar en este artículo: ¿queremos educar para conocer o para ser felices?

De hecho, educamos asumiendo la fusión conocimiento-felicidad, vemos que es una unión indisociable: estudia mucho que te servirá, aprende que lo necesitarás, saca buenas notas para acceder a mejores trabajos, entiende lo que pasa a tu alrededor para espabilarte, interésate por la cultura para no ser un cateto. Y así creemos que el hijo, alumno, joven, será más feliz cuanto más conocimiento adquiera. Por eso valoramos más los trabajos intelectuales que los manuales.

Pero muchos jóvenes no entienden por qué deben aprender tantas cosas, saberes que consideran inútiles: “¿para qué aprender derivadas si seré abogado?” “vaya peñazo filosofía, no importa nada” (aquí, parece que el gobierno también está de acuerdo) y perciben el aprendizaje (adquisición de conocimientos) contrapuesto a la felicidad, pues lo que quieren es jugar o hacer el vago. Los padres y educadores, muy sensatos, intentan que vean que es para su futuro, que están cediendo parte del placer inmediato por un posterior bien mayor.

En este punto, nos  damos cuenta de que es imprescindible que el conocimiento no sea sólo un medio para lograr objetivos. El conocimiento no debe sólo proporcionar felicidad, el conocimiento debe ser felicidad. El aprendizaje no debe ser un trabajo pesado para obtener herramientas que luego sí, usaremos para ser felices; el aprendizaje debe ser gratificante. Así, enseñamos a los jóvenes a que disfruten aprendiendo, sientan curiosidad y amplíen intereses, sean inquietos, estimulen su imaginación, busquen nuevos caminos y deseen entender el mundo.

¿Pero qué pasa si tu hijo te dice que le importa muy poco el mundo y el conocimiento y quiere hacerse pastor o, dejando la vena romántica, que quiere dedicarse a jugar a videojuegos porque es lo único que le gusta y lo demás le da absolutamente igual?

Probablemente cueste comprenderlo y tolerarlo. Es un desastre, ¡un fracaso educativo! No se ha logrado inculcar el amor por el conocimiento. Pero, ¿y si es feliz así? ¿Si lo poco que ha aprendido le ha servido para decidir que no quiere aprender más cosas, que le basta y le sobra para llevar una vida tranquila y humilde sin preocupaciones?

¿Estamos educando para que sea feliz o para que conozca?

La educación es el camino mediante el cual transmitimos valores y conocimientos a los jóvenes para que los utilicen como mejor puedan, entendemos, para ser felices (fin último de toda persona). El conocimiento, pese a que puede abrumar, otorga un grado de conciencia superior que permite lograr estados de felicidad y placer más prolongados. Como apuntaba Epicuro, los placeres del alma son superiores a los del cuerpo. Si se elimina el conocimiento de la ecuación, tal vez se obvien problemas y preocupaciones, pero no se podrá acceder a estados más elevados.

Educar es enseñar a sentir y a pensar. Ambas acciones son necesarias.

A mí, personalmente, si mi hijo no tuviese ganas de aprender me daría mucha pena. Si me dijese que le importa un rábano el mundo y el conocimiento y que sólo quiere pasar de puntillas sin problemas, atendiendo a sus necesidades primarias y siendo feliz  en su hedonismo infantil, me daría pena. Pero no sé si me daría pena por mis prejuicios intelectualistas o porque realmente considero que la belleza, el amor y la felicidad, lo que nos hace humanos, requieren de curiosidad y conocimiento, aunque este también lleve a penas y pesares:

“Digues, foll, has diners?

Respòs:

He amat.

Has viles, ni castells, ni ciutats, condats ni dugats?

Respòs:

He amors, pensaments, plors, desirers, treballs, llanguiments, qui són mellors que emperis ni regnats.”

(Dime, ¿tienes dinero? Tengo amor. ¿Tienes villas, castillos, ciudades, condados o ducados? Tengo amores, pensamientos, penas, deseos, trabajos, “depresiones”, que son mejores que imperios y reinos)

Ramón Llull Llibre d’amic e amat

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.