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Educar en la responsabilidad

escrito el 24 de marzo de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

La responsabilidad es el valor que indica el grado de madurez de una persona. Solemos exigírsela a los jóvenes como prueba de que pueden ser tratados como adultos y a los adultos como testimonio de que realmente son adultos. Así, cuando nos encontramos a un pequeño que explica coherentemente  y justifica lo que quiere, decimos que parece una “persona mayor” y nos sorprende la conciencia que tiene de él mismo y de lo que le rodea, en cambio, al toparnos con una persona hecha y derecha que va dando tumbos por la vida sin ton ni son, decimos que es un Peter Pan, un niño atrapado en el cuerpo de un adulto.

Responsabilidad (del latín responsum: ser sujeto de deber)  es el valor que determina hasta qué punto nos encargamos de algo, ya sea externo (trabajo, relaciones sociales o estudios) o interno (sentimientos, emociones, apetencias).  Responsabilidad es ser consciente de las consecuencias que acarrea el propio comportamiento: cómo sopesamos los pros y contras de nuestros actos y anticipamos las consecuencias que podrían derivarse. Así pues, no es un valor pasivo, sino una previsión activa y analítica que hacemos para determinar qué decisiones nos resultarán más beneficiosas en un futuro, tomando conciencia de aquello que más nos conviene.

Por eso asociamos la responsabilidad a la madurez, al ser un valor que permite discernir entre lo que resulta positivo, al tratarse de una capacidad que se adquiere con el tiempo a medida que se incrementa el autoconocimiento y la racionalidad. En el Test del Marshmallow se ofreció a uno niño una nube de chuche, diciéndole que si no se la comía mientras esperaba solo en la habitación al final tendría una segunda nube como recompensa. El psicólogo Walter Mischel de la Universidad de Stanford descubrió, con este experimento realizado en 1972, uno de los factores más importantes que determinan la madurez: la habilidad para “postergar la gratificación”, es decir, la capacidad de escoger el bien mayor ante la satisfacción inmediata, que, por otra parte, es condición de éxito.

Por ejemplo, si un padre de familia decide no levantarse para ir a trabajar porque está cansado, está escogiendo la gratificación inmediata aun a riesgo de que lo despidan y no pueda pagar las siguientes mensualidades de la escuela de sus hijos, por lo que no está siendo responsable con el bien mayor con el que se comprometió al formar una familia. Y es que a la definición de responsabilidad debemos añadir un concepto imprescindible: el compromiso. Sólo se es responsable si se está comprometido. No debemos ver en la responsabilidad el cumplimiento de una obligación, sino el actuar movido por un compromiso escogido libremente. Ante una obligación se puede ser obediente, pero no responsable. Esto es, me comprometo y soy responsable porque quiero, no porque debo o tengo que. Si un chaval va al colegio por miedo a que lo castiguen, no está siendo responsable, está siendo obediente; será responsable cuando por decisión propia se comprometa con su futuro (bien mayor) y haga lo posible por aprender en la escuela pese a que le cueste quedarse en casa estudiando sin quedar con los amigos (gratificación inmediata). Por esto, sólo si realmente queremos algo a futuro podremos anteponerlo al primer impulso, si lo hacemos por unas reglas impuestas, lo hacemos obligados sin que importe si nos conviene o no, actuando como ovejas o autómatas.

Generalmente, los compromisos son fruto de otros compromisos, la responsabilidad deriva de la responsabilidad. Tomando como ejemplo el caso anterior, un joven se responsabilizará de sus estudios cuando previamente se haya comprometido con lo que querrá ser de mayor y, de este modo, vea su paso por la escuela como algo necesario para conseguir su meta; a su vez, estará comprometido con su futuro cuando sea consciente de cuáles son sus gustos y motivaciones y haya decidido potenciarlos, pues sin saber qué queremos no sabemos a dónde vamos y actuamos por azar, sin ser dueños de nosotros mismos. Así pues, un paso lógico sería: me gusta leer, me gustan los libros, tengo curiosidad por escribir, me gusta escribir, quiero ser escritor, estudiaré el bachillerato humanístico y después el grado de Filología.

Este proceso lógico muchas veces es imposible debido a la falta de confianza en los jóvenes. El problema surge cuando de repente, sin que con anterioridad les hayamos educado para que tomen decisiones libremente, exigimos a los adolescentes que asuman responsabilidades porque ya empiezan a tener edad para hacerlo. Cumplen dieciséis años y deben escoger qué bachillerato o módulo estudiarán, o si empezarán a trabajar (opción que no acostumbra a gustar a los padres). Pero para tomar decisiones, es decir, para asumir responsabilidades, previamente se debe estar comprometido, y para estar comprometido se tiene que estar acostumbrado a decidir en libertad, según el propio criterio. Este aspecto es algo que acostumbramos a obviar, les decimos lo que tienen que hacer, cómo deben hacerlo, les damos los porqués, los paraqués, los motivos por los que tienen que hacer aquello o dejar de hacerlo, los azuzamos con premios y lo asustamos con castigos, de manera que llegan a la adolescencia sin haber asumido responsabilidades, sólo con un saco repleto de obligaciones para con los padres, la escuela y los códigos establecidos. Entonces, un buen día le preguntamos a nuestro hijo “¿Ya has pensado qué quieres hacer?”, “¡Espabílate, ya no eres un niño!” o nos quejamos poniendo el santo en el cielo porque el “crío” no sabe qué hacer, está desmotivado y saca malas notas. ¿Cómo podemos exigirle responsabilidad y que asuma retos, que se ponga metas y agarre las riendas de su destino, si nunca lo hemos tratado como a un adulto, si aún funciona con promesas y amenazas?

La responsabilidad es un valor que se entrena y debe empezarse a inculcar desde pequeños mediante el autoconocimiento y la motivación de gustos y aptitudes, ir eliminando la educación del premio y del castigo (que al fin y al cabo es coacción y manipulación) por una educación erigida en el compromiso, en fomentar la ilusión de los niños para que aprendan a tomar decisiones porque quieren, no porque deben. Es una educación más lenta y “desesperante”, pues los niños se equivocarán (como los adultos), en muchas ocasiones no irán en línea recta, pero estarán inmersos en el proceso de crecimiento y maduración que les permitirá desarrollarse, conocerse, saber qué quieren y qué harán para conseguirlo.

Educar es motivar, no obligar; sólo así formaremos a jóvenes responsables.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.