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Educar en el pueblo o en la ciudad

escrito el 24 de febrero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

La naturaleza educa al hombre para las relaciones sociales y por medio de las relaciones sociales

John Dewey

Crecí en un pueblo, y si bien no era un entorno idílico de bosques frondosos, ríos cristalinos y extensos prados verdes, sí tenía algunas de las particularidades que atribuimos generalmente al pueblo: saludar por la calle, aire libre, jugar en las plazas, tranquilidad, poco tráfico, costumbres sencillas, fiestas populares. No era un pueblo en el que ordeñar vacas y pastar ovejas, no era un ambiente rural sacado de una novela de Steinbeck o Delibes, pero en su esencia conservaba aquellas peculiaridades que, sin tener que fijarse en el número de habitantes, hacen que un pueblo sea un pueblo y no una ciudad.

Estar en contacto con la naturaleza y la comunidad son las premisas forzosas para que un agrupamiento de edificios reciba este apelativo. La naturaleza era escasa. Un riachuelo apestoso al que, inconscientes, a veces acudíamos a cazar ranas, muchos viñedos –que tal vez desde fuera parezcan bellos pero no tienen ningún interés más allá de producir uva-, caminos de tierra flanqueados por bosques de pinos que comunicaban con pequeñas aldeas, alguna colina desperdigada y demasiado matorral. La comunidad era activa y reunía todos los estereotipos que se le atribuye a la vida provinciana: conocerse todo el mundo, habladurías, celebraciones conjuntas, casas abiertas, poca intimidad.

Era un entorno que no eché de menos una vez abandonado, más bien fue una liberación deshacerme de la opresión del boca a boca y de la poca variedad de actividades. Corrí presuroso a refugiarme en el anonimato de la ciudad y las posibilidades que ofrecía. He estado muchos años encantado de haberme largado de ahí. Pero ahora, pensando a corto plazo en la educación que recibirá mi hijo, veo en el pueblo un aliado para enseñar valores que en la ciudad pueden quedar desdibujados.

Los periódicos y telediarios están empachados de noticias tremendistas sobre el calentamiento global, el deshielo de los polos, la deforestación, la insalubridad de la atmósfera, la extinción de especies, y pocos dudan en señalar el modo de vida que llevamos como culpable. Otro tema recurrente es la crítica al modelo urbanita, a la masificación de la población, alienación, impersonalidad y falta de seguridad que acarrea. Por eso en los últimos años han proliferado propuestas que persiguen integrar comunidad y medio ambiente en la ciudad: huertos urbanos, asociaciones vecinales, casales de barrio, zonas verdes o agrupaciones de actividades diversas. La idea parece clara, trasladar las ventajas del pueblo a la comodidad de la metrópoli, acercarnos de nuevo a la tierra y a las relaciones comunitarias aunque sea en un entorno de cemento.

A mí me parece un sucedáneo, no me lo acabo de creer, esos huertos en las azoteas de los edificios con las palomas rondando por ahí no me inspiran confianza, pero sé que es una cuestión subjetiva, hay fieles defensores de los tomates cultivados en un balcón. Pero como veo difícil que la ciudad asuma la vida de pueblo, me interesa, en un ejercicio de reflexión distendida, especular si es más conveniente para la educación de un niño crecer apartado del ruido y los semáforos.

En todo momento hablaré de posibilidades hipotéticas, exagerando las características de cada lugar, cayendo en el maniqueísmo para, desde la exageración y el cliché, valorar pros y contras. Ruego disculpen las generalizaciones y los tópicos de bulto.

A favor de la educación en un pueblo:

Libertad. Los niños asumen responsabilidades derivadas de la mayor libertad que a su vez brinda la seguridad del pueblo. Por ejemplo, pueden ir solos a la escuela sin necesidad de ser acompañados hasta los dieciséis años por miedo a que les pase algo. También pueden quedar con sus amigos, ir de casa en casa, de plaza en plaza, y pulular por el pueblo como pequeños salvajes, con muchas menos restricciones que las requeridas en un entorno urbano. Aprenden antes a ir por libre y ser autónomos. Esta libertad, reforzada con una sólida educación, favorece el crecimiento y madurez del joven.

Seguridad. En un pueblo todo el mundo se conoce, evitamos alarmar, crear miedos e inseguridades con frases como “no puedes ir en metro solo”, “el barrio X ni pisarlo”, “antes de que anochezca, en casa”, “no hables con desconocidos”, “vigila que por ahí roban”, “el otro día a Fulanito lo atracaron”… Simplificamos las órdenes con un “a las 20h en casa”, y contamos con que lo peor que puede suceder es que llegue con las rodillas peladas y un par de cardenales. El entorno es amigable, una posibilidad, no una preocupación.

Sociabilidad. Las relaciones intergeneracionales e interclasistas son habituales. Las actividades en el pueblo, debido al número de habitantes, mezclan diferentes edades y clases sociales por necesidad. Esto ayuda a entender mejor diferentes formas de ser y vivir, desarrolla la empatía y adaptarse a contextos y personas. Generalmente, en la ciudad, la segregación es más evidente y la población está más segmentada.

Deporte y vida al aire libre. Pese a que los ordenadores, tablets, móviles, videoconsolas y demás inventos han cambiado el ocio de los chavales, un pueblo siempre se prestará más a salir a construir cabañas, echar partidos de fútbol a lo largo de la calle, jugar a pimpón en el garaje de los abuelos de tu amigo, ir a pescar renacuajos, explorar los bosques circundantes, salir en bici, hacer guerra de globos de agua o  llamar a los timbres de los vecinos. Prácticas y gamberradas que desarrollan la picardía, la autonomía, el sentido de bien y mal, la autocrítica y la responsabilidad, más que pasar las tardes en casa enchufado a cualquier dispositivo electrónico. En un pueblo también puede suceder el aislamiento virtual, mal que todo padre está harto de combatir, pero la oferta lúdica es más amplia y jugosa para los más jóvenes.

Naturaleza. Creo esencial tener un vínculo con el entorno en el que se habita y, si bien se desarrolla un apego indudable a las calles de tu ciudad, plazas, monumentos e incluso comercios, considero más profunda la relación con la naturaleza y con la pequeña comunidad. No es un pensamiento excéntrico ni ecologista, veo inapelable el hecho de que la tribu toraja de Sulawesi tenga una conexión más potente con su hábitat que un ciudadano de Barcelona o Madrid. El sentimiento de pertenencia, especialmente durante la infancia, dota de estabilidad y seguridad al individuo y favorece el sentido de identidad. En un mundo cambiante, en constante transformación, donde los avances tecnológicos transforman nuestra forma de vivir y demandan constante adaptación, es importante  mantener estructuras inmutables que den sentido al conjunto y nos signifiquen, nos sitúen en un marco en el que podamos entender quién somos. Los pueblos todavía pueden ofrecer esta posibilidad; las ciudades se transfiguran rápidamente y es fácil perder la referencia, vernos en un lugar impersonal donde somos visitantes de paso.

En contra:

Los beneficios de un pueblo para la educación de un hijo pueden acabar convirtiéndose en desventajas, especialmente cuando éstos crecen. La adolescencia exige cambio; se abandonan las cabañas, los juegos en la calle, la aventura de las pequeñas expediciones al río  y se buscan alternativas que en la mayoría de ocasiones no pueden encontrarse en el pueblo. La mayoría de jóvenes demandan nuevas actividades estimulantes que les hagan crecer o, simplemente, pasar el rato. En un pueblo las ofertas son limitadas, así que quien tenga inquietudes al respecto debe salir a encontrarlas, por lo que la seguridad se convierte en incertidumbre y descontrol ante las nuevas exigencias de ocio.

En la adolescencia las ganas de experimentación, de probar cosas nuevas, se  acrecientan y necesitan desplegarse en actividades que abran posibilidades, si el pueblo no puede ofrecer esta salida, la experimentación deriva en experimentar porque sí –con los peligros que conlleva- o bien se acomoda y desvanece. La ciudad, en cambio, parece que posee más y mejores mecanismos para canalizar este ímpetu.

Muchos jóvenes acaban hartos y aprovechan la universidad para huir y ampliar horizontes. Es un proceso natural, algo que debe suceder por el bien de su crecimiento. Pero la duda está en los años de tránsito, cuando no son mayores para salir ni pequeños para quedarse.

Otro aspecto negativo del crecer en un pueblo es el sometimiento continuo a la opinión pública. Los aspectos positivos de vivir integrado en una comunidad requieren la pérdida del anonimato. El espacio público y privado se confunden y esto, especialmente para un adolescente, puede suponer un problema. Se ponen etiquetas, se fijan prejuicios, se juzga más de la cuenta, hay indiscreción donde en la ciudad hay indiferencia, y resulta complicado escaparse de los sambenitos colgados. Esta intromisión en la vida personal cohíbe y tiende a homogeneizar la conducta pública de los habitantes. El qué dirán hace de filtro y estandariza el comportamiento y las particularidades de cada uno, generando vergüenzas y miedos en quien decide salirse de la normalidad.

Entonces dudo: educar a mi hijo en un pueblo o en una ciudad; crecer integrado en una pequeña comunidad, con la libertad y seguridad de un entorno reducido, o crecer  en la libertad del anonimato y las posibilidades.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.