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Dudar para crecer

escrito el 26 de enero de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

¿Es conveniente que los jóvenes duden, interroguen, discutan y se opongan a los mayores?

Muchos padres se llevan las manos a la cabeza cuando su hijo empieza a cuestionar las pautas de conducta por las que se ha regido la vida familiar, cuando desacata la autoridad de un profesor o cuestiona el sentido de sus obligaciones. Pero la duda está implícita en la adolescencia, el preguntarse quiénes somos y cuál es nuestro papel en el mundo que habitamos. La personalidad se forja en estos acuerdos y desacuerdos, en fijar qué es bueno y qué es malo porque uno mismo ha llegado a esa conclusión después de dudar e indagar en las raíces de los argumentos.

Descartes está considerado el padre de la filosofía moderna. Este título le fue otorgado al considerar al filósofo francés el primero en cuestionar las verdades establecidas y buscar un método que lograse filtrar los prejuicios para encontrar verdades innegables. La duda como proceso para hallar evidencias justificadas y objetivas marca un punto de inflexión en la filosofía, dando paso a la modernidad. De un modo análogo y salvando las distancias, también es la duda la que indica el paso de la infancia al mundo adulto: el cuestionar los preceptos impuestos como válidos y la voluntad de encontrar una explicación razonable que argumente el por qué de las cosas. Del mismo modo que en la historia de la filosofía, la madurez llega cuando requerimos motivos que nos hagan aceptar o declinar lógicamente una norma o un hábito comúnmente aceptado.

Sucede que, si el joven (y los mismo pasa con los adultos) no está preparado y su espíritu crítico está poco trabajado, el método cartesiano de la duda da paso a un cuestionamiento parcial y subjetivo sobre  temas relevantes que afectan a uno mismo. El propósito deja de ser encontrar certezas y se transforma en una búsqueda subjetiva de argumentos que justifiquen la posición que más conviene a uno mismo.

Especialmente cuando la personalidad se está forjando, el alumno pone en duda los métodos de un profesor, la forma de calificar un examen, el régimen de sanciones en clase o las órdenes recibidas de sus padres, porque no se amoldan a sus apetencias personales, en la mayoría de ocasiones, inmediatas. Si no se le deja salir hasta las cinco de la madrugada, interroga, discute, esgrime peroratas pseudo racionales que intentan poner en duda la idoneidad de tal medida. Sin embargo, el objetivo no acostumbra a ser entender por qué, sino desmontar la argumentación contraria para obtener lo que uno más desea en el momento. Es aquí cuando bajo la duda y la razón se puede caer fácilmente en la excusa y, por lo tanto, cuando más alejados estaríamos del método cartesiano y de la madurez.

En la adolescencia se empieza a discutir con más asiduidad, se utilizan razones contrapuestas a otras opiniones y se intenta dar un peso lógico a los actos efectuados. Esa pretendida racionalidad a veces esconde concepciones arbitrarias y enmascara la volatilidad del carácter de uno mismo. El “no entiendo por qué debo hacer esto” en realidad es un “no me gusta hacer esto” y éste, a su vez, “ahora mismo no me apetece y prefiero hacer otra cosa”. Bajo esta circunstancia, el espíritu crítico no es más que un subterfugio que potencia su opuesto, las creencias subjetivas.

La razón y la duda pueden servir para poner en entredicho los prejuicios, aprender a mirar desde fuera, empatizar con opiniones contrarias y llegar a acuerdos, examinar actitudes propias, entender mejor la realidad, pero también puede servir para preservar la irracionalidad infantil y la apetencia caprichosa. Cuando esto último sucede, es cuando alimentamos nuestros propios prejuicios y generamos una serie de creencias limitantes que nos perjudican, pero que nos sirven para justificar en un primer momento nuestra postura frente al mundo. Por ejemplo, un alumno puede creer haber llegado a la conclusión de que un determinado profesor le tiene manía después de haber analizado racionalmente los hechos y darse cuenta de que sus pobres resultados en la asignatura no se deben a su falta de trabajo, sino a la tirria que le tiene el docente. Llega a esta creencia recopilando datos sesgados que refuerzan su idea: levanté la mano y no me hizo caso, me bajó injustamente un punto en el examen, con otros alumnos habla y conmigo no, etcétera. Esta conclusión acostumbra a servir para evitar la autocrítica y ceder la responsabilidad de los malos resultados académicos. Esta creencia le aliviará inicialmente, pero le acarreará problemas en un futuro al no aprender a afrontar sus propios errores.

Dichas creencias limitantes, es decir, ideas a las que llegamos presuntamente mediante la razón, las validamos y las integramos dentro de nuestro repertorio de evidencias indudables, pueden resultar perjudiciales e impedir que obtengamos aquello que nos proponemos.

Fulanito, a los 14 años, estuvo unos meses un poco distraído y bajo el rendimiento escolar. Después de que profesores le avisasen y de que sus padres le diesen alguna que otra charla, se preguntó para qué estudiaba y qué sentido tenía aprender química, cuando él, lo que quería ser, era… en fin, aún no lo sabía, pero desde luego que nada relacionado con la química. También se cuestionó el por qué estudiar matemáticas, una asignatura aburrida que no le serviría de mucho. Tantos años yendo al cole sin preguntarse el motivo y ahora llegaba a la conclusión de que estudiaba porque le obligaban, porque no era lo suyo, no le gustaba, él estaba hecho para otras cosas. Fue una de sus primeras dudas, uno de los primeros indicios de madurez que, paradójicamente, le llevaron a una conclusión pueril y a refugiarse en una creencia que le limitaba de cara al futuro.

Por eso es comprensible que los padres se preocupen cuando detectan demasiados interrogantes en sus hijos, especialmente, interrogantes cuya respuesta corre el riesgo de ser la más cómoda y menos crítica.

Pero es con la duda, con la misma con la que a menudo potenciamos dichas creencias limitantes, con la que podemos y debemos combatirlas. Potenciando la duda en los jóvenes conseguiremos que éstos maduren y crezcan. No sólo la duda ante lo externo, ante los consejos de los padres, las normas de la sociedad, las órdenes de los profesores, sino la duda ante las propias creencias, los propios pensamientos.

La duda debemos aplicarla para fundamentar las creencias. Éstas son opiniones, ni verdaderas ni falsas, que posee un individuo en concreto y que muestran una forma particular de ver la realidad. Las creencias pueden ser fundadas o infundadas, es decir, pueden estar justificadas racionalmente o no, y pueden ser posibilitadoras o limitantes. Primero debemos dudar de nuestras creencias, o ayudar a los jóvenes a que duden de ellas, conferirles provisionalidad para después proceder a examinarlas teniendo en cuenta:

– Los beneficios que nos llevan a tener una creencia en particular. El para qué de creer algo, qué obtenemos.

– El ámbito en el que aplicamos la creencia. Por ejemplo, creemos que somos tímidos, pero dónde: ¿en el trabajo?, ¿familia?, ¿con los amigos?

– El estándar que aplicamos. Siguiendo el ejemplo anterior: ¿tímido respecto a qué o quién?, ¿Qué es ser tímido?

– Fundamentar una creencia contraria: reunir evidencias que contradigan nuestra creencia y que justifiquen la idea opuesta.

Este procedimiento, poner en duda nuestras creencias, sirve para reflexionar sobre nuestra forma de interpretar la realidad, de ver las cosas, justificar nuestras posturas, ver qué ideas nos hacen mejorar y cuáles nos impiden progresar, nos cierran puertas y nos aíslan en una burbuja hermética en la que tan solo contemplamos nuestra realidad parcial.

La duda debe servir para hacernos salir de nuestra zona de confort, no para refugiarnos en ella y utilizarla para justificar posiciones cómodas.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.