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Dar Esperanza a los Jóvenes

escrito el 17 de septiembre de 2014 en Artículos con 0 Comentarios

A lo largo de la historia de la filosofía –que entendemos desde los presocráticos hasta las corrientes posmodernas-, han surgido multitud de explicaciones encaminadas a tranquilizar al pueblo, especialmente en épocas turbulentas de escasez material o crisis espiritual. No es de extrañar que durante la última crisis algunos filósofos y docentes  retomaran el estoicismo para tratar de ofrecer, a quien estuviese dispuesto a escucharlo, una propuesta tranquilizadora para sobrellevar las dificultades evitando el sufrimiento. El estoicismo, como corriente surgida en tiempos de precariedad, asume que el ser humano no debe preocuparse por lo que venga, pues el destino está escrito y su libertad se limita a acatar (aceptar de buen grado, utilizarlo en su favor) lo que suceda. Así, una persona estoica es la que reconoce que hay fuerzas más grandes que él contra las que no puede rebelarse, por lo que decide aguardar el futuro y abrirle los brazos sea cuál sea éste.

Del mismo modo, desde la segunda mitad del siglo XX, muchos han recurrido, y siguen haciéndolo, a la filosofía oriental para calmar la ansiedad que a menudo produce la agitación de vivir en occidente. Una ola de libros divulgativos con mayor o menor profundidad, muchos de ellos meramente expositivos, aforismos sosegantes, oraciones motivacionales, pequeñas píldoras de esperanza que han generado un género en sí mismo: la autoayuda. Algunos de estos libros se limitan a narrar parábolas con moraleja optimista, otros dicen haber encontrado la clave y presentan ejercicios, una guía que si se sigue metódicamente dará como resultado la felicidad. Bestsellers como El Secreto, que parten de la insidiosa premisa de que si deseas algo con mucha fuerza, tarde o temprano llegará, dan un respiro a personas frustradas y agotadas que no consiguen aquello que desean. Ofrecen una luz, abren una puerta a la vitalidad, a la acción, a lanzarse por lo que uno anhela, pero esta luz es engañosa y pronto se apaga, causando decepción, ayudando a convertir a las personas en cínicos descreídos o, peor aún, en personas sin autoestima que, fiándose de las indicaciones de un libro publicado para vender cuantas más copias mejor, han visto cómo ni por éstas sus sueños se hacen realidad.

Dar esperanza puede resultar más cruel y perjudicial que educar como pesimistas redomados o, como algunos dicen,  “realistas”. El psicólogo Giorgio Nardone asegura que la ley de la atracción es un falso mito moderno. Tanto a esta ley como al pensamiento positivo las llamas psicotrampas, mecanismos repetidos de comportamiento que, pese a parecer válidos en un primer momento, conducen a una ineficiente forma de afrontar y resolver problemas. “Hay muchas personas que están tristes porque se esfuerzan en ser felices”, comenta Nardone, ya que insistir invariablemente y pensar en positivo cuando hay sobrados motivos para estar preocupado sólo agrava el problema. Según este psicólogo, es mejor ser conscientes del dolor para poder entenderlo y trabajar para cambiar la situación o aceptarlo.

Ni tanto ni tan calvo.

Es evidente que El Secreto, 10 pasos para la sabiduría emocional, el Método del boquerón o cualquier manual de moda, no es la respuesta a las complicaciones eternas que acontecen en la vida. Algunos compañeros que tuve, en cambio, ciertamente se volvieron más optimistas después de leer al pensador pesimista E. M. Cioran (algo que no recomendaría a todo el mundo). En este punto considero más prudente la posición de Nardone; puestos a escoger entre extremos, prefiero recrearme en el problema antes que pensar que la felicidad es cosa de cuatro ejercicios diarios.

Pero no se trata de escoger entre el estoicismo o creer que podemos llegar a ser lo que nos venga en gana; no se trata de decidir entre ser optimistas o pesimistas, esperar lo mejor para tirar palante (vivir en el engaño) o esperar lo peor para no decepcionarnos (vivir en el abatimiento). Se trata de tener una visión aristotélica y racional del término medio y saber cuándo, cómo y qué tipo de esperanza debemos brindar a los jóvenes (y, de paso, insuflarnos nosotros mismos).

Es indispensable y humano dar esperanza, tener esperanza.

Desde pequeños nos alimentamos de esperanza, de creer que de mayores seremos astronautas, pilotos de F1 o actores. Por el camino nos convertimos en seres pragmáticos que, bien por miedo, indecisión o por cambio de preferencias, nos apartamos del camino que contemplábamos como ideal. Nos ponemos objetivos más alcanzables y los adecuamos a aquello que creemos que nos conviene más y se ajusta mejor a nuestras características. Pero seguimos teniendo esperanza. Esperanza de formar una familia, de ser bohemios que se pasan la vida viajando, de trabajar en lo que uno quiere, de abrir un negocio propio o de vivir en las selvas de Borneo cuidando orangutanes.

Del mismo modo que sucede con el refuerzo positivo, la esperanza en los jóvenes debe utilizarse cuando y como se debe. El joven debe tener ilusiones y tocar de pies en el suelo; esperar lo mejor y prepararse para lo peor. Debe aspirar a mejorar y debe ser consciente de las dificultades del camino, teniendo en cuenta que uno no tiene el control de todos los factores que intervienen en el desarrollo de los acontecimientos, pero sí de cómo los afronta. En este punto, ser un poco estoico ayuda a afrontar con ímpetu los problemas que lleguen y a objetivarlos desde fuera.

A los jóvenes se les debe dar esperanza, sí; pero también se les debe educar para que crezcan en la decepción, en el error, para que aprendan de los tropiezos y reformulen el acercamiento a sus objetivos, corrijan, cambien o transformen sus anhelos. Insistir, insistir y volver a insistir subraya el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, pero no por tropezar debemos abandonar nuestro objetivo, sino la forma en la que nos acercamos a éste. La esperanza es la idealización de un futuro que ansiamos que se concrete, la esperanza muestra lo que somos y lo que queremos y, sobre todo, indica las carencias del presente, así que la esperanza debe servir de catalizador, de motor que ponga en marcha la maquinaria que nos empuja a vivir.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.