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Criticar no está de moda

escrito el 31 de enero de 2018 en Artículos con 0 Comentarios

Criticar es saludable, genera endorfinas, aumenta la serotonina, ensancha los pulmones, cura dolencias, aligera melancolías, combate el tedio, te hace más sabio, fabrica enemigos y encuentra amigos enemigos de los enemigos fabricados. Dicen que no es honorable ni noble, será porque los nobles no tenían motivos para criticar. Se ve como un acto vulgar, plebeyo, de taberna o mercería, de vino rancio, de en un banco viendo el tiempo pasar, de perdedor, plañidero y derrotado.

Pero criticar es atrevido y valiente. Y los que critican son más sensibles que los que arreglan el mundo. Estos se hacen más pesados, creídos y pagados de sí mismos. El criticón es humilde y altruista, y carga con el peso de la conciencia y la razón que no poseen aquellos que viven despreocupados en su mundo de fantasía donde todo encaja. El criticón ha salido de la caverna y evidencia el chirrido de las mentiras oxidadas. El criticón es un sabio que se entrega a quienes se atreven a oírlo.

Criticar es un arte, y criticar puede (debe) ser un acto elegante, gracioso, sutil y pedagógico. Las mejores mujeres, los mejores hombres, han criticado a destajo. La ironía es una crítica, el sarcasmo es una crítica, el humor es una crítica, la filosofía es una crítica, el pensamiento es una crítica, escribir es una crítica, el arte es una crítica y, en general, cualquier construcción, obra, elaboración o acto humano reseñable y respetable, nace de una crítica.

Sí, claro, no es lo mismo La genealogía de la moral de Nietzsche, un gag de Monthy Python o el Guernica que quedar con un colega para dejar patitieso a otro amigo común. ¡Pero la crítica en sí no tiene la culpa! Que en las escuelas no enseñen a los chavales a criticar no es pecado de la crítica. Criticar es como la Fuerza, a Yoda me remito, gran maestro jedi y mejor persona, se trata de saber usarla.

Existe una tendencia biempensante que exige hablar en positivo o corres el riesgo de ser juzgado y condenado por cascarrabias o tóxico (concepto que, paradójicamente, suelen usar las personas tóxicas). Y bajo esa superioridad de moralismo naif, esos criticones anticrítica le dan demasiada cera a la queja legítima. El inconformismo se banaliza cuando la guía del buen vivir se basa en escoger una posición, no quejarse, ser superficialmente positivo y estar moderadamente satisfecho. Se abusa del uso de frases motivacionales, de esas que pretenden crear una sociedad lobotomizada de mejores personas, que confunden negatividad con crítica y por ello critican demasiado a la crítica.

Tiempos donde todos van a una, donde las tendencias son inequívocas y compactas, bloques sin rendijas, eliges un programa y no te sales, no vaya a ser que dudes, critiques o digas algo que no toque. Y así se deshacen de la filosofía en Bachillerato, y en unos años la sustituirán por un asignatura de autoayuda donde los viejos pensadores gruñones serán relevados por cientoypoco caracteres de puro y genuino optimismo acrítico.

Leí hace poco un artículo donde el antropólogo Iñaki Domínguez, en su ensayo Antropología del moderno, afirmaba que “si algo se puede decir de los colectivos que va a la última hoy en día es que el pensamiento crítico brilla por su ausencia”, así que propongamos algo y dejemos de quejarnos:  enseñemos a criticar, a ver el cartón, a no callarnos cuando huele a chamusquina , a no hacer oídos sordos, a no mirar hacia otro lado, a darnos cuenta, a ser conscientes, a no seguir al rebaño; enseñemos a diferenciar ser crítico de ser negativo. Porque enseñar a criticar es enseñar a pensar, es ofrecer la posibilidad de tener personalidad, es dar un espacio para construir.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.