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Las comparaciones son odiosas

escrito el 25 de febrero de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

“Las comparaciones son odiosas” es un dicho tan repetido que ya pocos se atreven a pronunciar; “a nadie le gusta que lo comparen” es una máxima del saber popular. Pocas veces, bien por prudencia o por educación, nos atrevemos a comparar a alguien con el que estamos charlando con otra persona ajena a la conversación, y aún menos con alguien que esté presente. En ocasiones, cuando a un amigo queremos subirle la autoestima, caemos en la torpeza de contraponer su situación con la de otro: “estás mejor de lo que crees, Fulanito no tiene ni eso ni aquello”. En otras ocasiones, cuando queremos motivar una reacción, también recurrimos erróneamente a hacer paralelismos en el sentido contrario: “mira a ése qué bien le va haciendo esto, podrías seguir su ejemplo”. Pero, generalmente, evitamos someter a alguien al ejemplo de los demás, a compararlo frontalmente, y menos si ese otro es conocido. No nos gusta sentirnos juzgados, no nos gusta que se perciba que quienes nos rodean hacen las cosas mejor que nosotros, y entendemos que a los demás no les guste sentirse inferiores a nosotros en una comparación.

Nuestra seguridad se ve menoscabada cuando nos someten negativamente al ejemplo de otra persona, así que acostumbramos a tener tacto y evitarlo. Tampoco es productivo recurrir a la crítica de los demás para alabar las virtudes de quien tenemos enfrente, pues éstas deberían hablar por sí solas. “Que cada uno haga lo que le parezca con su vida” o “cada cual tiene sus circunstancias y hace lo que puede” son sentencias comúnmente aceptadas que nos mantienen a salvo de las comparaciones. Por ello, entre amigos, somos muy precavidos al comparar, pues no deseamos ofender. Aún somos más prudentes con nuestras parejas, desconocidos y, excepto en la infancia y adolescencia, con nuestros padres y hermanos. Los queremos, respetamos y no deseamos herirlos.

Con los hijos no sucede siempre así. En la educación la comparación es una herramienta que se esgrime en demasiadas ocasiones para vencer en una discusión o para reprochar actitudes. No comparamos rasgos ni habilidades, gracias a dios, no caemos en espetarle al chaval que su amigo es más listo, más alto, juega mejor al fútbol o es más espabilado que él, pero sí comparamos comportamientos y los enjuiciamos diferenciándolos de los de la gente de su alrededor: “María estudia más que tú y por eso saca mejores notas”, “Marc se hace la cama y pone la mesa cada día, no como tú”, “Ana ha conseguido un trabajo en verano y ganará su propio dinero, a ver si haces lo mismo y dejas de sangrarnos”. Que alguien con ascendencia y autoridad sobre uno mismo te compare peyorativamente puede resultar humillante y ser profundamente desmotivador.

¿Nos gustaría que nuestro responsable directo en el trabajo nos comentase que nuestro compañero de despacho trabaja más horas y por ello obtiene mejores resultados? ¿Cómo encajaríamos que dejara entrever que es más responsable, maduro, atento y, en definitiva, mejor que nosotros?

Las comparaciones con los hijos duelen especialmente cuando se concretan en el ámbito académico. Como comenté en el artículo “Los estudios, un tema recurrente”, es aquí (y, en menor medida, en el ámbito deportivo) donde los jóvenes sienten la presión de demostrar lo que valen y de buscar la aceptación paterna, la aprobación de los mayores. La escuela es la parcela de la responsabilidad, del progreso, del esfuerzo, su conexión con el mundo adulto. Las notas indican si el niño o niña va bien o mal. Los padres se enfadan si los resultados no son positivos. Los hijos se frustran si no consiguen contentar a sus padres. Por ello, si los padres, que tanto magnifican los estudios hasta convertirlos en la piedra angular de la educación, reprochan a su hijo una actitud concreta y la contraponen con otro compañero, el joven experimenta el fracaso y la decepción con mayor fuerza.

En ocasiones, el desengaño y la consecuente reprimenda en forma de comparación, puede servir para que reaccionen, por ello, todavía se utiliza esta forma de estimulación negativa como recurso desesperado, pero es lo opuesto a incentivar y contamina la relación de los hijos con los estudios.

Hay líderes que utilizan la comparación para fomentar la competitividad y la ambición, para “pinchar” y hacer que alguien con el orgullo herido dé lo mejor de sí. Pero por cada uno que se motiva de este modo hay diez que se hunden.

Debemos tener en cuenta que los estudiantes conviven en clase con alumnos de su misma edad y son evaluados con indicadores estandarizados y pruebas comunes a todos ellos. Es inevitable que ellos mismos hagan comparaciones, por lo que no resulta edificante que en casa se remarquen las diferencias y se enfaticen los logros de los demás en contraposición a los de uno mismo. La competitividad en los estudios, más si viene fomentada aunque sea inconscientemente por los padres, genera amargura.

Si a nosotros no nos gusta que nos comparen, no comparemos a nuestros hijos con los de los demás.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.