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Castigar o no castigar

escrito el 18 de noviembre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Una madre preocupada me preguntaba qué debía hacer con su hijo, castigarle o no castigarle. Él, por los resultados de la pre-evaluación y por los comentarios de los profesores, parecía no haber trabajado demasiado. “Si le castigo le da lo mismo, siempre hemos funcionado así y no ha cambiado nada”, decía la madre. “Si no le castigo, no sé qué más puedo hacer para que empiece a ser responsable”, argumentaba. “Castigar no sirve de nada, pero debe haber consecuencias”, concluía finalmente.

En un plano ideal hubiese recomendado indagar en los motivos que han propiciado unos malos resultados, localizarlos y empoderar al hijo para que revierta la situación: ayudar a que vea sentido en los estudios, incentivar su curiosidad, estimular su fascinación ante el conocimiento, conectar asignaturas a sus gustos personales y mostrar la utilidad del estudio para alcanzar sus sueños. Pero estos pasos, aunque pueden acelerarse con herramientas como el coaching, requieren tiempo y trabajo constante. Hay ocasiones donde la exigencia aprieta y se requieren medidas contundentes que obliguen al estudiante a reaccionar. Por eso, establecer normas que propicien el estudio y fijar las consecuencias de su incumplimiento es inevitable cuando con la estimulación y empatía no es suficiente para despertar el interés.

Para algunos padres no es bueno castigar un mal resultado académico, pues el propio resultado ya debería ser una advertencia suficiente para el estudiante, un disgusto que le hiciera recapacitar. El estudiante, tarde o temprano, aprenderá por sí mismo de sus errores y se pondrá las pilas; en caso contrario, deberá responsabilizarse de las consecuencias de no haberse interesado por los estudios y será un aprendizaje de vida. Este modelo de gestión de los resultados académicos se basa en confiar en que el joven es quien toma las riendas de su futuro y establece la relación que quiere mantener con los estudios sin coerción ni coacción externa. Desde este punto de vista, el aprendizaje es una opción.

En cambio, para la mayoría de padres, suspender no es suficiente castigo ante una actitud de dejadez. Creen que las sanciones por falta de estudio no deben repercutir solamente en los estudios, así que, además del suspenso, tiene que haber privaciones en casa y deben establecerse medidas represivas que obliguen a estudiar, ya que el estudiante no es suficientemente maduro como para responsabilizarse de algo que a la larga necesitará. Los padres hacen de jueces, controlan y dirigen la actitud de sus hijos hacia los estudios, pues creen que ellos, especialmente cuando no hay interés, difícilmente consigan seguir adelante. Estos padres creen que el aprendizaje es una obligación.

El estudio es uno de los pocos ámbitos privados donde es comprensible que los padres ejerzan el control. Por ejemplo, en la selección de amistadas somos flexibles e intentamos no decir a nuestros hijos con quién ir, les dejamos decidir qué deporte hacer, intentamos no entrometernos en sus relaciones sentimentales y hacemos un esfuerzo por respetar sus gustos personales. Aceptamos el error y lo vemos como parte del camino hacia la madurez. Pero en los estudios, pese a ser algo que atañe exclusivamente al hijo (no como colaborar en casa, respetar a los padres, ser educado), nos metemos de lleno en castigos, premios, reproches, amenazas y promesas.

No hacemos regalos de Navidad porque al chaval le haya dado por escuchar a Schubert, leer a Unamuno o porque tenga un grupo majo y unido de amigos, pero sí hacemos regalos como premio por las notas. No castigamos sin salir el fin de semana, sin tele, sin bici, sin skate, sin ordenador a nuestro hijo porque se pase el día escuchando reguetón o tenga amigos que no nos caen bien, pero si lo hacemos por unas malas notas.

Hemos asumido que el rendimiento escolar tiene la misma entidad que otros aspectos educacionales que no son estrictamente individuales. Consideramos que los estudios son indispensables para el futuro y felicidad de nuestros hijos, por lo que se deben garantizar a toda costa, aun yendo en contra de la voluntad de quien estudia. Si no logramos despertar un “querer”, al menos sí garantizar un “deber”.

Es frecuente oír de un alumno: “no entiendo para qué se  meten, son mis notas, a ellos qué les importa”. Una excusa que puede resultar inmadura e infantil, pero refleja el grado de intromisión familiar en un campo privado.

Esta intromisión cobra mayor dimensión cuando se trata de castigar, es decir, cuando se crean unas consecuencias negativas con la intención de forzar una determinada conducta: “no has hecho los deberes, has suspendido, por lo tanto no saldrás con tus amigos y, como quieres salir con tus amigos, te pondrás a estudiar aunque no quieras y sacarás mejores notas, no porque creas que es necesario, sino porque quieres evitar el castigo, pero así mejorarás y cuando seas lo suficientemente maduro como para ver la importancia de estudiar, agradecerás que te obligásemos a hacerlo”. Métodos coercitivos. Conductismo de premio y castigo.

Visto así, hay motivos para no querer castigar y considerar el escarmiento un elemento arcaico que no favorece el crecimiento: desmotiva, asocia el estudio a consecuencias negativas, alimenta la tirria hacia asignaturas e impide la autonomía y madurez. Pero también hay motivos para opinar lo contario: es una herramienta con la que podemos educar, un catalizador de responsabilidad, enseñar que nuestros actos tienen consecuencias, garantizar el cumplimiento de unos mínimos.

Queda claro que participar en los estudios de los hijos exclusivamente mediante las obligaciones y el castigo es contraproducente y sólo ayuda a formar a jóvenes sumisos o rebotados, y en ambos casos difícilmente exista fascinación por el conocimiento pues éste es objeto de obediencia o desobediencia.

En el otro extremo, incentivar el estudio sin elementos represivos puede ser demasiado inocente y naif. Podemos trabajar motivando y estimulando, y conseguir que desde una edad temprana gestionen solos su rutina escolar y que, además, encuentren satisfacción en el estudio. Pero también puede darse el caso en el que por mucho empeño que le hayamos puesto, y por diferentes motivos, a nuestro hijo no le importe nada estudiar. Entonces, ¿qué hacemos? ¿le obligamos?

En esta tensión entre motivación-obligación se da la educación: establecer límites y responsabilidades a la vez que se incentivan aptitudes.

Castigar es un tabú, es una palabra maldita porque se ha abusado de ella, porque durante muchos años la educación ha pivotado en el castigo. De hecho, padres y madres recurren del eufemismo “perder privilegios” para referirse a castigar, porque tienen la creencia de que castigar es nocivo pero necesitan del castigo para controlar.

Castigar no debe ser un pilar, no debe ser la herramienta fácil a la que acudir para poner orden, no debe ser un lugar común, no debe ser el método que rija el comportamiento del estudiante con los estudios.

Entonces ¿es necesario e irremediable castigar? ¿El castigo llega donde no lo hace la motivación?

Si se decide castigar como último recurso (o quitar privilegios o cualquier otro eufemismo), es importante continuar incentivando la curiosidad, estimular aptitudes, dar confianza y ayudar a establecer un vínculo gratificante entre estudiante y estudios.  Los castigos que añaden, en vez de restar, se convierten en oportunidades. Para ello, es necesario establecer con el hijo unas bases consensuadas y establecer compromisos cuyo incumplimiento no acarree una privación, sino un nuevo compromiso.

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.