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Ánimos que desaniman

escrito el 14 de octubre de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

Les costó despertarse, no por la pereza de saber que aguardaba una mañana gris y poco agradable, sino por la natural aversión a levantarse de sopetón.

Cuando el estruendo del despertador interrumpe un sueño apacible, da igual que sea para ir a una playa paradisíaca y tumbarte debajo de los cocoteros, el primer impulso, el efecto primitivo, es quedarte tal como estabas agarrado a las sábanas. Supongo que se debe a las prisas del mundo moderno, a querer aprovechar al máximo el tiempo y encajar las obligaciones, el trabajo, el ocio y las inquietudes en unos límites que a menudo se hacen demasiado estrechos. Lo calculamos, lo programamos y eludimos los tiempos de preparación. Así, entre actividad y actividad, lo que queda en medio, desafortunadamente, acostumbra a ser una molestia que desearíamos erradicar: ducharse, comer, desplazarse, el metro, el coche, las esperas… necesidades fastidiosas que estorban y entorpecen nuestras obligaciones y reducen nuestro tiempo libre. Son actividades que sólo disfrutamos cuando tenemos tiempo, cuando no pensamos en lo que tenemos que hacer, en el tiempo que “estamos perdiendo”.

Por supuesto, lo ideal sería despertarse con un margen amplio después de haber dormido ocho horas, levantarse sin despertador, rodar por la cama, desayunar con calma, acicalarse sin prisas y prepararse para afrontar un nuevo día, pero tal como hemos montado la vida por estos lares, siempre vamos tarde.

Sea como fuere, les costó despertar y estuvieron a punto de mandar al cuerno la excursión que tenían prevista para el sábado. ¡Fuera obligaciones! ¡No queremos planes! ¡A vaguear! Pero no cedieron al impulso rebelde. Era la primera vez que iban a ir juntos a hacer un pico, a caminar por la montaña. El padre quería enseñarle parajes que desde pequeño le habían encandilado y configurado su fascinación por la naturaleza. Así que, mecánicamente, resignados por sus propias decisiones, se calzaron las botas y salieron al monte.

Una vez en marcha las cosas se ven diferentes. El ser humano se adapta rápido, aun sin quererlo. Laderas verduzcas moteadas de ciervos, cuervos y aguiluchos segando montes imponentes, valles recónditos que te  trasladan a historias y tiempos pretéritos. Paseaban por glaucas praderas horizontales. El pequeño se entretenía con los animales que se iba encontrando, con las plantas, con las nubes, en una actitud distendida que se alejaba de la jornada deportiva que el padre había previsto. “Ya verás cuando toque enfilar la montaña”. Y así fue.

Llegaron a la falda, la cuesta se empinó, quedaban horas de ascenso. El pequeño empezó a bufar. Sacó fuerzas para exclamar un “si lo llego a saber, me quedaba durmiendo”. El padre calló y aguardó, pensando que se acostumbraría una vez desentumecidas las piernas y ensanchados los pulmones. El pequeño no quería parar a descansar. Miraba mal al padre. El sufrimiento duraba demasiado y no era proporcional a su buena condición física. Al padre le sonaba a cuento, a debilidad fingida, a falta de voluntad, a que realmente no le apetecía la excursión.

Entonces cambió de plan y activó el modo motivador-pesado. “Venga va, que esto lo puede subir cualquiera”. El hijo calló. “Lo subió mi abuela, ¡tu bisabuela!, enferma y con 75 años”. “De verdad, con tu físico no debería costarte”. Se le oscureció la mirada. “No es nada, cuanto más te quejes, más te costará subir”.El hijo contestó mal, con un bufido. El padre masculló, arrugó el gesto, quiso reñirle, pero se limitó a suspirar para no echar más leña al fuego.

Pasaron unos minutos. El hijo seguía resoplando. El padre activó el segundo modo motivador, de refuerzo positivo, sin recriminaciones. “Lo estás haciendo muy bien”. El pequeño continuaba callado, concentrado con la mirada clavada en sus botas. “Estamos yendo muy rápido”. El hijo entornó los ojos. “Vamos a batir el record de ascensión que tenía”. El hijo estalló, envió al cuerno al padre, amenazó con largarse de ahí y sentenció que era el peor domingo de lo que recordaba de año.

Cuando concluyó la excursión, el hijo le comentó al padre que se había puesto muy nervioso, que le había sacado de quicio. Y tenía razón. Hay ánimos que desaniman, especialmente cuando no te pones en el lugar de la otra persona; o cuando intentas hacer ver a alguien que aquello que hace no es tan complicado, pero a él sí le resulta difícil, y le frustra todavía más.

Es por eso que los libros de autoayuda me perturban. Me da miedo cuando me encuentro con una portada que anuncia los cinco pasos hacia el éxito, la felicidad, la riqueza o lo que sea. Pienso que, o bien me están tomando el pelo, o debo ser muy idiota para no ser rico a estas alturas. Venden que la vida es como montar un mueble de Ikea. Y entonces pienso que se nos ha ido de las manos la parte más frívola y superficial de la filosofía, la parte motivacional más barata.

 “Sólo debes perseguir tus sueños y se harán realidad”. “Si deseas algo con intensidad, lo puedes conseguir”. “Tú eres tus propios límites”. Sé que no es popular criticar estos lemas que a mucha gente ayudan, aunque considero que, si bien en un principio pueden llevar a actuar, despertar del letargo, dar una buena dosis de motivación y energía, a la larga genera más frustración y desencanto, porque es mucho más complejo y es necesario conocer esta complejidad y no caer en eslóganes. Mucho, muchísimo, se debe a nuestra actitud, no a nuestras aptitudes, pero eso no implica que podamos conseguir lo que nos dé la gana. Podremos ser grandes músicos, pero de nosotros no depende llegar a vivir de la música y vender millones de discos; podemos tener ideas de negocio brillantes, pero tal vez fracasen; podemos querer llevar mil vidas, pero las circunstancias nos obligan a escoger”. Y es algo que no nos debe amedrantar. No conseguiremos ni un 80% de lo que nos propongamos, pero tal vez sí una porción de las ilimitadas fantasías y sueños que proyectamos a diario, o tal vez ninguno de ellos. Y da igual, la felicidad no consiste en coleccionar sueños cumplidos, sino el vivir intensamente el camino que te lleva hacia ellos sabiendo que, tal vez, nunca se concreten.

Deberíamos dejar de sobreestimar los sueños, abandonar la grandilocuencia, reducir la ambición, y prestar atención a lo cotidiano, a los gestos, a ese tiempo entre actividad y actividad que desdeñamos, a las pequeñas cosas que, al fin y al cabo, son las que seguro realizaremos y las que dotan de sentido nuestra vida.

Si no logras subir la montaña, al menos pásatelo bien mientras dure la ascensión. Y que no te digan que es porque no has querido, que si lo hubieses deseado más y con más fuerza lo hubieses conseguido.

Pero no nos desviemos, volvamos a esos ánimos desanimados.

“Tú puedes”. El ánimo más desconcertante. ¿Yo puedo qué? Sí, sí puedo, no hace falta que me lo recuerdes. Sí puedo, pero no me da la gana. Déjame en paz, me apetece no poder. Me importan tres narices si puedo o no puedo.

Este tipo de ánimos se basan en la motivación directa derivada del empoderamiento: te digo que eres capaz, créetelo. Actualmente, desde el coaching, la inteligencia emocional y todos los subgrupos de corrientes que se van creando alrededor, se parte de la base de que lograr objetivos depende casi exclusivamente de la actitud de uno mismo. De ahí el tú puedes. Tú puedes ser lo que te dé la real gana, y esto, implica que tienes una responsabilidad infinitamente mayor contigo mismo que si los límites se impusieran desde el exterior.

Y el saber que uno puede, presiona, porque implica que cuando no has conseguido aquello que anhelabas es debido exclusivamente a tu actitud, y te culpas y decepcionas.

Por eso no conviene empoderar invasivamente. A veces desanima recordar a alguien que es capaz cuando algo le está costando. Probablemente lo sepa, pero en momentos difíciles no hace falta insistir. En momentos difíciles animar es ayudarle a que encuentre la manera, su manera, de salir del atolladero. O simplemente, empatizar y comprender qué es lo que le sucede, sin echar mano de tópicos.

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Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.