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Afrontar la vida con sentido del humor

escrito el 4 de marzo de 2015 en Artículos con 0 Comentarios

La clase había enmudecido. Unos miraban sus pupitres; otros al frente, a ninguna parte. Algunos se distraían jugueteando con sus dedos, cruzaban los brazos, apoyaban las barbillas en  la palma de la mano y fruncían el ceño mostrando su malestar. Unos pocos se atrevían a mirar a la profesora. Llevaba un cuarto de hora de rapapolvo, quince minutos de gritos, amenazas y descalificaciones a sus alumnos. Algo fuerte debíamos haber hecho, creo recordar que alguien había faltado gravemente al respeto a un compañero. Era una situación de tensión incómoda en la que toda una clase pagaba los platos rotos de quién sabe qué alumno. Era una de esas típicas broncas que la mayoría hemos vivido a causa del peculiar sistema colectivista de gestión del aula, que hace que cuando uno se porta mal, inmediatamente todos se conviertan en culpables. Un modo de educar al conjunto. Era una reprimenda que se escucha incómodo, con la molestia de ser increpado por la autoridad cuando uno se sabe inocente y reprueba la actitud de quien ha cometido la falta, una injusticia a la que te acabas adaptando, especialmente cuando en tu clase hay alguien con tendencia a armar jaleo y los profesores consideran que el aleccionamiento público es la salida más eficaz.

Esta vez la cosa iba más en serio, la tutora estaba hecha un basilisco y cada palabra caía como un martillo, estaba fuera de sí. Nosotros hacíamos cábalas en silencio sobre quién habría sido esta vez y qué habría hecho para enfurecer tanto al claustro. La clase, de forma genérica, seguía recibiendo la ira desatada de la tutora que vociferaba mientras otros dos profesores la miraban asintiendo.

Recuerdo que no sabía cómo ponerme, a dónde mirar, dónde colocar los brazos. Duraba demasiado todo aquello, me parecía innecesario y fuera de lugar. Finalmente consideré que lo más prudente era mirar a quien nos estaba machacando, pues es de educación prestar atención a quien se dirige a ti. Cuando su mirada se clavó en la mía me sentí culpable, como si yo hubiese sido el agente causante de aquel alboroto. Me puse nervioso y reaccione como solía hacer cuando no sabía qué hacer o decir: esbozando una media sonrisa estúpida. Ocasionalmente me servía: te hablan y sonríes, te cuentan cualquier cosa y sonríes, no escuchas lo que te dicen y sonríes, te interpelan en otro idioma que no entiendes y sonríes. Tenemos dos rostros genéricos que pueden servirnos para cualquier situación: el risueño y el grave. El primero lo utilizamos para situaciones ligeras, el segundo cuando es importante lo que estamos escuchando. Calculé mal y puse la cara equivocada.

“¡Pero qué narices estás haciendo! ¿Te ríes de mí? ¿Te ríes de que a tu compañero blablablá? ¿Te parece gracioso? ¿Te parece divertido? ¡Mala persona, sal ahora mismo de la clase!”

Por unos instantes no supe si se dirigía a mí o al de detrás, al que creía finalmente desenmascarado como el verdadero culpable, pero un “¿estás sordo o qué? ¡Que salgas ahora mismo!” hizo que cobrase consciencia de la delicada situación en la que me hallaba y creyese prudente largarme de ahí.

Vaya bochorno. Mirando atrás lo recuerdo como una bravuconería garrula. Una sensación parecida a la que se tiene cuando un desconocido te increpa sin venir a cuento mientras paseas relajado con la cabeza en otro lugar.

A mí estás situaciones no me gustan demasiado, prefiero que me dejen en paz.

Pero después fue peor, cómico y excesivo. Cuando la tutora cesó de chillar a la clase, vino a por mí, que esperaba fuera. Me llevó, junto con la profesora de la materia que entonces teníamos, a un aula. Me senté y se sentaron enfrente de mí, sin ninguna mesa ni objeto entre nosotros. Era un interrogatorio en toda regla. Que si creía que era normal burlarse de nosequé, que si no tenía derecho, que si me reía para hacerme el chulo delante de los compañeros… todo acompañado de lecciones morales de pacotilla y alusiones a la buena educación que yo, la verdad, no percibía en ellos. Concluyeron con un taxativo: “no puedes reírte de todo, te convertirás en un idiota”.

Se fueron y regresé a clase. La frase permaneció. Me apetecía reírme de la situación absurda y angustiosa que había vivido, pero me daba miedo que me viesen. La sonrisa anterior había estado fuera de lugar, ya lo había comprobado sobradamente -cuando veas caras constreñidas, imítalas y pon cara constreñida; cuando veas caras sonrientes, imítalas y pon cara sonriente-, pero después de un interrogatorio propio de la Stasi quería bromear con mis colegas y quitarle hierro al asunto.

Con el tiempo he seguido el ejemplo de mi abuela y, personalmente, intento reírme de todo lo que puedo aunque conlleve que se dude de la seriedad con la que me tomo las cosas. Eso sí, cuando entran en juego los demás, imito su estado de ánimo, lo imprimo en mi rostro y así evito problemas. No obstante, siento un impulso irrefrenable a llevarlo todo por el camino del humor.

Cuando me certificaba en Coaching realizábamos sesiones delante de una audiencia que posteriormente comentaba cómo las había visto. Así que me ejercité como coach y auditor. En muchas ocasiones veía cómo las sesiones transitaban por la senda de la gravedad y acababan en lágrimas. De alguna manera, me molestaba la tendencia en ver profundidad en el tono pausado, las caras compasivas, la caída de ojos, la palmadita en la espalda, el comentario paternal que conducía al coacheado (palabra horrible) a vaciarse y llorar. Teóricamente, en el coaching, debes empatizar con el coachee y adaptarte a su estado de ánimo, de manera que es él quien te lleva, no tú a él, así que si quiere llorar, que llore, si quiere gravedad, pues gravedad. Pero me sigue pareciendo que hay algo impostado ahí, algo forzado, una tendencia irrefrenable a llevarlo todo por el terreno de la presunta seriedad. Obviamente es una creencia subjetiva, un prejuicio que debería trabajarlo. Sea como fuere, prefiero trabajar con el humor.

Puede parecer frívolo pero, sinceramente, a lo largo de los años me he percatado de que el sentido del humor es la forma más seria de abordar los problemas. Y todavía lo considero más importante en los jóvenes.

El sentido del humor es el mecanismo más eficiente y directo para relativizar, tomar distancia, depurar de connotaciones subjetivas el tema a tratar, posicionarse en el lugar opuesto, entender la versión contraria, reírse de las contradicciones y debilidades de uno mismo, aceptarse y aceptar. El sentido del humor da lucidez, favorece la objetividad y desarrolla la capacidad analítica, potencia la reflexión y, además es una de las condiciones de la felicidad. “El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”, comentó Sigmund Freud.

Ahora que criticamos que las generaciones que suben se ahogan en un vaso de agua, más que nunca, debemos enseñarles a reírse de ellos mismos y de sus problemas, porque preocuparse demasiado no significa tomarse las cosas más seriamente, sino tener más miedo para ocuparse de ellas.

Yo, por mi parte, intento que en cada sesión se sonría, que el alumno afronte sus preocupaciones con humor, con la perspectiva que da el saberse vulnerable pero capaz, percatarse de la provisionalidad de los conflictos y desafiarlos con una carcajada.

Ocuparse de uno mismo es cosa seria, es un asunto del que reírse.

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Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.