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Contra el aburrimiento, busca una afición

escrito el 15 de diciembre de 2016 en Artículos con 0 Comentarios

“Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede sorprendernos el aburrimiento.”

Samuel Beckett

 

Aún me considero joven. No es de extrañar hoy en día, ya que las nuevas catalogaciones generacionales por poco sitúan a los menores de cuarenta en la adolescencia. En otras épocas, algunas no muy lejanas, sería una persona bien entrada en la madurez y haría años que hubiese dejado la juventud. Pese a saberme joven, en ocasiones recurro al pasado para aleccionar con comentarios de viejo melancólico: “esto en mis tiempos no pasaba”.

La nostalgia no es perjudicial si se usa con medida, ayuda a poner los hechos en perspectiva y tomar conciencia de los cambios que han sucedido, aunque si se abusa del embellecimiento del recuerdo podemos quedarnos ahí y desvanecer en el pasado.

Sea como fuere, recurrir a “los tiempos de uno” me recuerda a mi abuela, me transporta a un lugar seguro y acogedor. Confieso que en alguna ocasión la he emulado y he utilizado “mi tiempo”, es decir, el recuerdo idealizado de la infancia y adolescencia, para criticar la actualidad: “los chavales tendrían que jugar en las plazas como hacíamos nosotros, no estar todo el día con el móvil”.

El paso del tiempo da legitimidad, el haber vivido y experimentado otras formas de entender el mundo, el poder observar las generaciones pujantes con bagaje y recorrido, otorga cierta altura.

Desde este pedestal que me otorga mi corta vida, con el romanticismo de la añoranza y la experiencia de una juventud diferente a la actual, afirmo que los jóvenes de hoy en día se aburren más de lo que nos aburríamos nosotros, y probablemente nosotros nos aburríamos más de lo que se aburrían nuestros padres.

Al soltar esta afirmación soy consciente de que sueno como mi abuela, que en las sobremesas navideñas reñía a sus nietos cuando alguno osaba a quejarse diciendo que se aburría: “cuando era pequeña no nos aburríamos, nos entreteníamos con un palo y no teníamos ni la mitad de chismes que vosotros”. Esa actitud siempre me gustó, no permitir, de ninguna de las maneras, que el aburrimiento se adueñe de uno, hacer lo posible para tener recursos que frenen el hastío.

Si hablamos de supervivencia, nos vendrá a la cabeza Robinson Crusoe, Livingston, historias de náufragos o los programas televisivos donde un exmilitar caza cocodrilos con los cordones de sus botas. No obstante, el superviviente moderno es aquél que evita el aburrimiento y la pesadumbre, aquél que logra vivir intensamente y le falta tiempo, no le sobra. Pertenece a la supervivencia moderna el disponer de las herramientas necesarias para no aburrirse, porque del aburrimiento a la apatía, de la apatía a la inacción y de la inacción a no tener propósitos, sueños ni anhelos, va un paso.

Uno de los métodos más eficaces para combatir el aburrimiento es el ingenio. Kierkegaard consideraba que el tedio fue el causante de la creación del mundo. Dios,  aburrido, recurrió a su creatividad para entretenerse y creó a Adán; estos dos, con demasiado tiempo y poca actividad, crearon a Eva. Es un relato irónico que refleja la necesidad creativa y creadora del ser humano en busca de un propósito.

Otros filósofos como Schopenhauer veían el aburrimiento como un estado consustancial del ser humano debido a nuestra voluntad pendular: cuando no tenemos algo sufrimos por el deseo de poseerlo, y cuando lo tenemos nos aburrimos porque hemos logrado lo que queríamos. En sus palabras: “La vida humana oscila como un péndulo del sufrimiento al aburrimiento”.

Por el contrario, el opuesto del aburrimiento, la diversión, nos facilita la vida, la llena de contenido, nos hace madurar, entender y desear. Esta dicotomía diversión-aburrimiento la expone Pascal al asegurar que “El hombre no encuentra nada tan intolerable como estar en un estado de reposo total, sin pasiones, sin ocupación, sin diversión, sin esfuerzo. Entonces se enfrenta a su nulidad, soledad, inadecuación, dependencia, impotencia y vacío. Y enseguida surge de las profanidades de su alma el hastío, la tristeza, la depresión, la desazón, el resentimiento, la desesperanza.”

Según esta argumentación, resulta imperativo asegurarnos una fuente de diversión, el acceso directo a la diversión en cualesquier circunstancia en la que nuestra vida azarosa, y especialmente nuestra rutina, pueda conducirnos. La diversión nos da un significado y nos hace actuar bajo un designio, nuestra vida cobra sentido. Con todo, la diversión no es superficialidad y frivolidad; divertirse no es eludir responsabilidades ni evitar el futuro; divertirse es vivir el presente con entusiasmo.

En un mundo con un acceso desmesurado a opciones de ocio parece impepinable que eludir el aburrimiento sea una tarea más fácil. Sin embargo, las mismas opciones que a menudo se presentan con tal facilidad son las causantes de este aburrimiento. El hecho de poder acceder a contenidos de entretenimiento de una forma rápida y sencilla hace que a menudo caigamos en la opción que menos esfuerzo requiere: se podría ir en bici por la montaña, aprender a tocar el saxofón, interesarse por los avances tecnológicos y científicos que están a punto de llevarnos a Marte, aprender una arte marcial, pero el poco tiempo que disponemos, para evitar aburrirnos, lo dedicamos a cosas anodinas que nos acaban hartando más que quedarnos tumbados mirando las musarañas.

Una cantidad considerable de jóvenes me comentan que están aburridos, que se aburren en clase, se aburren estudiando, se aburren con sus familias, se aburren en casa. Muchos me comentan que no tienen aficiones, que matan el tiempo con vídeos de YouTube que, al fin y al cabo, tampoco les interesan demasiado.

No sólo es un problema de ellos. Con otro tipo de pasatiempos tóxicos, los adultos procrastinan y echan el rato para desconectar. El estrés del trabajo, la presión de la familia y las preocupaciones que se acumulan, provocan que se busque refugio en lugares pasajeros que no aportan nada más que escapar momentáneamente del cansancio mental. Mirar compulsivamente páginas deportivas, refrescar el muro de Facebook en busca de nuevas actualizaciones, mirar cualquier menudencia en la televisión… vías de escape que, pese a que en la inmediatez parecen aliviar, consumen, adormecen y aburren el impulso vital de las personas.

Debido a la cantidad ingente de posibilidades de entretenimiento, es importante seleccionar aquello que a uno más interesa, aquello que puede abrir más puertas; actividades posibilitadoras que satisfagan, enorgullezcan y aporten valor al tiempo empleado. Aficiones, curiosidades, intereses que ofrezcan energía, que nos empapen de potencia vital no para huir del presente, olvidar el pasado o evitar el futuro, sino para disfrutar y aprender de ellos.

“¿No es la vida cien veces demasiado breve para aburrirnos?” decía Nietzsche. ¿No es demasiado breve para perder el tiempo con tonterías, con paparruchas, con pasatiempos que nos embrutecen y agotan nuestro vitalismo?

Las aficiones no sólo sirven para pasar el tiempo sin percibir el hastío existencial, no sólo sirven para que las horas pasen leves, sin dañar, no sólo sirven para entretenernos superficialmente. Las aficiones sirven para hacernos crecer, entendernos, desear más, querer descubrir, ser más curiosos, querer vivir y exprimir la vida al máximo.

Por ello, antes de dedicar tiempo a cualquier actividad frívola, debemos preguntarnos  ¿es esto lo que realmente querría estar haciendo ahora?

Gerard Gual es director y fundador de YOUNG&LEADERS, Academia de Educación y Coaching para jóvenes estudiantes con sede en Barcelona.